Sofocarse hasta el desmayo, tragar ajíes picantes, pasar noches enteras sin dormir... Las consignas que invitan a replicar una acción o asumir un reto constituyen un fenómeno cada vez más presente en plataformas como Instagram o TikTok. Y aunque no todos ellos suponen asumir un riesgo, estos desafíos que se viralizan entre adolescentes pueden convertirse en una conducta problemática, especialmente cuando está asociada al uso compulsivo de las redes y la búsqueda de aceptación social.
Tal es una de las principales conclusiones de un estudio realizado por investigadores argentinos que acaba de ser publicado en la revista científica Youth & Society. El trabajo, que analiza la conducta de 848 adolescentes de entre 11 y 17 años, encontró que uno de cada cuatro participó en los últimos doce meses de al menos un reto viral.
La investigación fue encabezada por Santiago Resett, investigador independiente del CONICET en la Universidad Austral, docente de la UADE y especialista en psicología adolescente. Su objetivo era validar en Argentina una escala internacional para medir la participación en desafíos virales y examinar su relación con otras conductas digitales problemáticas, pero dio con algo más.
Como puso en evidencia el estudio, durante el último año un 14% de los adolescentes realizó entre uno y dos desafíos virales. Otro 5% dijo haber participado en tres o cuatro, mientras que un 6% aseguró haber tomado parte en cinco o más. En total, el 25% reportó haber intervenido al menos una vez en este tipo de experiencias.
Según el trabajo, los adolescentes que asignaban una mayor importancia a estos retos para sentirse aceptados por sus pares presentaban también más dificultades vinculadas con el uso compulsivo de internet. Una asociación similar se observó con Instagram: quienes obtenían mayor satisfacción al participar de desafíos virales registraban niveles más elevados de uso problemático de esa red social
La necesidad de pertenecer aparece como uno de los motores centrales de esta conducta. El estudio detectó que el 11% de los participantes disfruta que otras personas imiten los desafíos que comparte, mientras que un 6% afirmó que le gusta realizarlos junto a otros para sentirse parte de un grupo.
Aquellos que daban mayor importancia a estos retos tendían a presentar un uso compulsivo de redes
Para Resett el fenómeno no debe interpretarse de manera uniforme. “Aunque no todos los retos virales son negativos o peligrosos, algunos pueden afectar nocivamente la salud física y mental de los sujetos. Y ha habido adolescentes que murieron por participar en este tipo de prácticas”, señaló.
Dos factores principales aparecen detrás de los desafíos virales: la satisfacción personal que generan y la presión ejercida por el grupo de pares. “El deseo de pertenecer, ser reconocido y aceptado por otros adolescentes parece desempeñar un papel muy importante en este fenómeno”, explica el investigador.
Frente a este escenario, Resett sostiene que la respuesta no pasa por prohibir la tecnología, sino por fomentar el pensamiento crítico y el diálogo sobre las consecuencias de las acciones en línea. “Más que prohibir o dar sermones moralizantes -afirma- es importante enseñar a reflexionar sobre el impacto que puede tener sobre otras personas y sobre la propia familia una publicación”.
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