Jorge Luis Borges murió en Ginebra. Había viajado allí pocos días antes junto a María Kodama. Tenía 86 años y llevaba décadas diciendo que esa ciudad suiza ocupaba un lugar central en su vida. No era una preferencia turística ni una decisión sentimental de último momento: era el regreso al sitio donde había empezado a convertirse en Borges.
La relación entre el escritor y Ginebra había comenzado en 1914, cuando su familia decidió instalarse en Europa. La Primera Guerra Mundial alteró los planes de viaje y los Borges permanecieron en Suiza durante cuatro años. Para el joven Georgie, que había nacido en Buenos Aires en 1899, ese período resultó decisivo. En el Collège Calvin estudió francés, latín y alemán. Leyó a Schopenhauer, descubrió el expresionismo, se acercó al budismo, al taoísmo y a escritores que marcarían su formación. Mucho después resumiría esa experiencia en una frase que todavía puede leerse en una placa de Ginebra: “De todas las ciudades del planeta, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad”.
Allí también apareció una de las tensiones que atravesaría toda su obra: la sensación de ser varios hombres a la vez. El adolescente que caminaba junto al Ródano, que aprendía hexámetros latinos y que leía en distintos idiomas conviviría para siempre con el hombre que escribía desde Buenos Aires. Borges transformó esa fractura en literatura. El doble, el espejo, el tiempo circular y las identidades que se superponen terminaron convirtiéndose en algunas de las marcas centrales de sus cuentos y poemas.
LA CIUDAD DONDE EMPEZÓ EL ESCRITOR
En muchos sentidos, Ginebra fue el laboratorio íntimo de esa escritura futura. Borges descubrió allí una forma de leer que mezclaba filosofía, policial, metafísica y aventura intelectual. Los libros dejaron de ser solamente una herencia familiar para convertirse en elecciones propias. Esa transformación fue señalada por Estela Canto en Borges a contraluz, el libro que publicó en 1989 para narrar su relación con el escritor. “La vida cultural de Borges, la vida que él quiere que conozcamos, se inicia con su adolescencia en Ginebra”, escribió. Para Canto, fue en Europa donde Borges encontró un mundo distinto al de su infancia porteña.
Ese libro ocupa un lugar singular dentro de todo lo escrito sobre Borges. No intenta construir una biografía académica ni una defensa cerrada de su figura. Canto escribe desde la experiencia personal, desde el vínculo amoroso que mantuvieron durante los años cuarenta y desde la imposibilidad de que esa relación terminara de concretarse. El resultado es un retrato donde el autor de Ficciones aparece lejos de la solemnidad con la que muchas veces fue leído.
La imagen que surge en esas páginas es la de un hombre tímido, inseguro, dependiente emocionalmente de su madre y con dificultades para relacionarse con el deseo. Canto no niega el talento literario de Borges, pero tampoco evita mostrar sus contradicciones, sus prejuicios o sus momentos de mezquindad. El libro desmonta parcialmente el monumento para recuperar a la persona. Y en ese gesto también aparece otro Borges: el que dudaba, el que se sentía vulnerable y el que parecía más cómodo entre libros que frente a los vínculos afectivos.
En paralelo, esas memorias también funcionan como una radiografía de la vida intelectual argentina de mediados del siglo XX. Por sus páginas aparecen Victoria Ocampo, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y Macedonio Fernández, entre cafés, discusiones literarias y pequeñas editoriales. Borges todavía no era el escritor consagrado que sería después, pero ya empezaba a construir una obra que modificaría la literatura en español.
EL TIEMPO, LOS ESPEJOS Y EL OTRO BORGES
La relación entre vida y literatura fue uno de los grandes temas alrededor de Borges. Él mismo contribuyó a construir una figura pública donde el autor parecía confundirse con sus ficciones. Sus entrevistas estaban llenas de citas, paradojas y juegos intelectuales. Pero detrás de esa maquinaria verbal había un hombre obsesionado con el paso del tiempo. En textos como “El otro” o “Nueva refutación del tiempo”, Borges imaginó encuentros consigo mismo y puso en duda la idea de una identidad estable.
En “El otro”, publicado en 1975, un Borges anciano conversa con el joven que había vivido en Ginebra décadas antes. El diálogo funciona como una puesta en escena de sus obsesiones: la memoria, el desdoblamiento y la sospecha de que toda vida puede ser al mismo tiempo real e imaginaria. La ciudad suiza aparece nuevamente como escenario de esa búsqueda personal. No es casual. Para Borges, Ginebra era menos un lugar geográfico que un territorio mental.
La idea del tiempo como algo circular o ilusorio aparece de manera insistente en toda su obra. Borges escribió sobre bibliotecas infinitas, laberintos, sueños y hombres que descubren que son otro. Muchas de esas obsesiones nacieron en aquellos años europeos donde el escritor empezó a tomar distancia de Buenos Aires y, al mismo tiempo, a extrañarla. Esa tensión quedó plasmada en varios poemas y ensayos posteriores. A veces decía que siempre había permanecido en Buenos Aires; otras, que Ginebra había sido la ciudad más importante de su vida.
La literatura de Borges también estuvo atravesada por la geografía. Los nombres de calles, ciudades y países aparecen repetidamente en sus cuentos y poemas. Ginebra, Montevideo, Buenos Aires, Austin o Cambridge forman parte de una cartografía literaria donde cada lugar tiene un valor simbólico. Incluso cuando perdió la vista, siguió construyendo imágenes a partir de esos territorios recordados.
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