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Se cruzaron todos los jueves durante una década y recién se descubrieron cuando él se ausentó

Por un lapso de diez años, ella iba una vez por semana a comprarle las verduras. El hombre la conocía de memoria: el pedido, el horario y hasta el saludo de siempre. Cuando una tarde no apareció, Miriam entendió que, por mucho tiempo, algo había ignorado...

Por Redacción

Vamos a llamarlos Miriam y Carlos, aunque prefirieron ocultar sus nombres reales.

Miriam tiene 51 años, trabaja en la administración de un colegio privado de La Plata y cría sola a su hijo desde que el chico tenía nueve. Es una persona rutinaria y quizás, contó en diálogo con EL DIA, antes de desandar en el amor, no se priorizaba mucho a sí misma. Lo cierto es que todos los jueves a la tarde, después del trabajo, pasaba por la verdulería de Carlos.

Había empezado a ir en 2014, cuando se mudó al barrio. Al principio era solo comodidad: quedaba de camino, tenía buenos precios, atendían rápido. Con el tiempo se fue convirtiendo en otra cosa, aunque Miriam no le hubiera puesto nombre a eso.

Carlos, cuando le preguntan qué cambió, dice “que casi nada”... y “que casi todo”

Carlos tiene 54 años y lleva más de veinte con el local del sur del casco urbano, cerca de avenida 72. Conoce a sus clientes de la manera específica en que se conoce a alguien que uno ve en contexto siempre: sabe lo que compran, sabe cómo están de humor por cómo saludan, sabe quién paga en efectivo o a quien fiarle. De Miriam sabía que llegaba entre las seis y las seis y cuarto, que compraba siempre acelga o espinaca pero nunca las dos juntas, que tomaba dos kilos de tomate cuando había buen tomate y uno cuando no, y que tenía un saludo fijo que conocía de memoria.

“Era una clienta. Una clienta de mucho tiempo, de las que uno aprecia”, dijo Carlos, eligiendo las palabras con cuidado.

El jueves de agosto del año pasado, Miriam llegó a la verdulería y encontró el local cerrado con un cartel escrito a mano: Vuelvo en unos días, gracias. Nada más.

“Me quedé parada en la vereda como si hubiera pasado algo grave”, recordó. “Y pensé: ¿por qué me parece que pasó algo grave?”

Le preguntó a la señora del kiosco de al lado. La señora le contó que Carlos había tenido un accidente: se había caído de una escalera en el depósito, nada muy serio pero sí una fractura en el tobillo que lo iba a tener parado unas semanas. Miriam dijo gracias, compró las verduras en otro lado y se fue a su casa.

Esa noche no durmió bien. Le dio vueltas a eso, a por qué le importaba más de lo razonable que un verdulero al que no conocía fuera del mostrador se hubiera lastimado el tobillo. “Me hice la distraída conmigo misma durante mucho tiempo”, admitió. “Soy bastante buena en eso”.

El jueves siguiente volvió a pasar. El local seguía cerrado. El jueves después, igual. A la cuarta semana, cuando el cartel ya no estaba y la persiana estaba a medio subir, Miriam entró.

Carlos estaba acomodando cajones con una muleta apoyada en la pared. Cuando la vio, le dijo lo mismo que le decía siempre: ¿Cómo andamos? Como si no hubiera pasado nada. Como si hubieran sido cuatro jueves normales.

“Y ahí me enojé”, contó Miriam, todavía con algo de perplejidad ante su propia reacción. “Le dije: ¿cómo que cómo andamos? ¿No podías avisarle a alguien que te habías caído?”

Carlos la miró un momento. Después le preguntó, con genuina curiosidad: “¿A quién le iba a avisar?”

No había respuesta fácil para eso. Miriam compró las verduras, pagó, y cuando estaba por salir se dio vuelta y le dejó su número de teléfono escrito en un papelito. Le dijo que era para que avisara si volvía a pasar algo. Él dijo que sí, que gracias.

La llamó esa misma noche. No para avisar nada: para hablar.

“Estuvimos como una hora y media”, dijo Carlos. “De todo. De nada. Como cuando uno habla con alguien con quien tiene ganas de hablar”.

Salieron por primera vez un sábado de octubre. Fueron a comer a un lugar sencillo en el centro. Miriam dice que llegó con la secreta intención de comprobar que fuera del mostrador no tenían nada en común y así terminar tranquila con esa historia antes de que empezara. “No funcionó el plan”, resumió.

Se dijeron: “¿Cómo que cómo andamos? ¿No podías avisarle a alguien que te habías caído?”

Lo que encontró fue a un hombre que escucha con atención, que tiene opiniones sobre las cosas, que se ríe fácil y que cocina bien, dato que para Miriam no es menor.

Llevan ocho meses. Él sigue con la verdulería; ella sigue comprando los jueves, aunque ahora a veces entra por la puerta de atrás. El hijo de Miriam, que tiene veinte años y una mirada clínica para estas cosas, lo evaluó en dos visitas y dictaminó que le parecía bien. “Me dijo: ma, es tranquilo. Para mí eso era suficiente”, contó ella.

Carlos, cuando le preguntan qué cambió, dice que casi nada y que todo. “Los jueves siempre fueron buenos días”, explicó. “Ahora son mejores”.

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