Hay un grupo de intendentes que tiene decidido largar la carrera por la gobernación una vez que termine el Mundial de fútbol. Incluso, algunos piensan tomar licencia en su cargo actual para dedicarse tiempo completo a su actividad de campaña. Pero en el medio, se espera que, en los próximos meses, se salden algunas cuestiones clave en torno a las reglas de juego que regirán para la competencia electoral.
En ese marco, la discusión por las reelecciones de los intendentes y la posibilidad de adelantar los comicios son cuestiones decisivas. Y otro tema no menor, que ya forma parte de la agenda de discusión de los protagonistas, es la forma en que se definirán las candidaturas.
Pero hay, sobre todo, un fantasma que siempre sobrevuela y se constituye en la principal amenaza para todos los aspirantes a la gobernación: la maldición histórica de no poder saltar, de manera directa, de la intendencia al sillón de Dardo Rocha. Concretamente, el temor a que una figura con instalación nacional, por lo general ajena al territorio provincial, les arrebate la ilusión.
Después del Mundial arrancarán entonces los Juegos Bonaerenses de la política. Como en la histórica competencia provincial, cada territorio comenzará a jugar su propia partida, y tendrá a los intendentes buscando instalarse, ampliar su conocimiento público, construir volumen político y proyectarse hacia una discusión mucho más compleja que la gestión local. Nada menos que la sucesión bonaerense.
Hasta y durante el Mundial va a predominar la prudencia, aunque no cesarán los movimientos silenciosos que vienen agitando las aguas desde hace tiempo. Reuniones reservadas, respaldos cruzados, fotos cuidadosamente administradas, acuerdos incipientes, armados regionales, mesas de diálogo solapadas, recorridas compartidas, conversaciones con sectores económicos y nuevos agrupamientos, comenzará a pintar el paisaje de la sucesión provincial.
Internas y exportar gestión
Una de las preocupaciones compartidas, y centrales, que forma parte de los diálogos entre los aspirantes, es la fórmula que encontrarán para dirimir sus diferencias. La idea es evitar una fragmentación que vuelva a conspirar contra sus posibilidades y favorecer a una figura ajena al territorio.
Se sabe que uno de los grandes problemas de la provincia es que suele llegar a las disputas de poder sin mecanismos claros para procesar los liderazgos. Y la discusión sobre las reelecciones será una de las variables que ordenará ese tablero. Si no se habilitan, la presión política aumentará.
Ahí aparece uno de los grandes desafíos de la etapa que viene: cómo exportar el éxito de gestión más allá de los límites del pago chico. Gobernar bien un municipio ya no garantiza, de manera automática, proyección bonaerense. La verdadera disputa pasa por cómo transformar experiencia local en legitimidad provincial.
Por eso muchos intendentes empezarán a disputar conocimiento, visibilidad y centralidad política. Algunos buscarán provincializar agendas locales, otros intentarán ampliar sus recorridas o transformarse en intérpretes de época y de problemas que excedan sus ciudades. Porque la pelea ya no pasa solamente por administrar territorios, sino por representar una idea de provincia.
La maldición
Y ahí emerge nuevamente la llamada “maldición de los intendentes”. Buenos Aires tiene municipios densos, ciudades complejas y dirigentes con fuerte capacidad territorial. Sin embargo, rara vez esos liderazgos logran convertirse en conducción provincial. La Provincia produce poder territorial, pero históricamente le cuesta producir centralidad política.
La explicación acaso sea más profunda que una simple competencia electoral. Tal vez tenga que ver con una dificultad histórica de la provincia para consolidar una identidad política plenamente bonaerense. La federalización de Buenos Aires y la pérdida de la capital dejaron una marca que todavía parece proyectarse sobre la política provincial. Buenos Aires conservó peso económico, demográfico y electoral, pero perdió centralidad simbólica. Desde entonces, gran parte de su dirigencia quedó atrapada entre dos tensiones permanentes: la dependencia respecto de los liderazgos nacionales y la dificultad para construir una agenda provincial propia.
Por eso, en los próximos meses, muchos intendentes intentarán convertirse en una suerte de primus inter pares. Después del Mundial arrancarán los Juegos Bonaerenses de la política. Pero la verdadera incógnita no será solamente quién logra instalar una candidatura. La pregunta de fondo será si la provincia de Buenos Aires puede finalmente construir liderazgo político desde sus propios territorios.
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