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“La forma del derrumbe”: el día en que una madre descubre que nunca conoció a su hijo

Una novela incómoda que transcurre en apenas 24 horas, en las que los prejuicios, las certezas y la vida entera de una madre estallan en mil pedazos. En diálogo con EL DIA, la escritora analiza el peso de la culpa materna y el quiebre de las apariencias de la clase media
Laura Cukierman publicó en 2019 su libro de cuentos “las chicas malas no transpiran” con la editorial Hormigas negras
Escritora, periodista, productora de radio y televisión / web

florenzo@eldia.com

Hay preguntas que “La forma del derrumbe” instala desde la primera página: ¿cuánto de lo que se cree saber sobre el otro es real y cuánto es el relato que necesario para seguir viviendo?, ¿cuánta responsabilidad se tiene sobre el otro?

En su nueva novela, Laura Cukierman toma uno de los miedos más innombrables de la crianza —descubrir que su hijo es un desconocido— y lo convierte en una historia de un solo día, pero cuyo impacto alcanza una vida entera. No hay explicaciones tranquilizadoras. Hay una familia de clase media, una madre que cree haber hecho todo lo que debía y un derrumbe que la obliga a revisar cada una de sus certezas.

Todo empieza un domingo, cuando Sofía se entera por una vecina de que su hijo Federico —un alumno promedio de 17 años— fue detenido por liderar una banda que robaba a vecinos y amigos. En la comisaría, el chico pide un abogado propio y se niega a recibir a sus padres.

En diálogo con EL DIA, la autora profundiza sobre ese instante inicial del impacto, el abismo de descubrir que la persona más querida puede ser un completo desconocido y los hilos invisibles con los que se intenta tejer un relato para salvarse del derrumbe.

-“La forma del derrumbe” transcurre en un día, pero el derrumbe que describe es el de toda una vida (muchas vidas, en realidad). ¿Cómo surgió esa tensión entre el tiempo de la historia y el tiempo interior de Sofía?

-Elegí concentrar la historia en ese lapso porque me di cuenta, durante el proceso de escritura, de que hay una primera reacción frente al derrumbe que no es igual a la que sucede después.

Me interesaba capturar ese instante inicial. La intensidad de la pérdida, de lo que significa para Sofía descubrir que su vida ya no va a ser la que soñaba o esperaba, que su hijo ya no va a ser el hijo que imaginaba y que todo se va a trastocar, podía reflejarse mejor en ese momento de impacto. Cuando uno recibe una noticia que lo cambia todo, no es lo mismo el instante en que la recibe que lo que ocurre después, con el paso del tiempo y las herramientas que va encontrando para adaptarse a esa nueva realidad.

-El libro saca el delito juvenil del margen y lo mete en el living de clase media. De hecho, Sofía se pregunta cómo verían los vecinos su casa tranquila por la ventana. ¿Hubo una decisión política ahí o fue simplemente la historia que necesitabas contar?

-Efectivamente, yo no quería que fuera un delito cometido por un chico de una familia de sectores populares. Quería que sucediera en una familia de clase media, donde las expectativas de que algo así ocurra no son tan altas. Ese es el prejuicio, por supuesto, y también una idea del sentido común: se supone que, en una familia de clase media, que te salga un hijo delincuente es algo más exótico.

“Yo quería que la novela estuviera contada en primera persona y que estuviéramos dentro de su cabeza, viendo cómo evoluciona la frustración y el derrumbe de su vida, no la del resto”

Todo esto está atravesado por una mirada clasista, que es la que tiene Sofía y que ella misma odia tener. Quería que ocurriera eso para enfatizar los prejuicios de la protagonista y confrontarla con ellos.

“Yo no quería que fuera un delito cometido por un chico de una familia de sectores populares”

-Sofía se culpa de todo: de haber amamantado mucho tiempo, de no haber tenido más hijos, de haber dado demasiada libertad. ¿Esa acumulación de culpas es una crítica a la maternidad contemporánea o una forma de retratar cómo funciona la mente cuando se desmorona?

-Yo creo que, más que una crítica a la maternidad contemporánea, es una crítica a la forma en que algunas mujeres encaran esa maternidad y, sobre todo, a la mirada que tienen sobre la maternidad de otras mujeres.

Como uno de los ejes de la novela es la mirada de los otros y qué hacer con ella, también quería abordar la maternidad, porque muchas veces las propias mujeres no saben qué hacer con las miradas de las otras madres, ya sea porque se sienten juzgadas o porque efectivamente son juzgadas por no cumplir determinadas expectativas.

Siempre hubo mandatos en relación con las mujeres, pero siento que alrededor de la maternidad fueron apareciendo una serie de exigencias que hoy se ven mucho más exacerbadas. Y a Sofía le tocó vivir en una época en la que ser madre implica muchas de esas exigencias, con las que en el fondo no está del todo convencida. Como tampoco está tan convencida, en algún momento, de haber querido ser madre. Aunque eso tampoco lo sabemos con total certeza, porque todos estos pensamientos aparecen en el contexto mismo del derrumbe.

-El estigma recae casi exclusivamente sobre la madre, no sobre el padre. ¿Lo trabajaste conscientemente o fue algo que emergió solo al escribir? Ella raramente lo culpa a Luis; y cuando lo hace usa el plural, no la acusación tan directa.

-El estigma recae casi exclusivamente sobre Sofía porque ella es quien lleva la historia. Es la narradora. Yo quería que la novela estuviera contada en primera persona y que estuviéramos dentro de su cabeza, viendo cómo evoluciona la frustración y el derrumbe de su vida, no la del resto. Por eso los demás personajes aparecen más acallados. No porque no fueran responsables, sino porque eso es lo que ella siente. Sofía percibe que la mirada de los otros está más enfocada en ella que en Luis. Hay una pregunta que se hace: por qué determinadas preguntas se las van a hacer siempre a ella y no a él, como si fuera ella quien debería conocer el origen del mal.

Tampoco sabemos quién es responsable, si es que hay algún responsable.

-La mancha de nacimiento en la rodilla de su hijo Federico funciona como prueba de identidad a lo largo de toda la novela. Vuelve una y otra vez y me parece genial como funcionamiento casi religioso: pone ahí expectativas, esperanzas, alivios, condenas. ¿Qué pasa cuando esa “prueba” ya no alcanza para reconocer a alguien?

-Efectivamente, para mí la mancha es una gran protagonista de la historia.

Creo que incluso empecé por ahí: qué pasaba con esa mancha que tenía este niño y que le permitía a su madre sentir alivio cuando la veía. Es una marca, un estigma, que le da tranquilidad, pero que también, de alguna manera, condena a que ese hijo sea hijo de ella.

“Escribí desde el lugar de productora, periodista, escritora, lectora; de madre, mujer y argentina. Cuando uno se sienta a escribir, escribe desde todos los lugares que habita”.

Por un lado, es una marca de identificación y habla de la identidad. Por otro, es también esa mancha que todos llevamos y que a veces utilizamos para salvarnos, mientras que otras veces nos condena, aunque no queramos cargarla sobre el cuerpo.

-La novela está narrada en presente, pero usa aunque sea un poco el pasado y de repente se cuela el futuro: Sofía ya sabe, por ejemplo, todas las veces que va a fingir hablar por teléfono para evitar encuentros incómodos. ¿Esos saltos son una forma de mostrar que el derrumbe ya es irreversible, que ella sabe que nada va a volver a ser igual?

-Me gusta contarle eso al lector lo que ocurrió después. Eso ayuda a entender que se trata de un derrumbe real. No estamos presenciando simplemente un episodio pasajero en el que un chico cae preso y después vemos qué ocurre. Para esta mujer fue una catástrofe.

Ir hacia adelante me parece un recurso que permite dimensionar eso. Además, como lectora, siempre me gustó. Tal vez por curiosidad o porque algunos personajes me atrapan tanto que quiero saber qué pasó con sus vidas después de dejarlos atrás.

-Periodista, productora, escritora. ¿Desde cuál de esos lugares escribiste este libro, o fue uno distinto a todos?

-Creo que escribí desde todos esos lugares: desde la productora, la periodista, la escritora, la lectora, la madre, la mujer y la argentina. Cuando uno se sienta a escribir, escribe desde todos los lugares que habita.

Es cierto que trabajar en comunicación y periodismo me aporta una mirada sobre ciertas cuestiones. También está el papel que cumplen los medios y las redes sociales en la vida de los hijos y de sus padres, y la idea de control que se supone que los adultos pueden ejercer sobre ellos. Eso probablemente también está atravesado por mi experiencia como madre.

Pero, al mismo tiempo, creo que si no fuera madre, periodista ni escritora, y esta historia estuviera ahí, también podría escribirla. No siento que pertenezca exclusivamente a ninguna de esas identidades.

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