¿Salís a jugar?

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Por FERNANDO BOURDONCLE

En aquellos tiempos vivíamos repartidos en tres o cuatro cuadras, no más, de un barrio en un rincón de la ciudad en cuyo vértice se encontraba una pequeña estación del ferrocarril con enormes barreras y, a unos metros, una humilde casita de paredes descascaradas habitada por el guardabarrera-banderillero y su esposa, encargada de la boletería.

Por detrás de esos techos, a la distancia, se posaba el sol algunas tardes; era un barrio de calles de tierra, zanjones con ranas, baldíos, cañaverales, dos o tres cuadras hacia el fondo casi todo era campo y todo fue territorio de aventuras.

En una esquina la canchita de fútbol a un costado de las vías del tren, conformaba nuestro lugar sagrado, diría; áspera, de arcos improvisados con cascotes o ropa o, a veces, cuando el suelo era amable, alguna gruesa rama enterrada se hacía poste mientras un travesaño imaginario merodeaba la punta de los dedos estirados del que iba al arco.

Bastaba con asomarse por allí para saber si se armaba un picado. Qué alegría cuando ya había cuatro o cinco peloteando, promesa de una gran tarde con un partido que terminaría en “el gol gana” o, la más de las veces, cuando la noche nos quitaba la pelota.

Añoro aquel espacio, aquella libertad, la bici, el barrilete y la honda, las bolitas, figuritas, la escondida, el ring-raje, esa manera de andar juntos por la vida con sendos brazos entrecruzados tras los hombros.

A mis entrañables amigos del barrio les dedico estas líneas y la inquietud de siempre aún latente, quizá la mayor y más simple ilusión de esa época: ¿Salís a jugar?

 

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