Hernán Gil jamás olvidará la tarde del 24 de junio. Mientras cumplía su turno como vigilante en el subsuelo de un edificio del norte de Venezuela, sintió un primer temblor. Duró apenas unos segundos. Poco después llegó un segundo sismo, mucho más violento, que hizo colapsar toda la estructura y lo dejó atrapado bajo toneladas de concreto.
El hombre, de 43 años, permaneció ocho días sepultado entre los restos del edificio, uno de los miles que quedaron destruidos por los terremotos que devastaron la región y dejaron más de 3.535 muertos. Desde la habitación del hospital donde se recupera, recordó que tras el derrumbe quedó inconsciente por el golpe de las piedras en la cabeza y el rostro. Cuando despertó, solo encontró oscuridad, silencio e incertidumbre.
Sin posibilidad de moverse, parcialmente arrodillado y con poco aire, comenzó a gritar desesperadamente pidiendo ayuda. Nadie respondía. A esa angustia se sumaron las continuas réplicas, que hacían crujir las paredes y aumentaban el temor de quedar completamente aplastado.
La fe fue el sostén que le permitió resistir. Durante las interminables horas de encierro rezó sin descanso y pidió una sola oportunidad: volver a ver a sus hijos. También pensó en su esposa, Gusbimar González, que afuera no dejaba de buscar noticias, y en su padre fallecido. “Se me dieron muchos recuerdos”, contó.
Había perdido completamente la noción del tiempo cuando, al tercer día, escuchó pasos a la distancia. Volvió a gritar con todas sus fuerzas y, finalmente, obtuvo una respuesta. “Ahí hay una esperanza de vida”, pensó. Ese momento marcó el inicio de un complejo operativo internacional que movilizó a rescatistas de siete países.
Durante más de tres días, los equipos trabajaron para abrir un camino hasta donde se encontraba. Mientras tanto, Gil recibía agua para mantenerse hidratado y trataba de conservar el ánimo, aunque sentía que las paredes seguían cerrándose sobre él.
Finalmente, dos rescatistas, uno chileno y otro estadounidense, lograron alcanzarlo. Sin embargo, el momento más duro todavía estaba por llegar. Sus piernas habían quedado atrapadas entre los restos de una silla y sacarlo resultó extremadamente difícil. “Lo más difícil fue salir”, resumió.
Hoy, con un brazo inmovilizado y todavía con secuelas físicas y emocionales, Hernán asegura que volvió a nacer.
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