2 de abril

Edición Impresa

María Virginia Gutiérrez Eguia

—¡Vamos, ma! ¿Me llevás a danzas? — escuché la voz de Julita desde la escalera.

—Pero si hoy es feriado y llueve mucho — respondí.

—Hay clases como todos los días, mamá — insistió ella, trayendo en sus manos un bolsito repleto de horquillas.

La peiné con un rodete alto y salimos hacia el estudio de ballet. Valentino quiso venir con nosotras y Pedro se quedó con Julio, su papá, mirando una película.

El estudio quedaba a veinte cuadras de casa. Manejé despacio con el limpia parabrisas al máximo por calle 2 hasta la avenida 32, donde está la rambla. Allí frené. Por las alcantarillas desbordaba agua, los desagües no daban abasto. Doblé a la derecha y conduje por el medio de la avenida con destino a calle 13. La lluvia resonaba cada vez más furiosa sobre el techo del auto. Por el espejo retrovisor veía a los chicos que encogían los hombros y se tapaban la cabeza con las manos. Sentí que debía volver pero no lo hice.

Mientras el auto avanzaba, amenazado por las corrientes de agua que se formaban a los costados de la calle, noté que iba perdiendo estabilidad. Me aferré al volante y seguí. A lo lejos, a la altura de calle 7, distinguí como fuera de foco las balizas de otros autos y colectivos parados. Creí que lo mejor sería llegar hasta allí. Era tarde para regresar. La violencia del agua aumentaba mientras nos acercábamos al sumidero. El agua lodosa corría con rabia por debajo del chasis.

Al fin logré llegar a la rotonda de calle 7. Valentino insistía para que subiésemos con el auto a la fuente porque todavía no estaba inundado.

- Dale, ma, ¡subí!, ¡no pasa nada!

Dudé porque hasta el momento nadie se había animado a hacerlo. Le hice caso y subí. Apagué el motor. Enseguida se sumaron otros vehículos que también buscaban resguardarse. Estacionaron al lado nuestro rodeando la fuente hasta completarla. Recuerdo la carita de Valentino, orgulloso y expectante cada vez que alguien más decidía subir. Nos quedamos quietos los tres, mirando la tormenta a través de las ventanillas empañadas.

Vi el agua sucia convertida en un río que arrastraba por su cauce bolsas de basura, plantas, carteles y hasta zapatos. Vi gente caminando contra la corriente, nadando y sosteniéndose de algún poste. Vi autos flotando a la deriva. Vi cómo el agua avanzaba sobre el piso de mi palio rojo.

"Amaba esa música de los 80 que me alejaba de la realidad unos instantes. Veía la gente en otros autos"

Eran las siete de la tarde, el color del cielo era de un gris plomizo. Comenzaba a oscurecer. Luego de varios intentos logré comunicarme con Julio para que nos viniera a buscar. Él estaba sorprendido porque en Tolosa, donde vivimos, a la altura de las vías del tren, no había agua en las calles. Yo sabía que era imposible que llegara hasta mí en auto pero conociéndolo, de algún modo lo haría.

El agua iba subiendo con voracidad y ahora avanzaba hacia las butacas. Me parece ver a Julita parada en el asiento trasero con sus zapatillas rosas, haciendo equilibrio para no mojarse. Valentino, ahora al lado mío, jugaba con el Nokia1100 y yo me comía las uñas. Busqué en la guantera algún cd de rock nacional. Sonaba virus, Imágenes Paganas, uno de los pocos discos sin rayaduras que no saltaba en el reproductor. Amaba esa música de los 80 que me alejaba de la realidad unos instantes. Pegada a la ventanilla, observaba a la gente de otros autos, al igual que nosotros, inmóvil, atrapada en su aliento.

Y en medio de la desolación, Julio y Pedro aparecieron delante del parabrisas. Llegaron en bicicletas con trajes de agua color amarillo (los que usaban para navegar) empapados pero sonrientes. Habían venido a rescatarnos. Fue todo tan fugaz que no advertí en qué momento hicieron un pacto entre los tres. Valentino bajó del auto y subió a la bicicleta de su papá sin dudarlo y, junto con Pedro, emprendieron el viaje de regreso a casa. Mis gritos mudos no pudieron retener a los chicos ni convencer a Julio para que se quedaran conmigo. Recuerdo sus rostros iluminados y felices arriba de esas bicicletas casi hundidas, contrastando con el mío, pálido y abismado.

No entendía cómo saldríamos de allí. Cómo llegaríamos a casa. Sin embargo, le cedí el volante a Julio y atravesamos la rambla esquivando arbustos y bancos de plaza a ciegas. Los chicos venían detrás nuestro, pedaleando con el agua casi hasta la cintura. Julita los saludaba dejando las huellas de sus manos pequeñas en el vidrio trasero. Yo me asomé todo ese tramo para no perderles el rastro. Mis brazos largos se aferraron rígidos a la puerta del acompañante. Casi medio cuerpo sobresalía por la ventanilla. Me costaba respirar el aire con olor a río. La lluvia en la cara me ahogaba. Y cada gota se conjugaba con mi llanto, con mis lágrimas que sabían a sal y a miedo.

 

 

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