Hay amores que no llegan tarde. Llegan cuando tienen que llegar, aunque eso tome tres décadas.
Marcela -platense- tenía 22 años y una novela de Cortázar bajo el brazo cuando subió al tren en City Bell, en el invierno de 1993. Roberto -también oriundo de la ciudad de las diagonales, de 25 años-, viajaba parado en el mismo vagón.
“Me vio leer y me preguntó si me gustaba Cortázar. Le dije que sí. Me dijo: yo también, pero no entiendo nada”, recordó ella entre risas en diálogo con este diario. La conversación duró hasta Constitución.
Se vieron tres o cuatro veces más en el mismo andén. Intercambiaron teléfonos —de línea fija, en una época en que eso significaba algo—, salieron a tomar café una tarde de julio y hubo algo. Algo que, sin embargo, no pudo sostenerse.
“Él se fue a Córdoba por trabajo. Me llamó un par de veces, yo también. Y después la vida se fue para otro lado”, contó Marcela, cuando reflexionó sobre las relaciones a distancia.
Con el paso de los años, ella terminó casándose, teniendo dos hijos, separándose. Él también armó y desarmó su historia en otra provincia. El tren quedó en el recuerdo como una de esas cosas que uno guarda sin saber muy bien por qué.
Treinta y un años después, en la temporada otoñal de 2024, Marcela caminaba por la calle Cantilo, desembocó en la plaza de City Bell cuando vio a un hombre sentado en el mismo banco donde ella solía leer de joven. Tenía el pelo más blanco. Pero la postura era la misma.
“Me quedé parada en la vereda como una idiota”, reconoció. “No sabía si saludarlo o seguir de largo. Pensé: capaz no se acuerda de mí”, sumó.
Pero se acordaba.
Roberto había vuelto a City Bell dos años antes para cuidar a su madre. Cuando ella se fue, decidió quedarse. “No tenía muy claro por qué. Ahora sí lo tengo claro”, dijo él, entre risas, con la economía de palabras que lo caracteriza.
Esa tarde en la plaza hablaron dos horas. Después fueron a tomar un café y siguieron hablando. “Fue muy raro y muy natural al mismo tiempo. Como cuando retomás una conversación que dejaste a la mitad”, describió Marcela.
Los primeros meses fueron cautelosos. Los dos venían de relaciones largas que habían terminado, los dos tenían hijos grandes con sus propias vidas, los dos habían aprendido -de la manera difícil- que el amor no alcanza si no hay paciencia. “A esta edad uno ya sabe qué quiere y qué no quiere. Y sabe cuándo algo vale la pena”, explicó Roberto.
Marcela tenía 22 años cuando subió al tren en City Bell. Roberto, de 25, viajaba parado
Vale la pena.
Hoy Marcela vive a dos cuadras de la casa de él. Se ven todos los días. Cocinan juntos los domingos, caminan por el parque los sábados a la mañana, se pelean por el volumen del televisor y se ríen de eso. Los hijos de ella lo adoptaron con naturalidad. “Mis hijos me dicen que estoy más liviana. Y es verdad”, admitió.
Hay un detalle que a los dos les parece demasiado perfecto para ser casualidad: en el bolso de Marcela, el día que lo vio en la plaza, había una edición nueva de Cortázar. Lo había comprado esa mañana en la feria de libros.
“Cuando me lo mostró casi me caigo”, recordó Roberto. “Le dije: ahora sí entiendo todo.”
La fórmula, si es que existe una, no es muy distinta a la de otros amores que duran. “Hay que tener ganas de construir algo con el otro, no solamente de estar”, dijo Marcela. “Y hay que tener paciencia. Con el otro y con uno mismo.”
Treinta años es mucho tiempo. También es, según ellos, exactamente el tiempo que necesitaron.
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