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Encuentros “puzzleros”: diversión, competencia y camaradería para armar

Cada vez más platenses se reúnen para resolver rompecabezas: una escena que crece combinando juego, desafío y encuentro social en un clima distendido y familiar
En tiempos de vértigo, el rompecabezas se vuelve un refugio

Por Francisco L. Lagomarsino

“Cuando destapás la caja, es como un instante de adrenalina pura, porque ves el dibujo que te tocó por primera vez; nadie lo conoce antes. Después, tenés otra sensación similar cuando rompés la bolsa con las piezas. Y ahí recién de vas serenando y empezás a pensar las estrategias para armar”.

La escena que describe la museóloga platense Florencia Lloret se repite cada vez con mayor frecuencia en nuestra ciudad. Lo que durante años fue una actividad más bien solitaria y hogareña -armar rompecabezas-, se transformó en una experiencia colectiva que convoca a decenas de personas en bares y espacios lúdicos. Jóvenes, adultos, familias enteras y también jubilados comparten mesas, piezas y tiempo en un clima distendido, donde el juego convive con el desafío y la colaboración con la amable contienda.

“Sabía que se hacían torneos de rompecabezas en Buenos Aires. Pero siempre eran allá y nunca les presté mucha atención. Hasta que una amiga me comentó que habían empezado a hacerse en la zona de City Bell, más o menos a mitad del año pasado. Me explicó cómo era la dinámica y a partir de ahí los empecé a mirar y a seguir más de cerca”, cuenta Florencia. “Ahí descubrí que hay un montón de grupos. Incluso ahora aparecieron propuestas virtuales: te mandan el rompecabezas a tu casa y vos te conectás a la videoconferencia con la caja cerrada, la abrís al mismo tiempo que los demás, y arrancás. Hay una gran diversidad de formatos, pero el objetivo es el mismo: juntarse a armar rompecabezas”.

En La Plata, uno de los espacios donde esta movida tomó forma está en 8 entre 54 y 55, y se autodefine como “un lugar donde convergen artistas, jugones, lectores y demás gente rara”. Allí, el formato puzzlero combina organización con un “mood” relajado. “Al grupo de organizadores Zeppelin, puntualmente, empecé a seguirlos en redes y ahí apareció una fecha en La Plata” recuerda Lloret: “Empezamos a averiguar cómo era el tema de las categorías: está la de principiantes, en parejas, y después la de Liga, donde ya competís sumando puntos. En principiantes los rompecabezas son de 300 piezas; en la Liga, de 500. El tiempo es el mismo: dos horas en todos los casos. Con mi sobrina, fuimos dos veces en la categoría principiantes. Está buenísimo cómo está organizado. Es un ambiente recontra distendido”.

CON DINÁMICA PROPIA

La dinámica, sin embargo, tiene su propio pulso. “Primero te dan una base de cartón, tipo paspartú, donde vas a armar el rompecabezas. Después te entregan la caja cerrada, que no podés abrir hasta que arranca la cuenta regresiva. Cuando todos la tienen, uno de los organizadores explica las reglas”.

Y entonces empieza todo. “Nosotras fuimos sin preparación alguna, a divertirnos. Y creo que ese es el tono general, por lo menos entre los principiantes. Si lo armás en el tiempo justo y salís primera, segunda o tercera, fantástico. Y si no, no pasa nada. Incluso cuando se termina el tiempo, hay gente que se queda armándolo un rato más. Eso está buenísimo, porque el ambiente es muy lindo, muy familiar. No hay una competencia feroz. De todos modos, cuando llega el momento en que ves que vas bien, y que faltan pocas piezas, te agarra la desesperación por terminar”.

En ese tránsito entre la ansiedad estimulante y la calma, el rompecabezas se vuelve también una especie de refugio. Durante un par de horas, las formas, los colores y las combinaciones posibles abonan un ejercicio de concentración que desplaza a las preocupaciones cotidianas. No es casual que muchos participantes hablen de “desconectar” o “bajar un cambio”.

Detrás de la organización está Zeppelin Puzzles, un emprendimiento que nació en el Litoral y que en el último tiempo amplió su alcance. “Esto se originó en Santa Fe, Paraná y Rosario. A principio del año pasado empezamos en CABA y después llegamos a La Plata... incluso hicimos una prueba en Bariloche”, explica Nicolás Peña, uno de sus impulsores.

La elección de nuestra ciudad respondió a algo más que una mera conquista geográfica. “La Plata es un lugar donde hay mucha movida cultural y deportiva. Tengo un buen recuerdo de haber participado de actividades como longboard, y sé que hay movidas en roller, en bici... La gente está muy predispuesta a hacer cosas. Habíamos visto encuentros de juegos de mesa, actividades en el Pasaje Dardo Rocha, y nos pareció un lugar ideal para probar”. El objetivo, dice, siempre estuvo claro. “Lo principal para nosotros no es la competencia, sino lo social: crear una comunidad”.

Disfrutar en compañía

Esa idea atraviesa toda la propuesta. “Normalmente el rompecabezas es una actividad solitaria, o de pocos, en una casa. Nosotros queríamos llevarlo a otro plano: que la gente fuera a un lugar distinto, se juntara con un montón de personas que disfrutan lo mismo” aclara Nicolás.

En la práctica, ese objetivo se traduce en pequeños gestos que se repiten en cada encuentro: aplausos cuando alguien termina, miradas compartidas entre mesas, comentarios cruzados sobre estrategias. Incluso en las categorías más competitivas.

La respuesta local, aseguran en Zeppelin, superó las expectativas. “La verdad que fue espectacular. Cada vez se acerca más gente, con ganas de participar, de pasarlo bien. Y algo que me sorprendió mucho es que hubo gente que nos agradeció por llevar los torneos a La Plata”.

“Nosotros priorizamos lo social y el entretenimiento” subraya Peña: “buscamos que la gente se sienta cómoda, que lo pase bien. Tratamos de fomentarlo: recorremos las mesas, vemos que esté todo bien, alentamos. Y eso se contagia. Muchas veces vienen en familia, con amigos o en pareja. Es un momento que eligen para compartir”. Algo que se refleja en las mesas: “Vemos muchas madres con hijos, muchas parejas de hermanas”.

Florencia lo confirma desde su experiencia. “Es un ambiente muy familiar. La primera vez que fuimos, el primer puesto lo sacaron una mamá y su hija, que tendría unos diez años, o menos. También había dos mujeres grandes que se quedaron armando tranquilas, incluso cuando ya habían terminado los plazos y los sorteos. Estaban con el mate, charlando, como si estuvieran en su casa”. Y añade otra escena: “El otro día había una mamá con un nene; tardaron bastante, terminaron sobre el final, pero el nene estaba tan feliz... También vimos a una señora grande, de unos 70 años, que estaba con alguien -hija, amiga o nieta- y otra pareja se acercó a ayudarlas para que pudieran terminar. Se dan esas cosas, y eso está buenísimo”.

En las redes, crecen los grupos con nombres como “Puzzleros de La Plata y alrededores”

Las estrategias de armado, que podrían pensarse como un atributo diferencial, se vuelven también parte del intercambio sin secretismos. “Nosotras usamos la clásica: buscar los bordes y empezar por ahí. Después, aunque no esté completo, empezamos a separar por colores o partes de la imagen. En una, había una chica sentada en un sillón, entonces íbamos juntando todo lo que correspondía a esa figura. En otra había mucho cielo, así que separábamos por tonalidades. Hay de todo. Algunos llevan bandejitas y separan por colores desde el inicio, otros arrancan desde el centro, otros se dividen el trabajo; vimos una pareja en la que uno armaba de abajo hacia el medio y el otro de arriba hacia el medio”.

Nicolás Peña amplía: “En la categoría de Liga ya se ven otras tácticas: se dividen tareas, separan por detalles, arman primero lo más distintivo. Y también se aprende a no perder tiempo: si una pieza no va, se deja y se sigue con otra. Nosotros hacemos los rompecabezas para cada torneo, por lo que nadie puede haberlos armado antes. Todos están en igualdad de condiciones. Después, con el valor de la inscripción del torneo, se los pueden llevar”.

Más allá del fenómeno social, la práctica de armar rompecabezas tiene también un respaldo desde la ciencia. Los expertos en terapia de juegos sostienen que se trata de actividades que aportan ligereza, diversión y oportunidades para la creatividad y la relajación, claves para el equilibrio emocional.

Diversos estudios también destacan sus beneficios cognitivos: mejoran la memoria, la atención, el procesamiento visoespacial y la resolución de problemas. Una investigación reciente de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Texas, basada en casi 6 mil adultos mayores, encontró que quienes realizan este tipo de actividades presentan mejores niveles de funcionamiento neurológico.

“Creemos que el rompecabezas puede ser una herramienta didáctica muy útil. Por ejemplo, para enseñar historia o ciencias a partir de una imagen que después se trabaja en clase” señala Peña: “Tenemos proyectos para trabajar con empresas, con talleres, y también en el ámbito educativo”.

En tiempos dominados por pantallas, estímulos fugaces y recompensas inmediatas, el incipiente auge rompecabecero propone detenerse, concentrarse y compartir desde otro lugar. Tal como sintetiza Nicolás, “participar de una experiencia distinta”. O como lo viven Florencia y los demás participantes, ensamblando, encuentro tras encuentro, una y otra vez, un espacio para compartir.

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