Resulta una paradoja notable que durante décadas nos dijeron que la revolución digital volvería menos importante al territorio físico, que internet reduciría el peso de la geografía, que las fronteras perderían relevancia y que las ciudades quedarían subordinadas a una gran red global donde la información circularía sin límites ni lugar físico de referencia. El futuro, según esa promesa, sería etéreo, deslocalizado, flotando en una nube sin coordenadas.
Sin embargo, podría estar ocurriendo algo muy distinto. La inteligencia artificial, la transición energética y la economía del conocimiento están produciendo un efecto al menos llamativo. Cuanto más digital se vuelve el mundo, más estratégico parece volverse el territorio. Y la inteligencia artificial es, en ese proceso, la fuerza más reveladora.
Entrenar un modelo de lenguaje de gran escala consume tanta energía como miles de hogares durante meses. Los centros de datos que sostienen esa infraestructura requieren refrigeración permanente, agua, suelo y conectividad de alta velocidad. Las empresas que desarrollan IA necesitan, además, universidades cercanas, ecosistemas de talento, marcos regulatorios predecibles y acuerdos con los gobiernos que administran esos recursos. Para decirlo de manera simple la IA, en definitiva, no flota en el vacío, sino que pisa el suelo de alguna ciudad, consume la energía de alguna red, bebe el agua de algún acueducto.
El regreso del territorio
La gran promesa de la desmaterialización termina encontrándose nuevamente con la geografía. Como sucede con los minerales o los hidrocarburos. Y mientras gran parte del debate público se concentra en la relación entre los Estados nacionales y las grandes corporaciones tecnológicas, una transformación silenciosa ocurre en otro nivel: el de los llamados gobiernos subnacionales.
Las grandes plataformas digitales operan globalmente, pero necesitan desplegarse territorialmente. Y eso tiene consecuencias políticas concretas. Ciudades como Austin y Phoenix negociaron directamente con Apple, Google y Meta las condiciones de instalación de centros de datos, incluyendo metas de energía renovable y compensaciones fiscales. Barcelona y Amsterdam desarrollaron marcos propios de gobernanza de datos urbanos, en tensión explícita con las plataformas. En Chile y Uruguay, la disputa por agua y energía para sostener la infraestructura digital convirtió a los municipios en actores de veto o de negociación frente a las empresas tecnológicas. Los intendentes, en estos casos, no gestionaron servicios, sino que definieron condiciones.
Las ciudades ya no son únicamente espacios administrativos ni simplemente el primer mostrador frente a las necesidades de quienes las habitan. Comienzan a transformarse en nodos estratégicos donde convergen economía, tecnología, conocimiento, energía, cultura y gobernanza. Y en ese nuevo rol, la inteligencia artificial no es solo un desafío de regulación, sino también una oportunidad de posicionamiento.
Redes y diplomacia urbana
Este fenómeno ayuda a explicar el crecimiento de las redes internacionales de ciudades durante las últimas décadas. Organizaciones como C40, U20, CIDEU o la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas expresan una realidad cada vez más evidente. Y es que los intendentes ya no se limitan a gestionar servicios públicos sino que participan de conversaciones globales sobre cambio climático, innovación, movilidad, energía, inteligencia artificial y desarrollo urbano. Una agenda que dista mucho de las competencias e incumbencias tradicionales.
La diplomacia urbana dejó de ser una curiosidad institucional para convertirse en una necesidad política. Los problemas son globales, pero se manifiestan localmente. Por eso sirve el pensar local y actuar global. Porque las soluciones que se aplican en un lugar pueden servir para los problemas compartidos en otras geografías.
Cuanto más digital se vuelve el mundo, más estratégico parece volverse el territorio
El cambio climático impacta en los territorios, la transformación tecnológica modifica los mercados laborales locales, la transición energética altera cadenas productivas regionales y la inteligencia artificial redefine actividades económicas que se desarrollan en ciudades concretas. Frente a eso, esperar que las respuestas lleguen solo desde los Estados nacionales o desde organismos supranacionales es, cada vez más, una apuesta arriesgada.
Las respuestas también necesitan construirse desde los territorios. En ese marco emerge una figura política nueva, o al menos profundamente renovada: el intendente del siglo XXI, que ya no solo administra una ciudad, sino que la posiciona, la negocia y la proyecta en un escenario global donde el territorio volvió a ser, contra todos los pronósticos, un recurso escaso y disputado.
La inteligencia artificial aceleró ese proceso. Y las ciudades que lo entiendan primero tendrán alguna ventaja.
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