Un jubilado de 72 años fue víctima de un violento y angustiante asalto en su casa de Lisandro Olmos, en un hecho que ocurrió durante la noche del jueves y que lo dejó en un estado de completo shock. La secuencia comenzó cerca de las 20:00 horas, cuando el hombre, dueño de un local de ropa, ubicado en el mismo terreno de su casa sobre la avenida 44 entre 185 y 186, acababa de cerrar su comercio. Luego de asegurarlo, se dirigió hacia el fondo de la propiedad para cerrar el quincho, sin saber que la pesadilla estaba por comenzar. Fue en ese trayecto cuando, de pronto, una figura encapuchada apareció entre las sombras. Por un instante creyó que se trataba de su hijo, pero pronto notó que no era así. Un segundo después, otros dos sujetos emergieron de la oscuridad: todos vestidos con ropa oscura, capuchas que sólo dejaban ver los ojos y una violencia contenida que explotó en cuestión de segundos.
Los tres delincuentes irrumpieron con una brutalidad implacable. Uno de ellos, con voz firme y amenazante, le ordenó que no gritara, que se quedara “tranquilo”, mientras lo empujaban hacia el interior de su casa. Le exigían que bajara la cabeza, que no los mirara, mientras los gritos se volvían cada vez más desesperantes: “¡La plata, la plata!”, repetían sin descanso. Aterrado, el hombre les dijo que los llevaría hasta la caja fuerte, con la esperanza de que eso calmara su furia. Los condujo hasta una de las habitaciones, donde se encontraba el pequeño cofre, escondido detrás de algunos muebles. Pero al intentar abrirla, el miedo lo traicionó: no recordaba la clave.
Furiosos, los atacantes cargaron la caja fuerte hasta la cocina y comenzaron a manipularla allí. Finalmente lograron abrirla, pero lo que encontraron no fue suficiente para ellos. Insatisfechos, comenzaron a destrozar la casa con el objetivo de agrandar el botín. Recorrieron cada rincón, cada dormitorio, revisaron la planta baja y también la alta. Patearon puertas cerradas. La violencia no se detenía y el nivel de intimidación crecía con cada segundo. Mientras revolvían cajones y armarios, no dejaban de gritarle que les diera más dinero. El jubilado, completamente indefenso, rogaba que se fueran y que no le hicieran daño.
Después de casi una hora y media de horror, cuando los intrusos ya habían reunido una buena cantidad de pertenencias y dinero, uno de ellos, aparentemente más tranquilo, decidió inmovilizarlo. Antes de atarlo, le susurró que lo haría “suave” para que pudiera liberarse cuando ellos se fueran. Esa aparente muestra de “compasión” contrastaba brutalmente con el terror que había vivido. Minutos después, los ladrones huyeron con bolsos cargados de lo robado: todas sus alhajas, el dinero de la caja fuerte —que estaba destinado a pagar sueldos del negocio—, $120.000 en efectivo de su billetera y hasta un paquete de cigarrillos marca “Master”.
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