Hacia fines del mes de abril, muchas personas sienten que ya no dan más. Las promesas de año nuevo quedaron en el olvido antes de que termine febrero, marzo fue un torbellino de trámites, pagos y urgencias que se habían postergado durante el verano, y abril se convierte, para no pocos, en un mes donde el cuerpo pide vacaciones sin haber empezado realmente a trabajar del todo.
“Hay una sensación de que el año arrancó con todo y sin anestesia, y eso genera un estrés acumulado que muchas veces no se reconoce como tal”, señalan desde el ámbito de la psicología. Según explican los especialistas, el comienzo del ciclo lectivo, la vuelta al trabajo en condiciones muchas veces precarias, los aumentos constantes y la incertidumbre económica son una combinación explosiva que agota mentalmente antes de tiempo. Para quienes se habían permitido un descanso a medias en enero o febrero, este abril se siente como un déjà vu de fin de año, pero sin brindis ni vacaciones a la vista.
Los terapeutas explican que esta percepción de cansancio anticipado tiene que ver con la presión autoimpuesta de “ponerse al día” o “empezar el año con todo”, que se mezcla con un clima social y político que no da tregua. “Estamos viviendo en una cultura de la urgencia, donde todo parece que tiene que resolverse ya, y eso genera una tensión constante en el cuerpo y en la mente”, advierten. Incluso hay quienes consultan por insomnio, ataques de ansiedad o fatiga persistente sin entender por qué si, técnicamente, “el año recién empieza”.
Para los sociólogos, el fenómeno también tiene un componente colectivo. “Hay una percepción generalizada de estar siempre corriendo detrás de algo: el dinero que no alcanza, los objetivos laborales que se postergan, la vida personal que queda en pausa. Todo eso configura un escenario donde el presente se siente siempre insuficiente”, analizan. En otras palabras, el agotamiento no es solo individual, sino parte de una narrativa social donde descansar parece un lujo o una pérdida de tiempo.
Desde el coaching ontológico, el panorama se encara desde otro ángulo. “Muchas personas no están agotadas solo por lo que hacen, sino por cómo interpretan lo que les pasa. Si sentís que todo es una obligación o que estás fallando constantemente, el cuerpo lo empieza a manifestar como cansancio crónico”, explican. Los coach suelen trabajar con el lenguaje y la manera en que las personas se narran su vida cotidiana, y detectan que abril suele ser un mes bisagra donde se hace visible una ruptura entre la expectativa y la realidad. “La energía inicial se esfuma, y aparece el juicio: ‘debería estar más motivado’, ‘ya tendría que haber avanzado más’, ‘no estoy rindiendo como esperaba’. Todo eso desgasta”.
A diferencia de diciembre, donde el agotamiento se vive con cierta lógica (hay una pausa previsible, un cierre, una celebración al final del camino), abril aparece como un precipicio sin red. No hay feriados largos que ayuden, ni vacaciones cercanas. La línea de llegada está demasiado lejos, y la carga ya se siente pesada.
“Muchas personas llegan a esta época del año con la sensación de estar fracasando, aunque objetivamente estén haciendo enormes esfuerzos. Eso también enferma”, remarcan los psicólogos. La sobreexigencia, dicen, está tan instalada que ya ni siquiera se percibe como tal. Y cuando la frustración se mezcla con el cansancio físico y emocional, aparecen síntomas de agotamiento que antes se reservaban para fin de año: desgano, baja productividad, irritabilidad, necesidad de aislarse.
Los sociólogos apuntan a que en los últimos años, y especialmente desde la pandemia, se rompieron ciertas estructuras de tiempo. “Antes, el calendario marcaba momentos de descanso y de trabajo con cierta claridad. Ahora, con el trabajo remoto, la hiperconectividad y la incertidumbre constante, esa distinción se volvió difusa. Abril puede sentirse como septiembre o como noviembre, porque ya no hay un ritmo social claro que nos ordene”, explican.
"Arranqué el año con entusiasmo, pero se me esfumó en tres semanas"
“Me había propuesto este año no tomar más de tres trabajos a la vez, organizarme mejor, dormir bien. Pero bastaron unos días de enero medio flojos de laburo para que, en cuanto empezaron a entrar pedidos, me subiera a todo. Y ya en marzo estaba desbordada. Este mes pensé que se estabilizaba todo un poco, pero no: sigo trabajando hasta las 10 de la noche, con entregas encima, y encima lidiando con clientes que también están estresados. Tengo la espalda hecha un bloque de cemento y no me doy tiempo ni para salir a caminar. Me siento como si estuviera en noviembre, pero sin ninguna chance de aflojar”.
Romina,
44 años, diseñadora gráfica
"Pensé que el cansancio era físico, pero era emocional"
“Trabajo en una perfumería en Palermo. No es un laburo tan exigente físicamente, pero me di cuenta que llegaba agotada igual. Me dolía todo, no dormía, me costaba concentrarme. Lo hablé con mi psicóloga y me dijo que lo que me pasaba no era físico, que era mental, emocional. Entre los horarios rotativos, los sueldos que no alcanzan, la tensión que hay con los clientes que están todos alterados… todo eso me está desgastando. Abril me cae pesado. No veo ningún descanso cerca, y eso me pone peor. Siento que recién empieza el año y ya estoy esperando que termine”.
Lucía,
27 años, empleada de comercio
"Hay días que me pregunto si vale la pena seguir así"
“Después de 30 años dando clases, pensé que nada me podía sorprender. Pero este año fue como empezar de cero, otra vez. Cambiaron programas, horarios, hubo recortes, y todo el tiempo se agregan tareas administrativas que no tienen nada que ver con enseñar. Llego a casa con la cabeza quemada. Mis alumnos también están apagados, como si no hubiera energía en el aire. Nunca me había pasado de mirar el almanaque en abril y sentir que no sé cómo voy a aguantar hasta diciembre. Estoy evaluando seriamente pedirme una licencia más adelante, aunque sea corta. Porque si no me detengo, me desarmo”.
Jorge,
48 años, docente de escuela secundaria
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