La pesadilla de las motos crece en la Región
Edición Impresa | 24 de Marzo de 2026 | 02:14
La escena se repite cada fin de semana en la esquina de 13 y Montevideo, en Berisso. Lo que durante el día es un punto de paso habitual, por las noches se transforma en descontrol: motos, autos con música a alto volumen y grupos de jóvenes con alcohol alteran el descanso de un tranquilo barrio. Para quienes viven allí, la situación dejó de ser ocasional y aseguran que se volvió una rutina que ya lleva años.
Noelia, vecina del lugar desde hace cuatro décadas, describió con resignación un problema que, según cuenta, se intensificó con el paso del tiempo. “Hay noches que acá hay grupitos de a diez personas. Ponen música en las motos y autos. Una baja y les pide que por favor la apaguen, pero se va y viene otro. Es muy difícil controlar el problema”, relató.
El punto más crítico, coinciden los vecinos, se da entre la una y las cinco de la madrugada, especialmente entre jueves y sábados. En ese horario, el descanso se vuelve casi imposible. “Esto es todos los fines de semana. Vivir acá es complicado. Una a veces hasta desea que llueva para que no haya nadie”, graficó.
Aunque las picadas no siempre se concentran en esa esquina, la vecina remarcó la presencia constante de motos que circulan haciendo explosiones con los escapes. “Las motos pasan haciendo cortes y muchos ruidos. Eso es casi normal para nosotros”, afirmó. Y agregó: “Uno no quiere acostumbrarse, pero esto ya es tierra de nadie”.
Karina, otra vecina que vive a pocos metros, reforzó ese diagnóstico y puso el foco en el impacto cotidiano. “Hace dos años que es insoportable la noche, la verdad no se puede dormir”, contó.
Asimismo, la frentista resaltó que “en los últimos tiempos” los más jóvenes generan disturbios y peleas “poniendo en peligro a todo el barrio”.
Los reclamos, según coinciden, no son nuevos. “Fuimos a hablar con varias autoridades de Berisso, pero no hay solución. Por ahora sigue todo igual”, afirmó Karina. Si bien reconoció que ante llamados puntuales puede haber intervención, insistió en que eso “no es una solución”. “Vienen, pero después se van y vuelven a aparecer”.
Marcela, por su parte, que se mudó hace un año, aportó otra dimensión del problema: “Ha habido noches de 100, 200 o hasta 400 personas. Autos con música, gente tomando, era tremendo”, recordó sobre los años.
Según su testimonio, el fenómeno no es nuevo. “Hace años que viene el problema. En su momento era todas las noches”, aseguró. En su caso, la situación llegó a modificar hábitos y hasta la vivienda. “Cambiamos las ventanas por doble vidrio, usamos tapones, de todo para poder dormir”, contó. Sin embargo, nada parecía suficiente. “No podés abrir la ventana en verano. Es imposible”.
La falta de respuestas sostenidas es un punto en común entre los relatos. “A veces viene la Policía, pero demora y después todo sigue igual. Y uno siente que no hay nadie que escuche”, dijo Marcela.
Mientras tanto, en 13 y Montevideo, los vecinos siguen conviviendo con una rutina que no cambia. Entre motos, ruidos y reuniones nocturnas, la sensación se repite: el barrio está librado a su propia suerte.
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