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El presidente Donald Trump ha puesto el conflicto con Cuba en el marco del que mantiene con Irán. Si bien es sólo una actitud declarativa, ha anunciado que está dispuesto a atacar la Isla una vez que haya terminado con el régimen de Teherán. Sin embargo, no parece que ello vaya a ser del todo fácil. Es cierto que la situación cubana es muy difícil desde el punto de vista socioeconómico, pero hasta ahora no se perciben hechos que marquen un estallido inminente en la población.
Las declaraciones de Trump parecieron más un gesto político que un anuncio de tipo militar. Muestra la debilidad relativa que tiene el presidente de Estados Unidos para enfrentar a un enemigo mucho más pequeño que Irán en el ámbito regional. Es que Teherán tiene un rol decisivo en la producción y comercialización de petróleo a nivel mundial, a lo que se suma ahora el tema nuclear. Pero Trump, por razones de política interna, se ve precisado a mostrar en el horizonte algún conflicto que pueda ganar. Aun con un Secretario de Estado de origen hispano, como Marco Rubio, el tema cubano sigue quedando por ahora en otro plano.
En cuanto a Brasil, la elección se acerca y la posición de Lula comienza a debilitarse. La ventaja del hijo de Bolsonaro, Flavio, se ha afianzado, aunque en puntos no sea determinante. Los asesores de Da Silva, que va por su cuarta elección, argumentan que el presidente está en condiciones de descontar la ventaja de su adversario. Para afianzar esa posibilidad, han lanzado planes de asistencia alimentaria, sobre todo en el norte del país, donde el apoyo de Lula es y sigue siendo importante. Es decir, que tiende a repetir la estrategia que le dio resultado en elecciones anteriores.
Pero la clase media de las grandes ciudades, como es el caso de San Pablo, se muestra reacia a votar por él. La interacción del plano nacional con el internacional hasta ahora no ha dado el resultado esperado. Su equipo no ha logrado plantear la elección entre un Lula nacionalista y un Bolsonaro liberal y pro-norteamericano. A su vez, la vinculación del candidato de la derecha con figuras como Elon Musk no han tenido el impacto negativo que esperaba la izquierda nacionalista brasileña.
Una Elección geopolítica clave
La paradoja es que el hijo de Bolsonaro, que hasta hace unos meses se encontraba a diez puntos de distancia de Lula, ahora va ganando terreno, al tiempo que lo pierde el histórico líder del PT. Para la política latinoamericana de Estados Unidos, esta elección es decisiva, ya que un triunfo de Flavio Bolsonaro dejaría definitivamente a América del Sur en la órbita de Estados Unidos. Cabe señalar que los gobiernos de Argentina, Chile, Paraguay, Bolivia, Ecuador y posiblemente Perú, ya se están moviendo en esa línea.
Mientras tanto se acerca la elección presidencial en Colombia -el domingo-, con un resultado claro hacia la primera vuelta, pero incierto en la segunda. Se va consolidando un escenario con tres candidatos con fuerte polarización. Los últimos sondeos pronostican el triunfo del candidato del “Pacto Histórico”, Iván Cepeda, aliado y sucesor del actual presidente Gustavo Petro, quien representa la centroizquierda colombiana. Este candidato oficialista aparece como primero en la primera vuelta, con un respaldo que está entre el 39% y el 34% de acuerdo a los sondeos. Cepeda obtiene el voto de la izquierda y el de quienes apoyan al actual oficialismo. La propuesta de este candidato sigue las líneas de la izquierda y la de Petro, que propone pasar de una política dialoguista a una más confrontativa con la guerrilla.
Abelardo de la Espriella es el candidato de derecha que ocupa el segundo lugar. Es un abogado que creció sorpresivamente y que hoy alcanzaría casi el 30%. Se presenta como una alternativa de derecha radical y un outsider del sistema tradicional, logrando capturar el descontento de los sectores más críticos de Petro. El tercer lugar, según los sondeos, es el de Paloma Valencia, candidata de centroderecha y considerada “delfín” de Álvaro Uribe. La tendencia actual muestra que Cepeda ganaría los comicios en primera vuelta, pero no lograría superar el 50% necesario para evitar el balotaje, previsto para el 21 de junio.
EE UU-México, una relación tirante
Las causas por narcotráfico generan crecientes conflictos entre los gobiernos de Estados Unidos y México. Washington ha pedido la detención de un gobernador estatal y otros nueve funcionarios, acusados de estar vinculados con el tráfico de drogas. Esto ha creado una situación de tensión entre los gobiernos de Claudia Sheinbaum y Donald Trump. La Fiscalía General de México rechazó el arresto y extradición del gobernador oficialista de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, pedido por la justicia estadounidense. La acusación concreta es haber ayudado a narcotraficantes a introducir droga ilegal en territorio estadounidense.
Rocha Moya, el funcionario mexicano de mayor jerarquía acusado desde 2020, negó los cargos en su contra. Esta acusación pone a la presidente Sheinbaum en una posición difícil porque el funcionario requerido por Estados Unidos es defendido por el partido oficialista.
Los fiscales federales de Manhattan acusaron a los requeridos de haber colaborado con el cártel de Sinaloa en introducir fentanilo, heroína, cocaína y metanfetamina desde México a Estados Unidos. La Justicia de Sinaloa respaldó la posición del gobernador mexicano. La acusación alega que los funcionarios estaban estrechamente vinculados al cártel conocido como “Los Chapitos”, dirigidos por los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán. Ante la falta de respuesta, Estados Unidos ha amenazado a México con aranceles e intervención militar si no toma medidas suficientes para combatir al crimen organizado. Además, los dos países se encuentran en pleno proceso de revisión del Tratado de Libre Comercio de América del Norte que comparten con Canadá.
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