“Los que contemplan las ventanas de Dios no se aburren, son felices”.
Es la tarde, una tarde temprano de fines de abril. La anciana reposa sentada en un banco a orillas de un bello y extenso jardín. Su cuerpo endeble, desgastado por los años, reposa; sus sienes ceniza evocan perdidas historias; entonces, el alma contempla en tanto de lejos vuelven viejas voces. Un tibio sol la acuna y abraza, cubriendo de luz el paraje.
El otoño ya deslumbra, revelando otros colores. Coloreando de amarillo a los verdes, amarillos que relucen hasta el jalde. Un velo casi transparente de pequeñas mariposas aparece de la nada, revolotean serenas mientras sobre su regazo una agita suave las alitas blancas. Ella observa y sonríe y una brisa errante la acaricia.
En el cielo asoma ahora alguna estrella, con la tarde ya rendida a un ocaso atiborrado de recuerdos. El sendero salpicado de dorado, de bermejos y marrones, por los setos, ha perdido su figura. Yace aún, en la penumbra, entre las ramas, una tórtola que mece a sus pichones, sola y en paz. Entonces, sueña. Es la noche y ella sueña cobijada por un velo. Bajo un manto de hojarasca ya descansa.
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