Se viene la fiesta de la pelota: ¿Por qué son tan malas las canciones de los Mundiales?
Edición Impresa | 12 de Abril de 2026 | 07:41
Por PEDRO GARAY
Hay algo especial que ocurre en algún recoveco del cerebro cada vez que suena “Un’estate italiana”, himno de Italia 90 compuesto por Giorgio Moroder e interpretado por Gianna Nannini y Edoardo Bennato: si sos de cierta generación argentina, los recuerdos se disparan a la tele de tubo, a las reuniones familiares para ver el Mundial, a Diego, al Cani, al Goyco… La canción, italianísima, remite a un momento particular de Argentina, y así debe ocurrir en buena parte del mundo. Así pasa con los buenos temas.
Pero es, probablemente, la única canción oficial de un Mundial que no necesita que expliquen que es una canción oficial de un Mundial. La escuchás y ya sabés que es 1990, que hay algo en juego, que la vida tiene el tamaño de un estadio y de una noche italiana que nunca termina del todo. Pero es la excepción que confirma la regla. Porque la regla, en los últimos treinta años, fue la mediocridad.
La idea de musicalizar el Mundial no nació con una visión artística sino con la necesidad de generar atención. En 1962, para el Mundial de Chile, los organizadores buscaron la manera de despertar el interés internacional y recurrieron a lo más obvio: una canción. Los Ramblers, un grupo de rock chileno, grabaron “El rock del mundial”, una pieza rockabilly con aplausos y silbatos de árbitro que tenía todo el encanto amateur de la época. Nadie pretendía hacer historia. Se trataba de anunciar una fiesta.
Lo que siguió durante las décadas del 60 y 70 fue, paradójicamente, mucho más interesante que lo que vendría después: cada país huésped hacía lo que le salía del alma. Inglaterra 1966 le encargó a Lonnie Donegan, rey del skiffle, una canción en honor a la mascota —un león llamado World Cup Willie— que era pura ingenuidad entrañable. México 1970 ofreció un mix de bossa nova y mariachi con mujeres repitiendo “México setenta” con una alegría que no pedía permiso. Alemania 1974 tuvo a la cantante polaca Maryla Rodowicz desgranando un himno pop de dos minutos llamado simplemente “Futbol”. Y Argentina 1978 consiguió que ¡Ennio Morricone! compusiera “El Mundial”, una marcha orquestal sin letra, grandiosa y un poco épica, interpretada por la orquesta municipal porteña. España 1982, por su parte, tuvo a Plácido Domingo entregando una balada operática con toda la dignidad lírica que se esperaba de un país recién salido del franquismo. Hermosa. Y completamente olvidada.
El momento en que todo se torció
El quiebre llegó con el Mundial de México 1986. En lugar de encargar una canción nueva que reflejara la cultura del país anfitrión, la FIFA decidió licenciar un hit existente: “Hot Hot Hot” de Arrow, músico de Montserrat, que ya era un éxito bailable. El matrimonio entre el fútbol global y la industria musical pop quedó consumado. A partir de ese momento, la lógica dejó de ser artística y pasó a ser comercial: ¿qué canción puede gustarle a la mayor cantidad posible de personas en el mayor número posible de países? La pregunta, inocente en apariencia, encerraba una trampa perfecta. Las canciones intentan tachar todas las casillas posibles y el resultado son himnos que hablan un poco del país anfitrión, un poco del mundo, algo del fútbol y quizás de pasarla bien, cantados por alguien que no tiene demasiado sentido que esté ahí. Agradarle a todos es una forma muy eficiente de no decirle nada a nadie.
Italia 90 fue la excepción gloriosa, y por eso duele más lo que vino después. “Un’estate italiana” fue número uno en Italia y Suiza durante meses, y sigue siendo, décadas después, el tema con el que la televisión de medio mundo ilustra cualquier cosa relacionada con ese Mundial. Era pop, pero tenía alma italiana genuina y encima era universal. El problema es que nadie supo replicar esa fórmula, y la FIFA probablemente ni lo intentó.
Estados Unidos 94 inició el declive: el primer Mundial en tierra norteamericana mereció, según la FIFA, una canción gospel-soul de Daryl Hall con Sounds of Blackness que mezclaba un espiritual tradicional con letras sobre la unidad mundial. Era honesta, pero difícilmente representaba a un país cuya relación con el fútbol oscilaba entre la indiferencia y la confusión. Llegó al puesto 36 en el Reino Unido.
El himno de Francia 98 lo escribió ¡Ricky Martin!, que, desde ya, no es francés. En “La Copa de la vida”, cantaba en castellano y en inglés sobre “la copa” y “no parar” con la energía de alguien que acaba de tomar tres Red Bulls: buen tema, recordado, funcionó como espectáculo —su actuación en los Grammys del mismo año se convirtió en un fenómeno cultural— y como hit radial pegadizo, pero la letra era, para decirlo con delicadeza, conceptualmente modesta. “Allez allez allez, go go go”: un manual de instrucciones para animar, sin manual de instrucciones para pensar.
La tendencia de artistas globales interpretando canciones se volvió costumbre: Vangelis, griego, entregó una pieza electrónica orquestal sin letra para Corea-Japón 2002. Solemne (majestuosa). Pero imposible de tararear en un bar. Poco recordada: en Argentina fue un fenómeno, en cambio, “Shima Uta” de The Boom, una canción okinawense de 1992 que nada tenía que ver oficialmente con el torneo pero que se viralizó durante las transmisiones en Japón en su versión interpretada por Alfredo Casero.
Algo similar ocurrió en 2010, luego de que para Alemania 2006 el cuarteto de tenores (con estética de crucero de lujo) Il Divo se sumaran a Toni Braxton para interpretar una inofensiva balada pop-operática que ya nadie recordará. En Sudáfrica, la canción oficial la puso la colombiana Shakira, cantando “Waka Waka” (una de sus canciones más exitosas, por cierto): una artista latinoamericana cantaba “por qué eso es África” rodeada de producción norteamericana, todo un poco… turístico.
Las canciones de los Mundiales son malas porque tienen que serlo. El proceso por el que pasan garantiza que cualquier chispa de originalidad sea extinguida
Pero en paralelo, “Wavin’ Flag” de K’Naan —un somalí que cantaba sobre resistencia y esperanza y que Coca-Cola adoptó como tema de campaña— se convirtió en el himno no oficial que muchos recordaron más que el oficial. Las canciones de los Mundiales tienen ese problema: las mejores suelen no estar en el programa.
Tampoco Brasil honró, en 2014, su vasta tradición musical, y llevó este desajuste al extremo. Nada de bossa, nada de samba, nada de los mil géneros inventados en ese territorio enorme y musical: fue Pitbull —que se llama a sí mismo “Mr. Worldwide”— quien puso su voz para “We Are One (Ole Ola)”, con Jennifer Lopez rimando “unite” con “fight” en loop y la brasileña Claudia Leitte de decorado. El resultado fue un tema que podría haber sido grabado en cualquier ciudad del mundo para cualquier evento que requiriera música animada. Un periodista brasileño lo resumió sin anestesia: “Brasil solo ansía ser lo que la FIFA quiere que sea. Brasil está fifanizado.”
Rusia 2018 también se “fifanizó” cuando alineó a Will Smith, que no hacía música desde hacía años, con el reggaetonero Nicky Jam y la cantante albanesa Era Istrefi para “Live It Up”. Qatar 2022 optó por un álbum completo en lugar de una sola canción, pero “la canción del Mundial” fue “Hayya Hayya”, tema que incorporó ritmos del norte de África que al menos tenían algo de raíz local, aunque pasados por el tamix del pop. No fue un hit global. Pero tampoco fue una deshonra. En la escala de los Mundiales recientes, eso es casi un elogio.
Lo que viene, lo que viene…
Y entonces llegamos a 2026. El Mundial se juega en Estados Unidos, Canadá y México, y la FIFA necesitaba una canción que representara a los tres. La solución fue curiosa: “Lighter”, de Jelly Roll, cantante de country-rock estadounidense conocido por sus letras sobre redención personal y fe cristiana, junto al mexicano Carín León y el productor canadiense Cirkut. Pero aunque haya diversidad de naciones, el country, está claro, es música estadounidense.
El resultado es, en cierta manera, fascinante como objeto de estudio. Por primera vez en décadas, la canción oficial de un Mundial “sí” refleja algo genuino del país anfitrión (de uno de ellos, al menos: del que se va a terminar adueñando de la competencia): el Bible Belt, la América profunda, la narrativa del pecador que se redime. Jelly Roll canta que está rezando para salir del infierno, que el diablo intenta atraparlo, que sus cadenas ya no suenan. En un torneo de fútbol. La letra no menciona el fútbol en ningún momento reconocible. Los críticos la compararon con música de comerciales de autos estadounidenses. Las redes sociales explotaron.
La ironía es perfecta: después de décadas de pop global inofensivo que no representaba a nadie, el año que la canción sí refleja algo genuino del anfitrión, ese algo le resulta completamente ajeno al resto del planeta. Y al fútbol, claro, quizás una metáfora de lo que significa el deporte rey en Estados Unidos.
Los “no-lugares” hechos canción
Hay una lógica de fondo que explica todo esto y que va mucho más allá de las canciones. Los megaeventos modernos se parecen entre sí de una manera que resulta casi arquitectónica. Las mascotas son intercambiables: un animal simpático con ojos grandes que podría pertenecer a cualquier torneo de cualquier deporte en cualquier década (o en cualquier película de Disney). Los logos, salvando excepciones (y en el último tiempo hay un giro en este sentido) son geométricos y modernos y no dicen nada de ningún lugar. Son, en el sentido preciso del término que acuñó el antropólogo Marc Augé, no-lugares: espacios sin identidad propia, diseñados para funcionar igual para todos y que por eso no funcionan del todo para nadie. Las canciones oficiales son la versión musical de ese fenómeno.
Para ser adoptada por la FIFA, una canción tiene que ser suficientemente latina para gustarle al público latinoamericano, suficientemente pop para sonar en las radios europeas, suficientemente global para no ofender sensibilidades asiáticas o del Golfo, suficientemente festiva para no parecer solemne, y suficientemente seria para no parecer frívola. El resultado de cruzar todas esas restricciones es siempre el mismo: una canción que podría haber sido grabada en cualquier año de los últimos veinte, en cualquier país del mundo, para cualquier evento que requiriera música de fondo.
Al final, la pregunta del título tiene una respuesta que no es muy consoladora: las canciones de los Mundiales son malas porque tienen que serlo. El proceso por el que pasan —los focus groups, los departamentos de marketing, las negociaciones con sponsors, la necesidad de no ofender a nadie en ningún mercado relevante— garantiza que cualquier chispa de originalidad sea identificada y extinguida antes de que el tema llegue a las pantallas. Hacer algo verdaderamente bueno requiere elegir. Elegir una identidad, un sonido, un riesgo. Y elegir siempre significa dejar a alguien afuera. La FIFA prefiere no dejar a nadie afuera. El precio de esa cortesía universal es, invariablemente, la mediocridad universal.
Por eso “Un’estate italiana” sigue sonando. Porque en 1990 alguien, en algún comité, tuvo la idea o el descuido de dejar que Italia fuera Italia. Que sonara a verano mediterráneo, a Moroder, a Nannini cantando como si le fuera la vida. Era demasiado local para ser global. Y por eso despierta recuerdos y emociones. Por eso se volvió eterna.
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