TEMAS DE HOY:
PUBLICIDAD

Geopolítica del óxido: cómo evitar que Buenos Aires sea un museo de fábricas

Por Por SEBASTIÁN GENATTI (*), MATÍAS REMES LENICOV (*) y JUAN J. AMONDARAIN (**)

Argentina atraviesa un cambio estructural profundo que aún no termina de percibirse en el debate público. El nuevo modelo económico comienza a orientarse hacia el desarrollo de los sectores minero, petrolero, energético y agropecuario, desplazando gradualmente el peso histórico de la industria manufacturera como motor del crecimiento.

Las provincias que poseen estos recursos naturales ya muestran señales claras de transformación: aumento de inversiones, expansión del empleo vinculado a la energía y la minería, mejora en sus ingresos fiscales y nuevas obras de infraestructura.

El agro continuará siendo un generador central de divisas, pero su margen de crecimiento será necesariamente menor. Las regiones agrícolas más competitivas ya operan cerca de su frontera tecnológica y productiva. El salto exportador futuro provendrá principalmente de los hidrocarburos, la minería y la energía.

Este proceso parece haber ingresado en una etapa de no retorno. A medida que las inversiones energéticas y mineras maduren —un proceso que demandará al menos diez años— la Argentina podría comenzar a resolver su problema económico crónico: la restricción externa. Por primera vez en décadas, el país podría generar más dólares de los que necesita para crecer.

Sin embargo, ese éxito traerá nuevos desafíos. Las exportaciones energéticas y mineras requieren relativamente menos importaciones que la industria pesada. Si el ingreso de divisas supera estructuralmente la demanda, la economía tenderá naturalmente hacia una apreciación cambiaria, fenómeno conocido como “enfermedad holandesa”.

En el corto plazo, la pesada herencia financiera —deuda externa, compromisos con organismos internacionales, utilidades atrasadas e importaciones postergadas— actuará como una gran esponja que absorberá esos dólares. Pero, superada esa transición, el cambio macroeconómico podría ser profundo.

Al menos una docena de provincias se verían claramente beneficiadas por este nuevo esquema productivo.

Más recursos fiscales, más empleo en minería, construcción, transporte y servicios, y una mejora sostenida en la calidad de vida del interior energético y cordillerano.

LA OTRA CARA DE LA MONEDA

El reverso de ese proceso será inevitable: provincias históricamente industriales o dependientes del mercado interno —entre ellas Buenos Aires— deberán repensar su rol dentro de una Argentina que pasaría de un modelo industrial defensivo a uno exportador de recursos naturales y energía.

El histórico dilema del tipo de cambio entre campo e industria incorporará ahora nuevos actores: minería, petróleo y energía. En ese contexto, las devaluaciones periódicas para recuperar competitividad industrial dejarán de ser una herramienta sencilla. La industria tenderá a representar una porción menor del producto nacional.

La Argentina probablemente no vuelva a colapsar por falta de dólares. El desafío será otro: administrar cómo esos dólares transforman su estructura productiva, social y territorial. El país puede enriquecerse exportando energía y minerales mientras su principal centro urbano enfrenta tensiones laborales, conflictos distributivos y nuevas disputas federales.

La Provincia de Buenos Aires concentra cerca de la mitad del producto industrial argentino. Por eso, es también la región más expuesta al cambio de paradigma.

Competir industrialmente con China por escala y costos resulta cada vez más difícil incluso para Estados Unidos, la Unión Europea, Japón o Corea del Sur. Argentina enfrenta ese desafío con una estructura industrial que, en muchos segmentos, aún no alcanzó niveles de madurez tecnológica suficientes.

Si la provincia de Buenos Aires mantiene el status quo, el impacto puede ser significativo: menor actividad industrial, caída del empleo privado formal, reducción del consumo y, en consecuencia, debilitamiento de la recaudación provincial y municipal.

Existen sectores sólidos —como alimentos o ciertas producciones de cercanía logística— que seguirán siendo competitivos. Pero ramas como la automotriz, parte de la metalurgia o algunos segmentos plásticos deberán redefinir su estrategia productiva.

DESAFÍOS DE LA PROVINCIA

La Provincia de Buenos Aires tiene aproximadamente una década para anticiparse a esta transición, mientras maduran los grandes proyectos energéticos y mineros del país.

El primer paso es una reforma tributaria gradual, coordinada entre Nación, provincias y municipios, que reduzca costos productivos sin desfinanciar al Estado. La competitividad futura no podrá depender exclusivamente de devaluaciones periódicas.

El segundo desafío consiste en atraer inversiones alineadas con la nueva economía global. Recuperar proyectos estratégicos como la exportación de GNL desde Bahía Blanca resulta central en un mundo atravesado por tensiones geopolíticas y creciente demanda de energía proveniente de países estables. En paralelo, la exploración offshore en la Cuenca Argentina Norte —incluido el bloque CAN-100 frente a Mar del Plata— abre la posibilidad de transformar a Buenos Aires también en una provincia energética. Aun cuando los primeros resultados exploratorios no hayan sido concluyentes, el potencial estratégico permanece.

La logística será determinante. La modernización ferroviaria —un desafío esencialmente nacional— y la reconversión de puertos como San Pedro y San Nicolás permitirían canalizar exportaciones minerales hacia el Atlántico, evitando que salgan por puertos chilenos.

Pero la transformación más profunda deberá darse dentro del propio entramado industrial bonaerense. Sectores intensivos en empleo, como el autopartista, enfrentan dificultades estructurales para competir internacionalmente. La experiencia internacional muestra que anticipar la reconversión resulta más eficaz que sostener indefinidamente actividades poco competitivas.

Reino Unido, Australia y Estados Unidos atravesaron procesos similares. Reino Unido muto hacia el sector aeroespacial. Australia, un país con una matriz agro-minera similar a la Argentina que viene, reorientó a sus proveedores automotrices hacia la fabricación de maquinaria minera, automatización pesada, instrumental quirúrgico y componentes para vehículos eléctricos. En Estados Unidos, el antiguo "Cinturón de Óxido" mutó hacia el equipamiento para petróleo y gas, la industria médica y la aeroespacial.

El verdadero activo de esas firmas nunca fue fabricar piezas de autos, sino dominar procesos complejos de ingeniería, producción en serie de alta precisión y estrictos estándares de calidad.

Si proyectos como el GNL en Bahía Blanca y el desarrollo offshore avanzan, Mar del Plata podría convertirse en una base logística energética del Atlántico Sur, revitalizando astilleros, servicios industriales y empleo tecnológico, compensando la retracción de actividades tradicionales como la textil.

VENTAJAS PARA ALCANZAR EL OBJETIVO

La Provincia de Buenos Aires posee ventajas decisivas para lograrlo: el mayor capital humano del país, universidades, sistema científico, puertos, infraestructura logística y un entramado Pyme consolidado.

El desafío no es resistir el cambio económico argentino, sino liderarlo desde una nueva especialización: ingeniería energética, servicios offshore, tecnología industrial, logística avanzada, software aplicado a la producción y equipamiento para minería y petróleo.

El riesgo no es el cambio de modelo. El riesgo es llegar tarde.

Las experiencias internacionales muestran una constante: ninguna reconversión industrial exitosa fue espontánea. Todas requirieron políticas industriales activas, reconversión laboral, financiamiento tecnológico, integración entre universidades y empresas, inversión en infraestructura y compras públicas estratégicas.

La Provincia de Buenos Aires enfrenta, quizás sin advertirlo plenamente, una encrucijada histórica. Durante décadas fue el corazón industrial, demográfico y político de la Argentina; el lugar donde se fabricaba trabajo, movilidad social y poder económico. Hoy el país comienza a girar hacia sus recursos energéticos y minerales, desplazando el centro de gravedad productivo hacia otras regiones. La pregunta ya no es económica sino política: si Buenos Aires intentará defender un modelo que se agota o si tendrá la audacia de reinventarse para liderar el nuevo ciclo nacional. Las sociedades que prosperan no son las que resisten los cambios de época, sino las que los interpretan antes que nadie y los transforman en proyecto colectivo. La reconversión bonaerense no es solo una agenda productiva: es una decisión estratégica sobre qué Argentina queremos construir en las próximas generaciones.

(*) Economista
(**) Ex senador provincial

Las noticias locales nunca fueron tan importantes
SUSCRIBITE a esta promo especial
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Registrate gratis para seguir leyendo

Ya leíste varias notas de El Día. Creá tu cuenta gratuita y seguí accediendo al contenido del diario.

¿Ya tenés cuenta? Ingresar

Has alcanzado el límite de notas gratuitas

Suscribite a uno de nuestros planes digitales y seguí disfrutando todo el contenido de El Día sin restricciones.

Básico Promocional mensual

$570/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Suscribirme

Full Promocional mensual

$740/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Acceso a la versión PDF

Beneficios Club El Día

Suscribirme

ESTA NOTA ES EXCLUSIVA PARA SUSCRIPTORES

Para disfrutar este artículo, análisis y más, por favor, suscríbase a uno de nuestros planes digitales

¿Ya tiene suscripción? Ingresar

Básico Promocional mensual

$570/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Suscribirme

Full Promocional mensual

$740/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Acceso a la versión PDF

Beneficios Club El Día

Suscribirme
PUBLICIDAD