El camino del tenista es un derrotero que lo lleva a perder más partidos de los que gane. En la ruta llevará los bolsillos cargados de sueños, ambiciones y contrastes, entre otras cosas.
Tomy Etcheverry transitaba uno de esos caminos, pero alguno de sus bolsillos comenzó a perder cosas en el andar, el problema es que no supo qué, y eso lo llevó a probar. Cambió entrenadores, modificó raquetas, alternó torneos ATP con challengers y culminó buscando los puntos que se le negaban en polvo entre la gramilla de los torneos sobre césped. Demasiado.
A once meses, casi exactos, vuelve a quedarse sin coach y debe buscar uno. Por las características de su juego debe descartar al conservador, al que lo pare dos metros detrás de la línea de base y que lo obligue a sostener un juego de regularidad, del que no sacará ninguna ventaja. Tomy domina al rival con iniciativa, apoyado cerca de la línea, agresivo y con algo de riesgo, de otro modo se transforma en un tenista híbrido que no se siente cómodo y termina atrapado en la irregularidad.
Ese tipo de juego lo llevó cerca del Top 30 y a ser señalado como uno de los argentinos con posibilidad de aproximarse al Top 10 y de encarar rivales sin importar su ranking. Un combo que lo obliga a estar fino en la elección del nuevo coach y condiciona a quien llegue a conducirlo.
Etcheverry no tiene escapatoria a su futuro, lo tiene ahí, a mano, sólo es cuestión de atreverse y trabajar la mentalidad.
Tal vez sea hora de dejar de ser Tomy para empezar a ser Tomás, no en el trato, no en la cordialidad, sino en un crecimiento necesario como profesional, antes de que el almanaque le avise que ya es tarde.
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