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Entre la confrontación, la ofensiva contra la prensa y las internas, el Gobierno intenta preservar la centralidad

Javier Milei levanta el tono y busca aplacar las tensiones dentro del oficialismo / IA
Javier Milei levanta el tono y busca aplacar las tensiones dentro del oficialismo / IA

Por Germán López

Quizás porque no encuentra enfrente a ningún actor político capaz de desafiar su poder, el gobierno de Javier Milei decidió profundizar contra el periodismo una suerte de guerra santa en la que viene empeñado desde el inicio de su gestión. La persistencia, coordinación y virulencia de los ataques impiden explicarlos como simples desbordes temperamentales: forman parte de una estrategia comunicacional que ya adquirió rango de política de Estado.

El Presidente aseguró que la oposición y ciertos comunicadores buscan impulsar un “golpe de Estado”, mientras que el ministro de Economía pidió a los empresarios “no dejarse psicopatear” por las noticias publicadas en los diarios. Lo hizo durante el Latam Economic Forum, el evento financiero que reúne en Buenos Aires a empresarios de primera línea.

La dura homilía de monseñor Jorge García Cuerva durante el Tedeum del 25 de Mayo alertó justamente sobre las consecuencias de la falta de diálogo y de una lógica de confrontación permanente que desde hace décadas atraviesa a la política argentina. También planteó la necesidad de construir un modus vivendi que garantice un mínimo de convivencia.

Con estas herramientas el Gobierno busca dar la batalla comunicacional en medio de una realidad que, al menos por ahora, parece ofrecerle cierto respiro. Los datos de la economía todavía están lejos de ser alentadores, pero dejaron de deteriorarse y en el oficialismo se ilusionan con que representen el piso a partir del cual las variables comiencen a mejorar.

ADORNI Y LA INTERNA

Paralelamente, la situación de Manuel Adorni entró en una instancia decisiva a la espera de su crucial declaración jurada, que supuestamente pondrá fin a las sospechas sobre el crecimiento de su patrimonio. Esa expectativa -sumada a cierto hartazgo comunicacional- permitió que esta semana el foco de la atención pública se desplazara parcialmente de su figura.

La agresividad discursiva también cumple otra función menos visible: desplazar del centro de la escena los conflictos internos que atraviesan al oficialismo. El tercer dato positivo para la Casa Rosada fue la tregua -aparente y sobreactuada, pero tregua al fin- instalada en medio de la guerra fría, y no tan fría, que libran Santiago Caputo y Karina Milei.

La tensión aumentó en los últimos días cuando dirigentes y operadores ligados a Caputo cuestionaron a figuras del entorno de Karina Milei, especialmente a Martín Menem. El episodio escaló a partir de filtraciones de información y acusaciones de espionaje interno vinculadas a @periodistarufus, una cuenta atribuida al entorno del presidente de la Cámara de Diputados. Una escaramuza críptica que se libra en las redes sociales, territorio predilecto de las disputas libertarias, y que transcurre muy lejos de las preocupaciones cotidianas de la mayoría de los argentinos.

Ante ese escenario desbordado, Javier Milei tuvo que intervenir para intentar exhibir autoridad y obligó a ambos sectores a conformar una “mesa política”. Allí posaron juntos para las fotos con el objetivo de transmitir una imagen de unidad frente a los mercados y la oposición.

Javier Milei es el destino final; su hermana Karina, la única aduana

Sin embargo, el conflicto de fondo permanece intacto y todo pareció reducirse a una puesta en escena destinada a evitar un mayor desgaste de la gestión.

Un dato de color sintetizó el clima interno. El superasesor Santiago Caputo, que durante el Tedeum se había mostrado con una gorra al estilo Peaky Blinders, reapareció al día siguiente en la foto de gabinete junto a Adorni, Karina Milei, Martín Menem, Eduardo “Lule” Menem, Luis “Toto” Caputo y Patricia Bullrich, esta vez con una gorra de lana look “Pitufo”. Quizás una forma de relativizar la importancia del encuentro. Para un personaje obsesionado con la comunicación no verbal, incluso una gorra puede convertirse en mensaje.

LA TENSIÓN CON BULLRICH

Un día antes, el protocolo de la Casa Rosada, controlado por la hermana del Presidente, había relegado a Bullrich a una posición periférica, casi invisible, durante el Tedeum en la Catedral Metropolitana y posteriormente en el Cabildo. El gesto funcionó como una notificación fría: la ministra sigue siendo una outsider excluida del círculo íntimo de decisiones y de “los históricos” del proyecto libertario.

No es un dato menor. Algunas encuestas comienzan a mostrar a Bullrich con niveles de valoración que compiten con los del propio Presidente. Un relevamiento de Giacobbe & Asociados, difundido por iProfesional, le asignó una imagen positiva de 39,7%, por encima del 35,9% registrado por Milei.

Sin embargo, la tensión se relajó más tarde en el balcón de la Casa Rosada, cuando el propio Presidente la buscó de manera explícita para rescatarla del segundo plano. El mensaje parece ser: el derecho de admisión al club del poder lo administran los hermanos Milei. Así como te encumbran, también pueden empujarte al ostracismo.

EL “ORDEN FAMILIAR”

Detrás de esa dinámica no hay un impulso aislado. Javier Milei funciona como garante silencioso de ese orden familiar. El Presidente aporta la mística y el aval ideológico, pero delega en su hermana el control de la admisión. En esa dupla, Milei es el destino final; Karina, la única aduana.

Una distribución de roles que ayuda a explicar buena parte de las tensiones que atraviesan hoy al oficialismo y que, pese a los esfuerzos por disimularlas, siguen aflorando detrás de cada gesto, cada foto y cada disputa por el poder.

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