¿El otoño es más cálido que la primavera?
Edición Impresa | 13 de Abril de 2026 | 01:39
La escena se repite cada año sin que muchos lo noten: los primeros días de marzo todavía conservan el pulso del verano, mientras que septiembre suele arrastrar un frío persistente que se resiste a ceder. La percepción popular de que el otoño “se siente” más cálido que la primavera no es una simple sensación térmica ni un capricho del calendario. Detrás de esa idea hay décadas de registros meteorológicos, cálculos históricos y una explicación física sólida que atraviesa tanto la climatología global como la realidad concreta de la provincia de Buenos Aires.
En términos estrictos, la afirmación es correcta. Los datos del Servicio Meteorológico Nacional muestran que, en Buenos Aires, el otoño (marzo-abril-mayo) presenta una temperatura media histórica de alrededor de 18,1 °C, mientras que la primavera (septiembre-octubre-noviembre) ronda los 17 °C. La diferencia, que parece pequeña —apenas cerca de un grado— es, sin embargo, consistente en series largas y se repite con notable regularidad.
Ese patrón también se confirma cuando se observan los extremos históricos. El otoño más cálido registrado en la región alcanzó una media de 20,1 °C, mientras que las primaveras, incluso en sus años más cálidos, tienden a ubicarse por debajo de esos valores. En otras palabras, no se trata de una anomalía puntual, sino de una característica estructural del clima.
Pero el dato más revelador aparece al comparar meses equivalentes: marzo, inicio del otoño, supera ampliamente a septiembre, inicio de la primavera. En Buenos Aires, esa diferencia puede rozar los 7 u 8 grados en promedio, lo que evidencia una asimetría mucho más marcada de lo que sugiere el promedio estacional.
EL RETRASO INVISIBLE QUE EXPLICA TODO
La explicación de fondo está en un concepto clave de la climatología: el “retraso estacional” o inercia térmica. La Tierra no responde de manera inmediata a la radiación solar. Aunque los equinoccios de marzo y septiembre reciben prácticamente la misma cantidad de energía, la temperatura del aire depende de cuánto calor haya acumulado —o perdido— el sistema terrestre en los meses previos.
Después del verano, el suelo, la atmósfera y, sobre todo, las masas de agua conservan una enorme cantidad de energía. Ese calor se libera lentamente durante el otoño, amortiguando el descenso térmico. En cambio, tras el invierno, la primavera arranca desde un “déficit térmico”: la superficie está fría y necesita tiempo para calentarse.
Un estudio publicado en el Journal of Climate cuantificó este fenómeno con precisión: el máximo térmico anual se produce, en promedio, 44 días después del solsticio de verano, mientras que el mínimo llega apenas 14 días después del solsticio de invierno. Esa diferencia revela que el enfriamiento es más rápido que el calentamiento, consolidando un otoño más cálido que la primavera en términos relativos.
Este comportamiento no es exclusivo de Argentina. Se observa en gran parte de las latitudes medias del planeta, aunque en el hemisferio sur se vuelve más evidente por la mayor presencia de océanos, que actúan como gigantescos reservorios de calor.
EL CASO TESTIGO DEL GRAN LA PLATA
En la región del Gran La Plata —La Plata, Berisso y Ensenada— el fenómeno adquiere una intensidad particular. Allí, la diferencia entre otoño y primavera alcanza unos +1,3 °C a favor del otoño, una de las más altas del área metropolitana.
Los registros muestran que marzo presenta temperaturas medias cercanas a los 20 °C, mientras que septiembre apenas ronda los 13 °C. Incluso abril, con unos 17 °C, suele superar a octubre. La brecha es tan clara que, en términos prácticos, el otoño comienza con condiciones casi veraniegas, mientras que la primavera tarda varias semanas en consolidarse.
La explicación local tiene nombre propio: el Río de la Plata. Este estuario funciona como un regulador térmico de enorme escala. Después del verano, sus aguas mantienen temperaturas de entre 20 °C y 25 °C y liberan calor lentamente hacia la atmósfera. En primavera, en cambio, llegan todavía frías del invierno, enfriando el aire costero.
Ese “subsidio térmico” explica por qué Berisso y Ensenada —directamente sobre la costa— registran otoños más suaves y estables que zonas más alejadas del río, mientras que La Plata combina ese efecto con otro factor: la urbanización.
EL CONURBANO Y LA CIUDAD QUE NO SE ENFRÍA
En el Conurbano bonaerense y el Área Metropolitana, la diferencia entre estaciones se mantiene, pero con un matiz adicional: la isla de calor urbana. Barrios densamente edificados retienen energía durante el día y la liberan por la noche, elevando las temperaturas mínimas.
Estudios de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA muestran que la diferencia entre áreas urbanas y rurales puede alcanzar hasta 2 °C en verano. En otoño, ese calor acumulado prolonga las temperaturas elevadas, reforzando la sensación de continuidad con el verano. En primavera, en cambio, la mayor nubosidad y la circulación de aire frío reducen ese efecto.
En estaciones como Ezeiza, representativa del Conurbano profundo, marzo presenta medias cercanas a los 21 °C, frente a los 13 °C de septiembre. Incluso noviembre, el mes más cálido de la primavera, suele quedar por debajo de marzo en promedio.
EL INTERIOR BONAERENSE Y LOS MATICES DEL TERRITORIO
Lejos de la influencia directa del río o del mar, el interior de la provincia de Buenos Aires mantiene el mismo patrón, aunque con diferencias más moderadas. En ciudades como Junín, Tandil o Bahía Blanca, el otoño sigue siendo más cálido que la primavera, pero la brecha se reduce.
En el sur bonaerense, por ejemplo, Bahía Blanca presenta una diferencia de alrededor de +1,0 °C entre estaciones. En Mar del Plata, donde domina el Atlántico, la asimetría es aún menor, cerca de +0,7 °C, debido a una regulación térmica más constante durante todo el año.
Aun así, el patrón no desaparece. En todas las estaciones meteorológicas del territorio bonaerense, marzo supera a septiembre y abril suele ubicarse por encima de octubre. La inercia térmica del sistema climático se impone, más allá de las variaciones locales.
UN FENÓMENO QUE EL CAMBIO CLIMÁTICO PROFUNDIZA
En las últimas décadas, el calentamiento global empezó a alterar —y en algunos casos a reforzar— esta dinámica. Estudios climáticos muestran que el verano se está extendiendo, desplazando el calor hacia el otoño. En paralelo, las primaveras siguen siendo más variables, con irrupciones de aire frío que retrasan el aumento sostenido de temperatura.
En Argentina, varios otoños recientes se ubicaron entre los más cálidos de la historia, con anomalías positivas cercanas o superiores a +1 °C. En contraste, aunque también se calientan, las primaveras lo hacen de manera más irregular.
El resultado es una tendencia clara: el otoño no solo sigue siendo más cálido que la primavera, sino que esa diferencia tiende a acentuarse.
UNA VERDAD CLIMÁTICA CON MATICES
La conclusión, a la luz de los datos, es contundente pero no absoluta. En la provincia de Buenos Aires —y especialmente en el Gran La Plata— el otoño es, en promedio histórico, más cálido que la primavera. La diferencia ronda entre medio y un grado, pero puede ser mucho mayor al comparar meses específicos.
La causa no es circunstancial sino estructural: la inercia térmica del sistema terrestre, amplificada por el Río de la Plata, la urbanización y las características propias del clima pampeano.
Sin embargo, no se trata de una ley universal. En regiones más continentales o con dinámicas atmosféricas distintas, la relación puede variar. Pero en el mapa bonaerense, la evidencia es consistente: mientras el otoño llega con el calor acumulado del verano, la primavera arranca con la pesada herencia del invierno.
Y en esa diferencia, invisible para muchos pero medible en cada registro meteorológico, se explica por qué, año tras año, el otoño parece —y efectivamente es— un poco más cálido que la primavera.
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