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Entre ruinas y silencio, Venezuela trabaja para recuperar a sus víctimas

Hay más de 3.300 muertos. Maquinaria pesada releva a las brigadas extranjeras mientras familiares mantienen la esperanza
Equipos de rescate buscan víctimas entre los escombros en Macuto, estado Vargas, Venezuela / AFP

Por Redacción

La emergencia en Venezuela entró en una nueva y dolorosa etapa. Tras casi dos semanas de intensas tareas de búsqueda, la prioridad ya no está puesta en hallar sobrevivientes, sino en remover las enormes montañas de escombros y recuperar los cuerpos de las personas que permanecen sepultadas bajo los edificios colapsados por los devastadores sismos del 24 de junio.

En las calles de La Guaira, el epicentro de la tragedia, decenas de retroexcavadoras, grúas, cargadoras y volquetas comenzaron a trabajar de manera sostenida para acelerar una tarea que hasta ahora había dependido, en gran parte, del esfuerzo manual de voluntarios, familiares y brigadistas.

El cambio de escenario coincide con la retirada de la mayoría de los equipos internacionales de rescate, cuya misión concluyó al desaparecer prácticamente las posibilidades de encontrar personas con vida.

Según explicó Sebastián Mocarquer, representante del equipo de Evaluación y Coordinación de Desastres de Naciones Unidas (UNDAC), a partir del séptimo día de una catástrofe de estas características comienza la desmovilización de los rescatistas extranjeros. Algunos grupos latinoamericanos aún permanecen en terreno, principalmente en sectores donde existieron reportes de posibles sobrevivientes, aunque la mayor parte de las labores se concentra ahora en la recuperación de víctimas junto a los equipos venezolanos.

De los 77 equipos internacionales -integrados por casi 3.000 especialistas de 31 países- permanecen unos 25, muchos de ellos ya en proceso de retirada. La coordinación de la emergencia pasó oficialmente de Naciones Unidas a la Protección Civil venezolana, que liderará la siguiente fase del operativo.

BALANCE DESOLADOR

El balance humano continúa agravándose. Según los últimos datos oficiales, los terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 dejaron al menos 3.342 muertos, más de 16.500 heridos y centenares de desaparecidos. Además, 856 edificios sufrieron daños y 190 colapsaron completamente.

En Caraballeda y Playa Grande, las dos zonas más castigadas, familiares y voluntarios siguen negándose a abandonar los alrededores de las estructuras derrumbadas. Muchos esperan recuperar los cuerpos de sus seres queridos para poder despedirlos.

Ese es el caso de Marco Contreras, quien lleva once días buscando a su hermana entre los restos de un edificio reducido a escombros. Cerca de allí, grupos de mineros llegados desde distintas regiones del país colaboran excavando entre el concreto con maquinaria propia. En uno de los edificios ya recuperaron diez cuerpos, aunque estiman que todavía permanecen al menos quince víctimas atrapadas.

En otro complejo residencial de doce plantas, vecinos, militares de permiso y voluntarios lograron rescatar alrededor de 120 fallecidos utilizando herramientas manuales y el apoyo de maquinaria aportada por un residente que también perdió a parte de su familia. Todos coinciden en que, sin equipos pesados, avanzar resulta prácticamente imposible.

DESAFÍO LOGÍSTICO

La magnitud del desastre también plantea un enorme desafío logístico. Solo en la localidad de Caraballeda se calcula que los terremotos generaron cerca de 1,25 millones de toneladas de escombros. Por ahora, las excavadoras los retiran y los acumulan en terrenos baldíos o espacios abiertos mientras las autoridades evalúan cómo gestionar semejante volumen de residuos.

Al mismo tiempo, la crisis humanitaria continúa evolucionando. La Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) informó que cada vez más familias abandonan las zonas devastadas para trasladarse a estados como Táchira, Zulia y Delta Amacuro, donde buscan refugio mientras comienzan las tareas de reconstrucción.

Con los equipos internacionales emprendiendo el regreso a sus países, la recuperación de Venezuela queda ahora en manos de sus propios rescatistas, voluntarios y vecinos, que continúan trabajando entre el polvo, el silencio y el dolor con la esperanza de devolver a cada familia a sus seres queridos y comenzar, lentamente, el largo camino hacia la reconstrucción.

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