Había una vez, a principios de los años 80, un diseñador de juguetes llamado Mark Taylor que tenía en su carpeta un personaje llamado Torak, Héroe de la Prehistoria. Músculos imposibles, espada, una mezcla rara de fantasía épica y ciencia ficción. Mattel lo tomó, lo renombró, le agregó un esqueleto azul como villano, inspirado, según confesó el propio Taylor, en un esqueleto de verdad que lo asustó de chico en una feria, y en 1982 lanzaron al mercado la primera línea de figuras de acción de Masters of the Universe. He-Man había nacido. Y el mundo, o al menos la infancia de una generación entera, nunca sería igual.
Lo curioso es que He-Man existió antes de tener historia. Los juguetes salieron primero, y Mattel empezó a recibir cartas y llamados de padres desesperados preguntando quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Sólo He-Man era claramente el héroe. El resto era un caos muscular con nombres raros. Entonces contrataron al guionista Michael Halperin, fanático del Beowulf y la mitología clásica, para que inventara un universo desde cero. Halperin creó el planeta Eternia, dibujó el mapa a mano, le pidió a su hijo de diez años que dibujara cómo sería Snake Mountain (”nunca cobró un centavo por eso”, recordó años después), y escribió la biblia que definiría al personaje, un príncipe que se transforma levantando su espada mientras grita la frase más memorable y ligeramente ridícula de los ochenta: “¡Por el Poder de Grayskull!”
Lo que Halperin tal vez no imaginó era que esa biblia iba a servir de base para una de las revoluciones silenciosas de la televisión infantil.
LA REVOLUCIÓN DEL SÁBADO A LA MAÑANA
En septiembre de 1983, el estudio Filmation estrenó “He-Man and the Masters of the Universe”. El show rompió con dos tradiciones de un saque: fue uno de los primeros programas infantiles en emitirse en primera corrida en canales locales (en lugar de las cadenas nacionales), y demolió el molde del “sábado a la mañana” al demostrar que una serie animada podía sostener el interés de los chicos de lunes a viernes. Todo a cargo de un equipo que incluía, entre sus guionistas, a Paul Dini —futuro creador de “Batman: La serie animada”— y J. Michael Straczynski, el hombre que después haría “Babylon 5”. La música era de Haim Saban y Shuki Levy, que más tarde firmarían “Power Rangers”. Una incubadora de talentos disfrazada de juguetería.
El show fue un éxito inmediato y brutal. También fue inmediatamente controversial: grupos de padres salieron a quejarse de la violencia antes de haber visto un solo episodio. Filmation respondió con las famosas moralejas al final de cada capítulo, pequeños monólogos donde los personajes hablaban directo a cámara sobre la amistad, el valor o el peligro de hablar con extraños, y que hoy son meme tuitero.
Pero lo que parecía una concesión política se convirtió en algo inesperadamente poderoso: años después, Erika Scheimer —hija del productor Lou Scheimer— contó que recibió cientos de testimonios de personas que habían cambiado su vida gracias a esas lecciones de treinta segundos. Chicos que salieron del closet inspirados por She-Ra. Nenas que hablaron con sus padres sobre abusos porque un episodio les enseñó que podían hacerlo. Un chico argentino perdido en el Amazonas que se quedó quieto en lugar de alejarse porque recordó un consejo de He-Man.
UN MULTIVERSO ANTES DE QUE SE PUSIERA DE MODA
He-Man no paró. El éxito del show generó una serie spin-off protagonizada por su hermana gemela She-Ra, dos largometrajes animados y, en 1987, una película live action con Dolph Lundgren (el malo de “Rocky IV”) como He-Man. La película fue un fiasco de taquilla que contribuyó al cierre de Cannon Films (productora de clásicos del cine “barato” como “Highlander”, “Cobra” y “Maniquí”), pero con los años se convirtió en objeto de culto irresistible.
Después vinieron los reboots: “Las nuevas aventuras de He-Man” en 1990, que mandó al héroe al espacio; el reboot de 2002 en Cartoon Network, con animación superior y una versión más oscura de Skeletor —revelado como Keldor, el medio hermano del rey Randor, desfigurado por ácido durante un golpe de estado fallido—; la serie de Netflix “Masters of the Universe: Revelation” de Kevin Smith (2021), que dividió aguas entre fans; y el reboot animado en CGI.
AHORA CON PRESUPUESTO
Y ahora, este jueves, llega “Amos del Universo”, la versión que muchos fans esperaban y temían a partes iguales: una película live action de 200 millones de dólares, dirigida por Travis Knight (“Bumblebee”, “Kubo”), con Nicholas Galitzine —el galán de moda gracias a “La idea de tí” y “Red, White & Royal Blue”— en el rol de Prince Adam/He-Man. Para el papel se transformó físicamente durante más de un año, en lo que él mismo describió como “lo más difícil que hice en mi vida”. El resultado es convincente.
En la película, Jared Leto es Skeletor, lo cual generó división inmediata entre los fanáticos —Leto tiene esa habilidad especial de dividir aguas con cada rol icónico que acepta. El resto del elenco incluye a Idris Elba como Man-At-Arms, Camila Mendes como Teela, Alison Brie como Evil-Lyn, Morena Baccarin como la Hechicera y, sí, al montañés islandés Hafþór Björnsson —”La Montaña” de “Game of Thrones”— como Goat Man, un personaje tan menor en el universo original que básicamente no existía.
La premisa actualiza el mito: Adam creció en la Tierra, sin saber quién era, hasta que la espada del poder lo llama de vuelta a Eternia. Un héroe desconectado de sus raíces que debe volver a casa.
He-Man llega en el momento justo, o en el momento exactamente calculado para que así sea. Vivimos en una era donde la retromanía dejó de ser un fenómeno marginal para convertirse en industria: “Barbie”, “Transformers”, “Ghostbusters”, “Top Gun”, los remakes de Disney, el cine de superhéroes como nostalgia empaquetada. Mattel —la misma empresa que en 1982 puso al hombre musculoso en las góndolas— aprendió la lección del tsunami “Barbie” de 2023 y apostó fuerte: si la muñeca rubia funcionó, ¿por qué no el bárbaro espacial?
Hay algo, sin embargo, que diferencia a He-Man de otros regresos. Su mito siempre fue un poco absurdo, un poco camp, un poco gloriosamente ridículo. El príncipe que se disfraza de bárbaro musculoso para que nadie lo reconozca. El villano con cara de calavera que grita insultos a sus propios secuaces. Las moralejas pegadas al final de episodios. Esa rareza fue siempre parte del encanto. La pregunta que queda flotando sobre la nueva película es si el estudio va a poder resistir la tentación de “tomárselo en serio”. Porque cuando He-Man se toma en serio, pierde. Cuando es glorioso y un poco payaso, gana. Desde el jueves, la respuesta.
El He-Man que todos conocemos
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