La economía crece, pero la desocupación también
Edición Impresa | 28 de Marzo de 2026 | 02:14
Horacio Augusto Pereira
eleconomista.com.ar
Hay algo incómodo en los datos recientes de la economía argentina: el PBI crece, pero el empleo formal cae. No es un error estadístico ni un rezago menor. Es una señal. La actividad se recupera, la estabilidad nominal empieza a ordenarse y algunos indicadores macro muestran una mejora. Sin embargo, el empleo asalariado registrado no acompaña. Por el contrario, sigue retrocediendo, mientras la desocupación comienza a dar señales de alerta. No se trata de una paradoja. Se trata de un tipo específico de crecimiento: uno con baja tracción laboral.
La explicación es bastante directa. Los sectores que están empujando la recuperación no son intensivos en empleo, mientras que los que se contraen —textil, calzado, indumentaria, metalmecánica— son justamente los que históricamente funcionaron como grandes absorbentes de mano de obra. El resultado es una economía que crece, pero que al mismo tiempo expulsa trabajadores.
Los datos del SIPA a diciembre de 2025 muestran que los sectores con mayor crecimiento en el empleo —Pesca (+5,7%), Construcción (+0,8%), Enseñanza (+0,6%)— tienen un impacto acotado o transitorio. La pesca, por ejemplo, apenas emplea a unos 15.000 trabajadores registrados. La enseñanza, aunque relevante en volumen, responde más a dinámicas institucionales que a una expansión sostenida del empleo.
Al mismo tiempo, los sectores más dinámicos en términos de producción —energía, minería, servicios tecnológicos, fintech, agroindustria de alto valor agregado— comparten una característica: alta productividad, pero baja elasticidad empleo-producto. Pueden expandirse con fuerza sin generar una cantidad significativa de nuevos puestos de trabajo. Una plataforma digital puede multiplicar su facturación sin aumentar significativamente su plantilla. Una explotación minera puede movilizar inversiones millonarias con una dotación reducida de personal.
La apuesta económica
Es, en buena medida, el corazón de la apuesta económica actual. El gobierno está impulsando una reconversión productiva orientada a sectores más competitivos, con mayor escala, productividad y capacidad exportadora. Energía, minería, economía del conocimiento y agroindustria aparecen como los motores de una nueva matriz productiva, menos dependiente de sectores protegidos y más integrada a los mercados globales. En términos de inversión y generación de divisas, la estrategia tiene lógica. El problema es que su traducción en empleo no es inmediata.
Del otro lado, los sectores que están perdiendo empleo son los que históricamente amortiguaron las tensiones del mercado laboral. La industria manufacturera cayó 3,3% interanual, pero el dato agregado esconde una dinámica más profunda. La cadena textil, de confecciones, cuero y calzado alcanzó en noviembre de 2025 su nivel de empleo más bajo desde 2009. No es un dato menor: se trata de sectores que concentraban miles de puestos de trabajo, muchos de ellos en pymes del AMBA y del interior productivo.
Son actividades intensivas en mano de obra, con menores niveles de productividad relativa, que hoy enfrentan una doble presión: la competencia de importaciones y un tipo de cambio que no favorece su sostenibilidad. La metalmecánica, la industria automotriz y la producción de madera y papel también muestran caídas interanuales de entre el 1,9% y el 4,1%. Son sectores con cadenas de valor extensas, donde cada ajuste en las empresas líderes se traduce rápidamente en contracción para proveedores y pymes. El efecto multiplicador, en este caso, opera en sentido inverso.
El punto crítico no es la dirección del cambio productivo, sino su velocidad relativa. Hay un desfase entre la destrucción de empleo en los sectores tradicionales y la eventual creación de empleo en los sectores dinámicos. La estrategia oficial descansa en que, con el tiempo, los nuevos sectores traccionen encadenamientos productivos, desarrollen proveedores locales y generen empleo indirecto de mayor calidad.
Pero ese proceso no es automático ni inmediato. Los procesos de transformación productiva pueden dejar segmentos enteros de la fuerza laboral sin capacidad de reabsorción en el corto plazo. La evidencia internacional es bastante clara: los encadenamientos productivos no aparecen solos, se construyen.
Y construirlos lleva tiempo. Sumar eslabones, desarrollar proveedores locales, generar capacidades tecnológicas y organizar redes productivas no ocurre de un año a otro. Es un proceso acumulativo, donde el rol del Estado resulta determinante. No solo desde la Nación, a través de la política macroeconómica, los incentivos sectoriales o los marcos regulatorios, sino también desde las provincias —que articulan clúster, infraestructura y formación técnica— y desde los municipios, que muchas veces son el primer punto de contacto con las pymes, el entramado productivo local y la gestión cotidiana del desarrollo.
Persianas bajas
Mientras tanto, los sectores intensivos en empleo no esperan. Cierran. Y cada empresa que cierra no solo destruye puestos de trabajo. Desarma redes productivas, pierde conocimiento acumulado y debilita economías regionales. Ese capital no se recupera fácilmente.
Y ahí aparece otro dato incómodo. La tasa de cierre de empresas se mantiene relativamente estable, en torno al 3,4% anual. El problema no es cuántas empresas mueren. Eso siempre pasa. El problema es que cada vez nacen menos. En 2024, la tasa de apertura cayó al 2,7%, su nivel más bajo en años. En la industria, la natalidad empresarial se desplomó del 3,9% en el período 2003-2008 al 1,7% en 2024.
Esto implica que el proceso de reconversión productiva avanza más rápido destruyendo capacidades existentes que generando nuevas. El tejido productivo no solo se reduce en los sectores tradicionales, sino que tampoco se regenera con suficiente velocidad en los sectores emergentes. La economía crece, pero su base empresarial se adelgaza.
El dilema es evidente. La estrategia económica puede ser consistente en el largo plazo, pero los costos de transición se están acumulando en el presente. El crecimiento del PBI no se traduce en empleo porque los sectores que lideran la expansión no demandan trabajo en la misma proporción, mientras que los sectores que sí lo hacían continúan en retroceso.
La pregunta de fondo no es si la reconversión productiva tiene sentido. La pregunta es cómo se gestiona. Qué políticas acompañan el proceso. Cómo se construyen los encadenamientos. Cómo se evita que la transición deje atrás a trabajadores, empresas y territorios.
Porque la reasignación de factores no es instantánea ni indolora. Requiere tiempo, políticas y capacidades que no siempre están disponibles.
La economía argentina enfrenta hoy una tensión menos visible que las crisis tradicionales, pero no menos relevante: puede crecer sin generar empleo. No es una contradicción. Es una característica de este patrón de crecimiento. La cuestión es cuánto tiempo puede sostenerse.
Porque una economía puede expandirse durante un tiempo sin integrar plenamente a su fuerza laboral. Pero difícilmente pueda hacerlo de manera sostenida. El problema no es si la economía está mejorando. Es quiénes quedan afuera mientras mejora. Y ese, más que un problema estadístico, es un problema de desarrollo.
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