El tranvía 24 llego justo en el momento que el negro Jiménez dibujaba en el aire su enésima zambullida, después de haber saltado por encima de la baranda del puente.
Francisco se acercó a recibirlo y mientras el “motorman” invertía el trole, lo ayudo a bajar un baúl muy grande en el que transportaba sus trucos, y lo guió hasta el camarín de paredes de cañas, sin techo, que estaba atrás del boliche.
Era menudo, le quedaba poco pelo y las manos le transpiraban demasiado, vestía un smoking de solapas gastadas una camisa sin gemelos, un moño desparejo y unos zapatos que habían conocido tiempos mejores.
En el interior del bar hacia bastante tiempo que estaban entre otros, Ricci, el indio, el negro, horóscopo, Pepe Pacifico, Leota, Cerazza , Bruzzone, el viejo, el príncipe y el Toto Lizzi que llego a último momento porque el río estaba crecido, y había hecho todo el camino por el sendero del monte.
Francisco que oficiaba de hombre múltiple, lo anunció con frases ampulosas y resaltó que no se presentaba en Palo Blanco desde hacía mucho tiempo.
Se acomodó como pudo el moño y subió al escenario, cuatro maderas apoyadas sobre unos cajones de cerveza. Era un mago especial tenia algunos trucos humildes, pero creía de verdad en la magia.
El pañuelo que desaparece entre los dedos y el bastón que se convierte en ramo de flores fueron la entrada que concitó la atención de los parroquianos, intento dos veces el truco de adivinar los naipes, pero tal vez por los nervios o el sudor de las manos, fracasó.
El lazo que se desata solo y el diario que se bebe el agua le salieron bastante bien, llegaba el momento supremo, su galera carente de trucos, no tenia compartimientos secretos para ocultar conejos o palomas, pero él creía en la magia.
Introdujo lentamente la mano en la galera y por lo bajo rogó para que se realizara el milagro de la magia, sintió en la mano como un roce tibio de plumas, parecía que esta era noche.
Fue sacando la mano muy lentamente saboreando de antemano la explosión del aplauso, miro al público y luego giró la mirada a su mano vacía .
Turbado agradeció uno o dos aplausos, la soga que después de ser cortada aparece integra, marcó el final de su actuación.
En el camarín, Francisco le pago con unos pesos arrugados y sucios y unas monedas. En el boliche, los parroquianos ya lo habían olvidado.
Se sentó sobre el baúl a esperar el tranvía y apoyo la vieja galera a su lado, el río sonaba a lo lejos con un arrullo de esperanza; la noche era clara, limpia, y el aroma de las madreselvas y las ligustrinas embriagaban el aire. Encendió un cigarrillo, mañana seria otro día.
De pronto de la galera asomo una paloma blanca y luminosa como el alma de un inocente , lentamente abrió las alas y con un vuelo silencioso se perdió en la noche. Pero él tampoco la vio.
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