Frederick Wiseman: filmar la complejidad del mundo
Edición Impresa | 27 de Marzo de 2026 | 03:32
Pedro Garay
pgaray@eldia.com
Sobre el documentalista estadounidense Frederick Wiseman, fallecido a los 96 años hace algunas semanas, se han dicho cosas que parecen fijadas en piedra: que sus películas se enfocan en las instituciones que habitamos y nos definen; que sus documentales duran varias horas más que cualquier estreno comercial; que es el gran patriarca del cine directo, el gran observador documental de la historia del cine.
Wiseman, parte de una retrospectiva que puede verse en la plataforma Mubi hecha de ocho películas, no estaba tan seguro. Enfrentado a estas descripciones sobre su obra, lanzó en una entrevista: “No estoy tan seguro de entender mis películas, tampoco a mí mismo”. Y en otra, al New York Times, en 2011, dijo: “No sé si puedo ofrecer una definición de lo que estoy haciendo, excepto decir que estoy tratando de crear estructuras dramáticas de la experiencia cotidiana, de manera tal que el efecto sea una serie de películas encadenadas temáticamente que registran cómo la gente pensó y trabajó durante el tiempo en que yo estuve haciendo películas”.
Como en casi todo su cine, sus palabras flotan en el aire esperando a ser definidas por el otro: Wiseman registraba, escuchaba, editaba luego, claro, el gran gesto autoral de alguien que nunca aportó la voz en off para explicar sus películas (y tampoco utilizaba “cabezas parlantes”, la típica entrevista donde otro explica el sentido de todo).
Ese silencio implicó que otros dijeran: al ver cómo su equipo mínimo (Wiseman manejaba el sonido, había un cámara y poco más: no había otra manera de ser una mosca en la pared) filmaba incisivamente instituciones como escuelas, psiquiátricos, concejos, bibliotecas, hospitales, tribunales y teatros en sus más de 40 películas, su colega Errol Morris, otro en el panteón del documental estadounidense, decía que era “el rey del cine misántropo”, autor de películas “distópicas”. “Pura proyección”, se rió el propio Wiseman al enterarse de la definición.
Es cierto, de todos modos, que en sus documentales hechos de pura observación Wiseman parecía a menudo montar escenas particularmente irónicas y críticas sobre su sujeto. Sobre todo su primera película, “Titicut Follies”, donde filmó una prisión para criminales dementes, y que intentó ser censurada por el gobernador de Massachusetts, con éxito (no se pudo ver en EE UU por más de 20 años: fue la primera película censurada en el país por razones que no fueran obscenidad, inmoralidad o seguridad nacional). Esa línea, más corrosiva, transitan varias de las películas que pueden verse en Mubi: su seminal “High School”, sobre la escuela secundaria a fines de los convulsionados 60, “Model”, sobre el mundo del modelaje, o “Aspen”, retrato del centro de esquí.
Sin embargo, después de “Titicut Follies”, e incluso en estas películas marcadas por la mirada irónica, Wiseman construyó un cine sin estridencias ni comentarios: no hacía cine de denuncia, y detestaba esa etiqueta que le impusieron, de autor de cine directo o cinema verité que había surgido gracias a la aparición de cámaras más pequeñas y manipulables. Él era, decía, un mero dramaturgo que construía escenas a partir de la realidad: sus películas eran “ficciones de realidad”, afirmaba. No era él quien señalaba las injusticias del mundo: era la propia sociedad la que las revelaba ante la lente. Él solo se acercaba a un sujeto que le interesaba, y hacía películas de no ficción como una forma de descubrimiento, dejándose llevar. Cuando filmó “Law and Order”, sobre la policía de Kansas, “lo vi una chance para dejar en evidencia a los cerdos. Pero después de dos días manejando en autos policiales me di cuenta de que mi pequeño estereotipo estaba bien lejos de la verdad”.
En pantalla, nos invita a realizar la misma inmersión: la película comienza sin gran explicación en algún lugar, y durante varias horas nos lleva a recorrer ese lugar, escuchando el particular lenguaje de cada micromundo, observando lentamente cómo emergen las jerarquías, los problemas, las injusticias. Pero también la humanidad, los lazos comunitarios, la alegría: hay cientos de momentos que Wiseman rescata del olvido con su cámara y muestra la solidaridad, la lucha, el heroismo del hombre común.
O, al menos, así puede interpretar uno en películas como “In Jackson Heights”, “Ex libris” o “Boxing Gym”: el interés de Wiseman no es solo denunciar a las instituciones que nos aplastan, también es mostrar lo valioso en las instituciones, y el coraje de los que día a día las erigen. O quizás sea pura proyección: Wiseman nunca da la respuesta, solo hace, con su lente, las preguntas. Filmaba la complejidad del mundo, cambiante, imposible de definir, sin emitir veredicto.
“No sé si puedo ofrecer una definición de lo que estoy haciendo, excepto decir que estoy tratando de crear estructuras dramáticas de la experiencia cotidiana”
Frederick Wiseman, cineasta fallecido en 2026
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