En el Gobierno nacional se festejó que en los primeros cuatro meses del año se realizaron exportaciones por más de 27 mil millones de dólares, lo que significa un verdadero récord, a lo que se agregó que el Banco Central ayer llevó a cabo la mayor compra de reservas del año: 320 millones de dólares. Pero en la economía de los argentinos eso no se refleja y el mal humor social sigue creciendo.
El consumo de carne vacuna siempre ha sido un índice del poder adquisitivo de los argentinos y ahora cayó a mínimos históricos. En el primer trimestre de este año se comió un 10 por ciento menos y la proyección fue de 47,3 kilos anuales per cápita, dos kilos menos que el año pasado.
EL IMPACTO INDUSTRIAL
El deterioro se reflejó también en la caída de la producción industrial. Se cumplirán en estos días 50 años del retroceso de la manufactura nacional. La producción por habitante en medio siglo se redujo en un 18 por ciento y en lo que va del año el cierre de fábricas y comercios parece ya no ser una noticia de tantas persianas que se han bajado. En realidad, en casi todo el mundo la producción industrial perdió participación en el producto bruto, porque los servicios crecieron más rápido, pero en Argentina se redujo el tamaño. Las fábricas producen menos por habitante que hace 5 décadas.
Esa diferencia entre la pujante macroeconomía y el descenso pronunciado del nivel de vida de los argentinos genera una contradicción que puede subsistir un periodo de tiempo reducido. La acumulación de oro en el Banco Central y el crecimiento de la deuda de las familias argentinas, merece un análisis sobre las consecuencias que la pobreza puede causar en la estabilidad de un plan económico.
El consenso social que le posibilitó al Gobierno el severo plan de ajuste comienza a resquebrajarse. Aunque alguna teoría indique que es la ruta necesaria.
Es cierto que la política industrial basada en la sobreprotección generó empresas con costos elevados que no pueden competir internacionalmente. Pero eso no puede atribuirse únicamente a la voracidad de los empresarios. El aislamiento ha demostrado en la práctica que impide el desarrollo económico, porque ni siquiera se aprovechan las ventajas comparativas para la producción industrial.
La situación social se manifiesta en descontentos que los números de la macro no acallarán
Un país escasamente poblado de las dimensiones de Argentina que cierra sus aduanas fomenta, como ha ocurrido, que sólo existan pequeñas fábricas cuyos productos tienen costo por unidad más que elevados. La decadencia se profundizó entre 1976 y 1981, dijo Daniel Rosato, presidente de Industriales Pymes Argentinas (IPA), con la apertura indiscriminada de importaciones que provocó el cierre de grandes fábricas. Después la inflación y la inestabilidad política conspiraron contra cualquier proyecto de inversión. El PBI industrial que había crecido entre 1914 del 20 por ciento del total, aumentó al 61 por ciento en 1984. Hoy se encuentra en el 54 por ciento. Naturalmente ese fenómeno tuvo consecuencias laborales: la participación de la industria en el empleo privado pasó del 26 por ciento a mediados de los años 90 al 18 por ciento en el 2025.
IMPUESTOS, CRÉDITOS Y TECNOLOGÍA
El déficit del Estado requirió cada vez una mayor carga impositiva y mientras en el mundo se incorporaba tecnología, en las fábricas argentinas no se produjo la renovación imprescindible para poder competir. Sin créditos a largo plazo, la legislación y los convenios laborales tampoco se adaptaron a los cambios que la incorporación de tecnología exige. Sin embargo, es imposible que en 6 meses este panorama cambie abruptamente y una política basada en la apertura indiscriminada de las aduanas, no permite que de un día para otro las fábricas argentinas tengan los costos de las chinas, sin contar además que ese país necesita colocar grandes volúmenes de productos en el exterior con precios propios de industrias subsidiadas.
Las proyecciones de la macro son estrepitosamente optimistas sobre la base del crecimiento de las exportaciones agropecuarias, mineras, de hidrocarburos y gas y de la industria de la inteligencia. Pero todas esas actividades no generan los millones de empleos que necesita la Argentina. Ya la situación social se manifiesta en crecientes demostraciones de descontento que los números de la macro no acallarán.
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