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El "contrafestival" que se desarrolla en paralelo con el Festival de Mar del Plata abrió ayer su segunda edición, con importantes películas para seguir mostrando la importancia del cine local en tiempos de recortes
Pedro Garay
pgaray@eldia.com
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El año pasado, mientras el Festival de Mar del Plata tenía su primera edición bajo la nueva dirección del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, el INCAA, se gestó una resistencia: Contracampo, un contrafestival, contra el festival, desfinanciado y cambiando su rumbo hacia una curaduría que convertía al único festival clase A de América latina en prácticamente una repetidora de películas de los grandes estudios, era un espejo de las políticas que el INCAA desplegaba para una industria cinematográfica completamente paralizada.
Pasaron los meses. Las políticas del nuevo INCAA se profundizaron: buscan el cierre del Enerc, de CIne.Ar, no se filmaron películas, y el dinero que genera la industria y se destina al fondo de fomento de la actividad se usó para la timba… En ese tiempo, Contracampo cambió de nombre, por cuestiones legales, pero aunque ahora se llama Fuera de Campo, “tiene el mismo espíritu del año pasado”, cuenta Hernán Rosselli, cineasta y uno de los organizadores del festival que comenzó ayer y se extenderá hasta el martes, con una grilla compuesta de premiadas películas argentinas de esta temporada y algunos rescates. Todo, frente al mar y a una nueva edición del festival de Mar del Plata que promete “el regreso del esplendor”.
Esta nueva edición se realiza, dice Rosselli, “con la certeza de que se puede: el año pasado el público acompañó, las salas estuvieron llenas, se vivió una efervescencia muy grande. Esta idea, la de reunirnos en torno a las películas, también a las charlas, pero sobre todo a un grupo de películas del cine argentino, del presente, del pasado, y muchas veces en los cortos se ve el germen del futuro del cine argentino, fue una especie de evento político, propositivo, en un momento donde el cine argentino recibía ataques constantes del gobierno, del presidente del INCAA, paradójicamente, de quien tendría que defenderlo, pero también del vocero presidencial y del propio presidente”.
La primera edición fue una reacción: casi a las apuradas, los cineastas que resistían al INCAA juntaron sus películas para mostrarlas en Mar del Plata, en paralelo con el reconocido festival al que boicoteaban. En esta segunda edición, en cambio, se abrió la convocatoria, una manera de “democratizar” y también “sondear a lo largo y a lo ancho del país la producción cinematográfica, tener un alcance mayor y ver qué es lo que se está haciendo: hacer de la propuesta algo más federal, más inclusivo”.
Pero el festival aterriza, concede Rosselli, en un momento donde “la comunidad en general es atacada desde tantos frentes que el cine no parece una prioridad, incluso para las mismas personas que hacemos cine. Vemos el ataque a las personas con discapacidad, el ataque a los hospitales públicos, a la educación pública, y estamos tratando de reaccionar a esos ataques, corriendo atrás de la agenda… Entonces, a veces es muy difícil encontrar el tiempo y las ganas para defender el cine, incluso para las mismas personas que nos dedicamos al cine”.
“Pero”, dice a la vez, “creo que es importante juntarse y discutir sobre la situación del cine, también sobre la desconexión que existe entre el público y el cine argentino sobre todo: en qué momento se rompió esa conexión. Para la generación de mis viejos y la generación de mis abuelos había un lazo muy fuerte que estrechaba incluso con el pequeño star system del cine argentino en ese momento”.
Ese lazo, analiza, se rompió “probablemente durante la dictadura, probablemente con la desaparición de gran parte del patrimonio del cine argentino a finales de los 60, probablemente con la saturación de la producción en los últimos años”. Y el cine, ahora, “quedó dentro de esta especie de grieta, y ahora se ha producido una desconexión muy grande entre lo que se cree y lo que es el cine argentino, o lo que se cree que debería ser el cine argentino”.
Lo que es el cine argentino aparece, al menos en una muestra importante, representativa, en este Fuera de Campo: se verán películas premiadas en festivales como “Las corrientes”, de Milagros Mumenthaler, “Hijo mayor”, última película de Cecilia Kang, y “El príncipe de Nanawa”, de Clarisa Navas (las tres se verán la próxima semana en la Ciudad en el marco del Fesaalp), también “Pin de fartie”, lo nuevo de Alejo Moguillansky y el mediometraje de Luis Ortega “Siempre es de noche”, y el cierre estará a cargo de “La noche está marchándose ya”, de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini, pero también habrá lugar para clásicos como “La calesita” de Hugo del Carril y “Gente bien” de Manuel Romero.
“Fuera de Campo intenta dar cuenta de toda la producción del cine, pero la única producción que no está incluida son las películas de plataforma, porque creemos que son las que no necesitan pantalla en este momento”, cuenta Rosselli. “Ya tienen su encuentro con su público, incluso en las salas comerciales. Después, Fuera de Campo intenta dar cuenta de todo el cine nacional que se proyecta en festivales, pero también películas que tienen su estreno mundial, películas que no son conocidas: hay muchas películas que estaban ocultas en producción, que no tenían incluso ni en el horizonte la posibilidad de estrenar, y mediante esta convocatoria que hicimos y mediante el trabajo que hicieron los chicos y chicas que programan aparecieron: yo creo que eso es lo más lo más rico que tiene Fuera de Campo”.
Además, habrá una serie de actividades que giran “en relación a tres fracturas: una es la fractura del cine nacional con el público, la otra es la fractura de la comunidad en general, a la nación, y la tercera es la fractura del INCAA”.
La primera tiene que ver con entender, dice el cineasta, “dónde está el público, la relación que los directores y las directoras establecen con el público, el rol de la crítica, el rol de la comunicación y la divulgación del cine: un diagnóstico de qué creen que fue lo que pasó”. “La fractura con la comunidad quizás es la que es más política: se va a hablar de las experiencias del Conicet o del Hospital Garraham, de cara a la comunidad. Se va a hablar de cómo la comunidad se puede poner al pie del cañón para defender sus derechos”.
La tercera “tiene que ver con la fractura del Instituto, la discusión sobre la gran deuda federal que tiene del país, políticamente pero también con la cultura, cómo la fractura del Iinstituto y la pérdida de centralidad del instituto quizás represente una oportunidad para activar una serie de ayudas locales y leyes de cine, una oportunidad para que las provincias puedan activar y defender su cultura”.
En paralelo, Mar del Plata celebrará una nueva edición del Festival de Mar del Plata, “el renacer del esplendor”, y Rosselli comenta acerca del eslogan elegido: “Habría que ver: el esplendor al que se refieren fue durante durante dos gobiernos peronistas, porque supongo que habrá sido el primer al primer festival de Mar del Plata, y después las épocas que yo recuerdo de cierto esplendor, de hace 10, 15 años”.
“Pero incluso en esos momentos, el festival siempre tuvo un cine que desafiaba al espectador, traían el mejor cine del mundo, un cine que convocó público y tuvo éxitos de taquilla insólitos para películas que iban muy por fuera del canon de Hollywood. Ahora, cuando se habla del renacer del esplendor, paradójicamente se habla de un ajuste: el festival y el INCAA quedan atrapados ahí en una contradicción muy grande, se habla de austeridad, pero a la vez se habla de recuperar el esplendor…”
“Es una comunicación contradictoria”, sigue Rosselli. “Y para mí falaz, porque el rol de un festival de cine es mostrar la cinematografía del mundo, un cine al que no es tan fácil acceder para el público. Uno puede traer alguna que otra estrella o algún director o directora reconocido para atraer, porque son herramientas que uno tiene para acercar al gran público, todos los festivales lo hacen. Ahora, la función de un festival de cine es acercar al gran público a un cine que está en la periferia. Si no, un festival de cine no tiene razón de ser”.
- En ese sentido, Fuera de Campo ¿tiene como objetivo seducir a al público a acercarse al cine nacional, ayudar a cambiar esa percepción sobre el cine argentino, esa fractura?
- En principio, la propuesta principal de Fuera de Campo es justamente esa: mostrar la diversidad y la potencia del cine nacional, organizar una muestra que sea una demostración de poder, de la diversidad y la potencia del cine argentino, de su pasado y de su presente. Muchas veces se dio entre nosotros la discusión si deberíamos politizar más en las películas que elegimos, pero creo que, en principio, ese pequeño recorte muestra la potencia de nuestro cine, uno de los más ricos del mundo, probablemente el más importante de la región, pero una de las cinematografías más importantes del mundo.
- En ese sentido, ¿para qué es importante un cine nacional? ¿Qué le responderías a los que dicen que no es prioridad en un país en crisis? (más allá de que los fondos del INCAA son fondos generados por el cine, desde ya)
- Es tan evidente la importancia que a veces es difícil de explicar. Aveces cuando se habla de insertar a la Argentina en el mundo, y Milei habla de estar del lado civilizado del mundo, bueno, cualquier país que se precie tiene su propia cinematografía, y todas, incluso las que tienen una industria autosuficiente como India o Estados Unidos, subsidian sus películas o tienen sus herramientas públicas para fomentar la cultura y el cine también. Así pasa en Francia, así pasa en Israel, así pasa en todos los países de Latinoamérica. Uno puede discutir cuántas películas, uno puede discutir de qué forma, se puede discutir todo, pero tener un cine propio es muy importante. Yo me acuerdo de chico de ver el impacto que me producía ver, por ejemplo, las películas de Favio, escuchar el propio habla… Me acuerdo de ver “Gatica” con mis amigos siendo muy chico y reconocer la forma en la que se hablaba en el barrio, reconocer esa especie de exaltación popular, reconocer las calles, la importancia que eso tiene como documento, como reafirmación muchas veces de la propia identidad. Por algo, para muchos países el cine fue durante muchos años una especie de política de Estado, incluso tenía que ver con la propaganda durante la guerra. El cine tomó muchas formas, pero en principio en su forma más elemental tiene que ver con una especie de afirmación de la propia identidad de una comunidad.
- Fuera de Campo, con el éxito de su primera edición, de alguna manera respondió a la propuesta del Gobierno y del INCAA, de jugar en el mercado. ¿Lo ven así?
- Yo no creo que sean los mismos términos que propone el INCAA que estamos haciendo Fuera de Campo, en principio porque ellos no tienen básicamente idea de lo que están haciendo. Uno los escucha hablar, incluso el propio presidente del INCAA habla de cine y no tiene idea. Es un tipo que vino a hacer un recorte, que tiene la cara más o menos dura, como muchos de los funcionarios de La Libertad Avanza, pero no es un tipo que desconoce absolutamente todo en relación al cine, la historia del cine. Cuando más habla y más quiere aclarar, más oscurece.
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