Valentina escribe cartas desde los dieciséis años. No cartas para mandar: cartas para escribir. Para poner en palabras lo que no le sale decir en voz alta, lo que le pesa, lo que le alegra, lo que no entiende del todo. Las escribe a mano, en cualquier hoja que tenga cerca, y después las guarda en una caja de zapatos o las rompe o simplemente las pierde.
“Mi psicólogo me lo sugirió cuando era adolescente y nunca lo dejé. Es como hablar con alguien que te escucha perfectamente y no te da consejos que no pediste”, explicó entre risas a este diario.
En mayo del año pasado, Valentina volvía de visitar a su madre en el centro. Tomó el 273 cerca de Plaza Moreno, se sentó cerca de la ventana, sacó una hoja del bolso y escribió durante veinte minutos. Era una carta larga: hablaba de que se sentía estancada, de que los 38 le pesaban de una manera que no había anticipado, de que quería algo pero no sabía exactamente qué. “Una de esas cartas medio dramáticas que uno escribe y después relee y se da un poco de vergüenza”, reconoció.
Cuando llegó a su parada en Gonnet, guardó el bolso rápido y bajó. La carta quedó en el piso del colectivo.
Héctor, 43 años, profesor de historia en una secundaria de La Región, subió dos paradas después. Se sentó en el mismo asiento. Vio la hoja doblada en el piso, la levantó pensando que era un volante, la desplegó y leyó las primeras dos líneas. Entendió enseguida que no era un volante.
“Lo correcto era no seguir leyendo”, admitió. “Seguí leyendo.”
La carta no tenía nombre. Pero tenía una firma al final: una V con un garabato. Y tenía, en el margen, un detalle que Héctor no esperaba: un dibujito pequeño de un gato con anteojos, el tipo de cosa que uno hace distraído mientras piensa. “Me pareció muy tierna. Y me pareció que quien había escrito eso era alguien que valía la pena conocer”, dijo.
La guardó. Estuvo tres semanas pensando qué hacer con ella. Buscarla parecía imposible y un poco perturbador. No buscarla le generaba una incomodidad que no supo explicarse del todo. “Era como tener algo que no era mío y que no podía devolver ni tirar.”
Lo que hizo, finalmente, fue escribir un mensaje en un grupo de Facebook del barrio —esos grupos vecinales habituales— contando escuetamente que había encontrado una carta manuscrita en el 273 y que si alguien la había perdido podía escribirle.
Valentina lo vio cuarenta minutos después. “Me reí pero con vergüenza. Pensé: no puede ser”. Le escribió de inmediato. Le preguntó si en la carta había un gato con anteojos. Él dijo que sí. Ella dijo: es mía.
Se juntaron una semana después en un bar para que él le devolviera la carta. Estuvieron tres horas. “Yo iba a quedarme veinte minutos, que es lo que dura la incomodidad inicial de conocer a alguien raro”, contó ella. “Pero no hubo incomodidad inicial.”
Héctor, más medido en las palabras, lo describe así: “Fue una conversación fácil. Y las conversaciones fáciles con gente desconocida son bastante poco frecuentes.”
Ella le preguntó, en algún momento, si había leído toda la carta. Él dijo que sí. Ella dijo que no le parecía bien. Él estuvo de acuerdo. Los dos se rieron. La carta quedó sobre la mesa entre los dos como una tercera persona.
“Hay algo muy raro en que alguien te conozca por lo que escribís cuando pensás que nadie te lee”, reflexionó Valentina. “Es incómodo y es también lo más honesto que te puede pasar.”
Se conocieron de manera fortuita, decidieron darse una oportunidad y hoy siguen juntos
Llevan diez meses. Cada uno en su casa; ninguno de los dos se movió todavía, pero el tema está sobre la mesa con la misma naturalidad con que antes estuvo la carta. Héctor dice que Valentina sigue escribiendo cartas que no manda. Ella dice que sí, pero que ahora algunas se las lee a él en voz alta.
“Es distinto”, aclaró. “Pero también está bien.”
La caja de zapatos sigue en el placard. El gato con anteojos, en alguna hoja suelta dentro. Y Héctor, que encontró todo eso por sentarse en el lugar equivocado en el momento exacto, dice que no piensa devolver nada más.
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