“Las Falklands votaron abrumadoramente por seguir siendo británicas”
Edición Impresa | 25 de Abril de 2026 | 02:13
El Gobierno británico reaccionó con rapidez y contundencia frente a versiones que indican que Estados Unidos podría revisar su posición sobre la disputa de soberanía de las Islas Malvinas. Voceros del primer ministro Keir Starmer insistieron en que la soberanía “recae en el Reino Unido” y que el derecho de los habitantes del archipiélago a decidir su futuro “es central e innegociable”.
La respuesta oficial se conoció luego de la difusión de un informe en el que se menciona que la Casa Blanca evaluaría alternativas geopolíticas que incluirían un eventual respaldo a la Argentina. Aunque se trata de versiones no confirmadas, el impacto político fue inmediato en Londres.
Desde el entorno de Starmer reforzaron el argumento histórico del Reino Unido: el principio de autodeterminación. Recordaron que en el referéndum realizado en las islas, la población votó de manera abrumadora por continuar como territorio británico de ultramar.
En la misma línea, la secretaria del Foreign Office, Yvette Cooper, fue categórica: “Las Islas Falkland son británicas: la soberanía reside en el Reino Unido, y la autodeterminación reside en los isleños”. La funcionaria subrayó que el compromiso del país con el archipiélago “es inquebrantable”.
Mensaje directo a EE UU
El vocero de Downing Street también dejó un mensaje dirigido a Washington: el Reino Unido ya ha expresado su postura “de forma clara y constante” a las distintas administraciones estadounidenses, y anticipó que “nada va a cambiar eso”.
La reacción apunta a desactivar cualquier intento de reinterpretación del conflicto desde el plano internacional y a reafirmar que, para Londres, no existe margen de negociación sobre la soberanía.
Repercusiones políticas y enojo en el Reino Unido
Las versiones sobre un posible cambio de postura de Estados Unidos generaron un fuerte rechazo transversal en la política británica. Dirigentes oficialistas y opositores coincidieron en rechazar la idea de discutir la soberanía del archipiélago.
Referentes conservadores y liberales calificaron la posibilidad como “disparatada”, mientras que sectores vinculados a veteranos de la guerra de 1982 expresaron su indignación y lo consideraron “un insulto” para los isleños.
Más allá de los cambios de gobierno, la postura británica sobre Malvinas se mantiene como una política de Estado. Starmer lo dejó en claro tanto en campaña como ya en el poder: la soberanía no está en discusión.
El endurecimiento del discurso frente a las versiones provenientes de Estados Unidos refuerza esa línea histórica y marca el tono de la relación futura: para el Reino Unido, cualquier intento de alterar el statu quo será respondido con firmeza.
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