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Mi querido Jockey Club

Por MARÍA VIRGINIA GUTIÉRREZ EGUIA

PRIMERA PARTE

Creo que estoy entrando al Titanic hundido. Cruzo la barrera. Camino por el sendero de lajas grises hasta la fuente sin agua. Las flores de agapantos y las hortensias lucen marchitas y en la pared del frente se desgarra una enredadera. Paso por la puerta giratoria del centro. Atravieso el gran salón, con sus paredes revestidas en madera. Desde aquellas imponentes aberturas vidriadas puedo ver el balneario entero: las escaleras que llevan al barco, las oficinas, la cabina de transmisión, el salón de cañas, el salón comedor, el bar y el murallón que da al río.

¿Hacia dónde voy?, pienso. Y, con ilusión, llego a la pileta olímpica. Me parece ver a cientos de chicos en la plataforma y en los trampolines, haciendo fila para subir por las empinadas escalinatas y lanzarse al agua salada. Creo escuchar el bullicio de la gente que nadaba y tomaba sol en el borde interminable de lajas coloradas, donde solía desenredarnos el pelo con Savia Vegetalis Inecto, Norita, la mamá de Doly Cejas. Desde el amplio corredor, entre las piletas olímpica y mediana (el mismo que en verano desbordaba de sombrillas y reposeras) evoco a la gloriosa chapita plateada, la que llevábamos en los trajes de baño, sujetada con un alfiler de gancho. Tenerla puesta significaba haber pasado por una ineludible revisión médica en la enfermería, dos consultorios enfrentados, cubiertos de azulejos celestes, que olían a Merthiolate. Hoy, mis zapatillas raspan sobre el piso del corredor, áspero y descolorido donde algunas baldosas están sueltas.

Mi recorrido continúa por la pileta chiquita, con su glorieta natural y la arboleda que la circunda. Mis padres, Carlos María y Zulma, junto a Santiago y Juan Manuel, mis hermanos menores, solían ocupar ese sector tan particular del club, también Cacho y Nelba Sansoni, los padres de mi entrañable amiga Mechi, con los que disfrutamos maravillosas tardes de chocolatada y bizcochuelo, sentados en las mesas de cemento, bajo la sombra de los pinos. Ellos siguen erguidos y fuertes. Aún se respira silencio y naturaleza.

Desde la glorieta, camino hacia el vestuario de damas y no puedo dejar de sonreír trayendo a mi mente a la señora Lucía. Tengo presente la frase que utilizaba a los gritos cuando algún señor de mantenimiento ingresaba al vestidor de mujeres y decía: ¡Va a pasar un hombre! ¡Va a pasar un hombre! Todas corríamos o caminábamos ligero, pudorosas, para cubrirnos con nuestros toallones. Revivo por un instante ese ambiente húmedo del vestuario formado por el vapor de las duchas, con olor a jabón y a sobrecitos de shampoo. Nos veo con nitidez, ya cambiadas y perfumadas, pasando por el kiosco del señor Caparelli para comprarnos un Pico Dulce y saborearlo, hasta que la lengua se teñía de colores, mientras nos hamacábamos en los sillones dobles, debajo del paraíso. Sus altas ramas, como brazos extendidos, hoy siguen allí, custodiando el barco.

Recuerdo las mañanas en la sede, esperando el micro de las once y el eterno viaje hasta Punta Lara. Bajar, hacer una larga fila y llegar a la puerta para pasar la barrera. Antes, mostrarle el carnet al temido señor Ramírez, vestido con su típica camisa de mangas cortas color marrón y peinado a la gomina.

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