¿Qué significa hoy el sueño americano? ¿Acumular riqueza, tener una casa propia con jardín, construir una familia o simplemente vivir mejor que la generación anterior? Las respuestas cambian según la experiencia de cada persona, pero la idea de que Estados Unidos es una tierra de oportunidades continúa ocupando un lugar central en el imaginario colectivo, incluso cuando el país cumple 250 años desde la firma de su Declaración de Independencia.
Ese aniversario no solo invita a repasar la historia política de la nación, sino también uno de los pilares de su identidad cultural: la creencia de que cualquier persona, sin importar su origen, puede prosperar gracias al trabajo y al esfuerzo personal.
Para millones de inmigrantes esa promesa sigue siendo el principal motor para cruzar fronteras. Aunque el recorrido suele estar marcado por sacrificios, largas jornadas laborales y múltiples obstáculos, la expectativa de construir un futuro mejor continúa viva.
“El sueño americano es una esperanza de la pobreza latinoamericana. Es la forma de ganarse la lotería para gente que no tiene muchos recursos, pero que tiene muchos sueños”, resumió Carmen Barreto, una empresaria venezolana radicada desde hace 15 años en Florida.
El cubano Reinaldo Gutiérrez Iglesias, de 60 años, ofrece una definición más simple, pero igual de contundente: “El sueño americano yo lo defino trabajando duro”. Durante años llegó a sostener dos y hasta tres empleos al mismo tiempo para salir adelante. “Hay semanas con dos o tres trabajos. Hay que trabajar fuerte. Eso es el sueño”, sostiene.
A lo largo de los siglos, el llamado sueño americano fue asociado con estabilidad económica, empleo, vivienda propia y una vida más próspera para las nuevas generaciones. Sin embargo, en el Estados Unidos de hoy esa imagen convive con un escenario mucho más complejo.
El emprendedor francés Tristan Comte, fundador de una empresa tecnológica instalada en San Francisco, considera que el país sigue siendo uno de los mejores lugares del mundo para desarrollar proyectos innovadores.
“Lo increíble es la concentración de personas que siempre tienen algo para aportar cuando uno quiere crear una empresa”, explicó.
Pero reconoce que esa oportunidad también está acompañada por enormes desafíos. El elevado costo de vida, especialmente en los grandes polos tecnológicos, y la incertidumbre sobre las visas convierten cualquier proyecto en una apuesta permanente.
“Hoy tengo trabajo, pero no sé si dentro de nueve meses seguiré estando acá. Hay que aceptar esa incertidumbre y tomar las mejores decisiones posibles cada día”, afirmó.
Una promesa que pierde fuerza, pero no desaparece
La expresión “sueño americano” comenzó a popularizarse durante la década de 1930 y terminó convirtiéndose en uno de los conceptos más representativos de la identidad estadounidense. La imagen de una casa en los suburbios, un empleo estable y vacaciones familiares sintetizó durante décadas ese ideal de prosperidad.
Hoy esa visión parece haber perdido parte de su brillo. Una encuesta reciente de Gallup mostró que el 69% de los estadounidenses todavía cree posible alcanzar ese objetivo, aunque el porcentaje descendió cuatro puntos respecto del año anterior.
Los consultados identifican como pilares de ese sueño la libertad individual, la estabilidad económica, la posibilidad de acceder a una vivienda y la oportunidad de progresar socialmente.
Sin embargo, incluso quienes lograron consolidar emprendimientos exitosos reconocen que las condiciones cambiaron.
Carmen Barreto asegura haber alcanzado una vida plena gracias a tres empresas que le permitieron independencia económica y calidad de vida. Pero advierte que el contexto actual es mucho más exigente.
“Se está poniendo dura la cosa. Uno no puede ser el salmón que va contra la corriente porque te cansas, te agotas y te destruye”, resumió.
La otra cara del aniversario aparece en las historias de quienes sienten que el esfuerzo ya no garantiza el ascenso social que durante décadas distinguió al país.
Jerrial Young, un barman de 44 años que vive en Pensilvania, asegura que hoy necesita trabajar entre 65 y 75 horas semanales solo para cubrir los gastos básicos.
“En los años 80 y 90 no había que dejarse la piel para ganarse la vida. Ahora es mucho más difícil mantenerse a flote”, lamenta.
Aun así, mantiene la esperanza de que las condiciones cambien. “Creo que vienen tiempos distintos, porque tienen que llegar”, sostiene.
Esa combinación de sacrificio y optimismo también aparece en la historia de Gerson Ansueto, un inmigrante guatemalteco que lleva 35 años viviendo en Estados Unidos.
Reconoce que el idioma y la discriminación limitaron parte de sus oportunidades laborales y personales. “Me habría gustado volar un poco más alto”, admite.
Sin embargo, al mirar hacia atrás, considera que el balance sigue siendo positivo.
“Con limitaciones, puedo decir que sí hice realidad el sueño americano”.
Doscientos cincuenta años después del nacimiento de Estados Unidos, el país sigue proyectando hacia el mundo la imagen de una tierra de oportunidades. Aunque las condiciones económicas, sociales y migratorias alimentan las dudas sobre la vigencia de ese ideal, millones de personas continúan viéndolo como una meta posible. Quizá ya no tenga el brillo de otras épocas, pero el sueño americano sigue siendo, para muchos, una promesa capaz de atravesar generaciones.
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