Inés Pereyra lo tiene todo: una casa en un barrio residencial, un esposo profesional exitoso, una hija adolescente y una rutina sin sobresaltos. O al menos, eso cree. Un papelito en el maletín del marido -un corazón dibujado con lápiz labial y la firma “tuya”- desata una cadena de hechos que Piñeiro narra con una ironía filosa, implacable.
Lo que podría haber sido el inicio de un drama íntimo se convierte, en sus manos, en una novela policial de trazo perfecto. “Tuya”, publicada en 2005, fue su primera incursión en el género y marcó una estética propia: lo criminal como parte de la vida doméstica.
El mundo de “Tuya” es el de la clase media acomodada argentina, donde lo esencial no es el amor, sino la imagen del amor. Inés no se preocupa porque su marido la engañe, sino porque se note. No desea justicia ni venganza, sino preservar su estatus y la apariencia de una vida ordenada.
El lector asiste a un discurso cínico con incomodidad, con rabia, a veces con risa...
La voz de Inés -que domina buena parte de la novela- es calculadora, fría, obsesiva. Pero también resulta perturbadoramente verosímil. Piñeiro construye una protagonista que no es ni víctima ni heroína. Es una mujer moldeada por los mandatos del patriarcado, capaz de justificar cualquier cosa en nombre de la estabilidad conyugal.
En paralelo, su hija adolescente, Lali, atraviesa un embarazo no deseado del que nadie en la casa parece darse cuenta. Ni siquiera ella misma puede ponerle palabras a lo que le sucede. Su drama personal funciona como contrapunto y subraya el clima de represión afectiva y desconexión emocional que reina en esa familia. Las figuras adultas están tan ocupadas en sostener la farsa que se olvidan de mirar a los costados. Su soledad es uno de los silencios más potentes de la novela.
“Tuya” se construye a partir de breves capítulos que alternan voces narrativas: Inés, Lali, un narrador omnisciente, incluso documentos policiales. El ritmo es ágil, casi vertiginoso, y la prosa de Piñeiro no necesita alardes: golpea con frases cortas, precisas, cargadas de una mordacidad elegante.
Es una radiografía social, una sátira oscura de los vínculos familiares y una crítica feroz a las mujeres que perpetúan, por acción u omisión, los mandatos que las oprimen.
Claudia Piñeiro no la absuelve, pero tampoco la condena. La observa, la deja hablar, le da protagonismo. El lector, entonces, asiste a ese discurso cínico con incomodidad, con rabia, a veces con risa. Porque hay algo de tragicómico en la manera en que Inés intenta sostener su mundo, aunque esté hecho de cenizas.
Piñeiro inaugura un modo de narrar lo policial desde lo cotidiano, lo íntimo, lo femenino. Lejos de los detectives duros y los casos espectaculares, sus tramas suceden en cocinas, livings, colegios, hospitales. El crimen no es un hecho aislado, sino una consecuencia lógica de una estructura que oprime, niega y calla. En ese sentido, su obra es profundamente política.
Este libro se lee rápido, pero queda rondando. No por el misterio, sino por lo que revela: que muchas veces el verdadero crimen es sostener lo insostenible.
Editorial: Alfaguara
Páginas: 168
Precio: $25.999
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