La decisión del Reino Unido de avanzar hacia una prohibición del acceso a redes sociales para menores de 16 años volvió a poner en el centro una discusión que crece en distintos países: cómo regular el vínculo entre adolescentes y plataformas digitales que forman parte de la vida cotidiana, pero que también generan preocupación por sus efectos emocionales, sociales y educativos.
La iniciativa británica alcanzaría a aplicaciones como TikTok, Instagram, Facebook, Snapchat, X y YouTube, mientras dejaría afuera, al menos por ahora, a servicios de mensajería como WhatsApp. La medida apunta a que las propias empresas tecnológicas sean responsables de verificar la edad de los usuarios y evitar el ingreso de menores.
Lejos de tratarse de un caso aislado, la discusión ya se instaló en otras partes del mundo. Australia aprobó una legislación similar, Francia avanzó con requisitos de consentimiento parental y tanto Dinamarca como Noruega trabajan en proyectos para establecer límites de edad. El eje común es la preocupación creciente por la salud mental adolescente y por el funcionamiento de plataformas diseñadas para captar atención de manera permanente.
Una preocupación que también llega a las aulas
El educador platense Facundo Stazi aseguró que el fenómeno ya se percibe claramente dentro de las escuelas. “Entramos al aula y vemos cuerpos presentes con atención exiliada”, describió -en diálogo con EL DIA- al referirse a las dificultades de concentración, el cansancio y la dependencia digital que atraviesan muchos estudiantes.
Para Stazi, el debate no debería reducirse solamente al uso del celular. Según explicó, las redes sociales funcionan a partir de mecanismos que buscan retener al usuario el mayor tiempo posible. “No esperan que el adolescente entre: lo seducen a entrar y lo obligan a pertenecer”, sostuvo.
El docente remarcó que el problema excede a la voluntad individual de chicos y familias. Desde su mirada, las plataformas están diseñadas para competir por la atención mediante algoritmos que conocen hábitos, consumos y emociones de los usuarios. “La escuela, que durante décadas peleó contra la distracción normal de la infancia, ahora pelea contra una industria de la distracción profesionalizada”, afirmó.
La preocupación también aparece respaldada por distintos estudios internacionales. Informes sanitarios europeos registraron un aumento del uso problemático de redes sociales en adolescentes, asociado a síntomas similares a las adicciones: ansiedad, irritabilidad, dificultades para controlar el tiempo de uso y abandono de otras actividades cotidianas.
En ese contexto, Stazi consideró que muchas familias quedaron solas frente a una problemática que se volvió masiva. Explicó que, aunque algunos padres intentan limitar el acceso a redes, las dinámicas sociales terminan empujando a los adolescentes a participar para no quedar excluidos de conversaciones, grupos o códigos compartidos.
“Las familias necesitan apoyarse en límites colectivos y no librar una batalla individual contra plataformas multimillonarias”, señaló.
Los límites y los riesgos de regular
Aunque el avance de las prohibiciones gana terreno, también existen cuestionamientos sobre cómo aplicar esas restricciones. Uno de los principales riesgos señalados por especialistas es que muchos adolescentes busquen mecanismos para evitar los controles mediante cuentas falsas, VPN o aplicaciones menos reguladas.
Otro de los debates gira en torno a la privacidad. La verificación de edad podría requerir documentación personal, reconocimiento facial o sistemas de identidad digital, lo que abre nuevos interrogantes sobre el manejo de datos sensibles de menores.
Stazi reconoció esas dificultades, aunque sostuvo que el problema principal sigue siendo el diseño de las plataformas. “El enemigo no es una aplicación puntual. Es un sistema pensado para capturar atención”, explicó.
Para el educador, cualquier regulación debería apuntar también a limitar algoritmos agresivos, reducir notificaciones nocturnas, restringir el contacto de adultos con menores y exigir mayores controles sobre contenidos dirigidos a adolescentes.
En Argentina, mientras comienzan a aparecer proyectos legislativos vinculados al acceso de menores a redes sociales, el debate todavía se encuentra en una etapa inicial. Para Stazi, la discusión necesita incluir a familias, escuelas, especialistas en salud mental y expertos en tecnología.
“Prohibir no es odiar la tecnología”, aseguró. Y planteó que el desafío pasa por establecer límites frente a herramientas que, además de conectar y entretener, también moldean hábitos, vínculos y formas de pensar desde edades cada vez más tempranas.
“La pregunta no es solamente tecnológica. La pregunta es qué adolescencia estamos dispuestos a cuidar”, concluyó.
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