Elke Aymonino: “Me transformé en fan de Isa Kremer”

La actriz vuelve a ponerse en la piel de la cantante judía en la despedida de la obra de Nelson Mallach en el Max Nordau

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En la última función de “Isa Kremer, la voz del pueblo”, la obra de Nelson Mallach que desarrolló al presente la historia real de una reconocida artista judía atravesada por su tiempo, todas las miradas vuelven a posarse en el cuerpo y la voz de Elke Aymonino. Es allí, en ese cruce entre investigación histórica y escena viva, donde el personaje termina de completarse.

Como ya había señalado el propio director en diálogo con este diario, la obra de teatro musical encuentra su sentido definitivo en la interpretación: “Elke terminó de escribirla con su cuerpo y con su voz”. Y esa afirmación, en el cierre del ciclo, cobra aún más peso.

Para la actriz, el recorrido no fue uno más. Habla de un proceso que fue tan exigente como disfrutable. En lo personal y en lo profesional, define el proyecto como “un desafío muy enriquecedor”, atravesado por una doble dimensión: la búsqueda intensa de un personaje complejo y el vínculo colectivo que se construye función a función. "Principalmente -dice- por el disfrute de todos los jueves encontrarme con este equipazo que es hoy Isa Kremer. Lo siento como un regalazo".

Lejos de una identificación directa, Aymonino se ubica en otro lugar frente a la figura de Isa Kremer. No intenta parecerse, sino comprenderla. Y en ese tránsito aparece la admiración.

Cuenta que lo que más la interpela es la coherencia del artista, su resistencia y su coraje en contextos adversos. “Más que identificarme con ella, me transformé en su fan”, resume, en una frase que sintetiza la relación que fue construyendo con el personaje.

Esa admiración dialoga con la lectura que proponía Mallach en la nota previa: la de una mujer que atravesó los grandes conflictos del siglo XX sin resignar su identidad, incluso cuando eso implicaba tomar decisiones incómodas o riesgosas.

Uno de los desafíos centrales de la obra es el trabajo con el idish. No se trata solo de una cuestión técnica, sino de un territorio cultural cargado de historia.

Para abordarlo, Aymonino recurrió a una guía cercana: una profesora del barrio, Ionina, quien no solo le enseñó la pronunciación y la traducción de las canciones, sino que le abrió una puerta más profunda. "Me fue contando su propia historia, sus orígenes. Ese fue el primer acercamiento a Isa, el nacimiento del personaje", explica.

En ese aprendizaje aparece una de las claves de la puesta: el idioma no es un elemento decorativo, sino una forma de memoria. Y también de resistencia.

La decisión de Kremer de sostener el idish incluso en los grandes escenarios internacionales -desde el Carnegie Hall hasta salas europeas- resuena con fuerza en la mirada de la actriz.

Aymonino subraya que, incluso en su etapa lírica, Isa nunca dejó de ser popular porque nunca dejó de cantar en su lengua. Y recuerda que esa elección tuvo consecuencias: llegó a ser amenazada por sostenerla.

Ahí aparece, otra vez, la dimensión política del personaje que Mallach destacaba: un artista que no se adaptó a las exigencias del mercado ni del contexto, sino que mantuvo su identidad como un gesto artístico y vital. “Creo que esa es la clave de los grandes artistas: irrumpen en tiempos oscuros con algo propio, con una identidad que trasciende”, dice la actriz.

EL MAX NORDAU, ESCENARIO Y SENTIDO

Si en las obras los espacios hablan -como suele ocurrir en los trabajos de Mallach-, el Max Nordau ocupa un lugar central. No es solo el escenario, sino parte del relato.

Para Aymonino, la elección no es casual. La obra, dice, “se materializa ahí”. Es en ese club de barrio donde el personaje termina de cobrar vida y donde también se activa una recuperación simbólica: la de un espacio cultural que había quedado en desuso y que volvió a latir con esta propuesta.

En ese cruce, el idish vuelve a sonar. “En este contexto en donde se hace imposible olvidar”, agrega.

Más allá del recorrido biográfico, la obra está atravesada por temas que exceden a Kremer: la identidad, la memoria, el compromiso. Y en ese sentido, Aymonino tiene claro qué espera del encuentro con el público en esta despedida: “Me gustaría que no les fuera indiferente”.

Con dirección musical y composición de Gerardo Guzmán, incluye la música en vivo de Gerardo Guzmán (piano), Gustavo Perelsztein (clarinete), Alicia Silva (acordeón) y Mirian Tuñez (violonchelo). La cita es esta noche a las 21 en el Max Nordau, 11 Nº 1272, entre 58 y 59. Entradas por Alternativa Teatral.

 

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