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La siesta resiste: una tradición analizada por la ciencia platense en tiempos de estrés

Dormirse una siesta, donde se pueda (esta sobre el sillón) puede reactivar el cuerpo / FREEPIK
Una siesta puede ser reparadora según su tiempo de duración / FREEPIK

Por Redacción

La siesta continúa ocupando un lugar central en la cultura argentina y mantiene una fuerte presencia en regiones del interior y en el Gran La Plata, pese a las transformaciones laborales y sociales de las últimas décadas. Aunque no existen estadísticas exhaustivas específicas para La Plata, Berisso y Ensenada, investigaciones académicas vinculadas a la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), el CONICET y estudios nacionales permiten reconstruir cómo esta práctica histórica atraviesa cambios, tensiones y nuevos hábitos urbanos.

En los repositorios académicos de la Universidad Nacional de La Plata y del sistema científico argentino aparecen distintas referencias vinculadas al sueño, los cronotipos y el impacto del descanso en la salud. En el repositorio SEDICI de la UNLP existen menciones culturales y literarias sobre la siesta, además de trabajos desarrollados por el Instituto de Limnología “Dr. Raúl Ringuelet” (ILPLA-CONICET), donde incluso se utiliza la idea de “tomar una siesta” como metáfora biológica en investigaciones sobre organismos acuáticos.

Las investigaciones más relevantes sobre sueño y ritmos biológicos en Argentina provienen del CONICET y de especialistas como Daniel Vigo, cuyos estudios advierten que los argentinos duermen entre una y dos horas menos por noche que hace cuatro o cinco décadas. Los investigadores atribuyen esta reducción al aumento de las jornadas extensas, el uso intensivo de pantallas, la hiperconectividad y las exigencias laborales contemporáneas.

En ese contexto, la siesta aparece como un mecanismo de recuperación física y mental. Las investigaciones sobre cronobiología sostienen que el organismo humano presenta naturalmente un descenso de energía luego del almuerzo, especialmente entre las 13 y las 15 horas. Esa “ventana biológica” explicaría por qué muchas personas sienten somnolencia aun cuando hayan descansado correctamente durante la noche.

LA TRADICIÓN PERSISTE, AUNQUE LA VIDA MODERNA LA PONE EN TENSIÓN

Diversos relevamientos nacionales muestran que la siesta sigue profundamente arraigada en la vida cotidiana argentina. Una encuesta realizada en 2021 por la firma Calm, sobre cerca de 2.000 personas, indicó que el 98,5% de los consultados aseguró haber dormido siesta alguna vez, mientras que el 53% afirmó practicarla al menos una vez por semana.

El estudio también detectó diferencias regionales. En provincias del norte argentino, donde las altas temperaturas y las costumbres históricas sostienen la práctica, las siestas suelen ser más largas. En áreas urbanas más aceleradas, como el Área Metropolitana de Buenos Aires, la tradición enfrenta mayores dificultades. El Gran La Plata se ubica en una situación intermedia: conserva rasgos culturales del interior bonaerense, aunque cada vez más condicionados por horarios continuos y dinámicas laborales intensas.

Los especialistas señalan que uno de los factores que más afecta la posibilidad de dormir una siesta es el pluriempleo. Sectores como salud, educación y comercio, muy presentes en la región platense, suelen combinar múltiples jornadas o extensiones horarias que reducen los tiempos de descanso. A eso se suma el crecimiento de modalidades laborales de corrido, que reemplazaron los tradicionales horarios partidos que antiguamente facilitaban el regreso al hogar durante el mediodía.

Las investigaciones también relacionan el deterioro del descanso con el estrés y la ansiedad. Estudios del CONICET y de universidades argentinas estiman que entre el 40% y el 50% de la población urbana presenta problemas vinculados al sueño. La exposición permanente a pantallas, el uso nocturno de dispositivos móviles y las exigencias de productividad alteran los ritmos circadianos y dificultan la desconexión mental.

QUÉ BENEFICIOS CIENTÍFICOS TIENE DORMIR UNA SIESTA

La evidencia científica internacional coincide en que las siestas breves pueden generar mejoras significativas en la memoria, la atención y el rendimiento cognitivo. Investigaciones citadas por organismos especializados, entre ellas estudios de la NASA, registraron incrementos del 34% en el rendimiento y del 54% en el estado de alerta luego de períodos cortos de sueño diurno.

Los expertos recomiendan especialmente las llamadas “power naps”, siestas de entre 10 y 30 minutos. Ese tiempo permite ingresar en fases ligeras del sueño sin alcanzar estadios profundos que luego provoquen sensación de desorientación o cansancio al despertar, fenómeno conocido como “inercia del sueño”.

Las siestas de alrededor de 40 minutos ofrecen beneficios más profundos para la memoria y la concentración, aunque con mayor riesgo de despertar con somnolencia temporal. En tanto, dormir cerca de 90 minutos permite completar un ciclo completo de sueño, incluyendo fases REM vinculadas a la creatividad y consolidación del aprendizaje. Aun así, los especialistas advierten que las siestas excesivamente largas podrían interferir con el descanso nocturno.

La ciencia también comenzó a estudiar la denominada “siesta del café” o coffee nap. La técnica consiste en consumir café inmediatamente antes de dormir una siesta breve. La explicación fisiológica es que la cafeína tarda aproximadamente 20 minutos en hacer efecto. Durante ese lapso, el sueño reduce los niveles de adenosina -sustancia relacionada con la sensación de cansancio- y, al despertar, la cafeína potencia el estado de alerta.

PANDEMIA, HOME OFFICE Y NUEVOS HÁBITOS DE DESCANSO

Durante los años de pandemia y aislamiento social, distintas investigaciones argentinas registraron un aumento temporal de la siesta debido al teletrabajo y a la flexibilización de horarios. Estudios vinculados al programa “Crono Argentina”, desarrollado por investigadores del CONICET y universidades nacionales, detectaron modificaciones en las rutinas de sueño y una mayor adaptación de los tiempos de descanso al reloj biológico natural.

Aunque los hábitos previos comenzaron a recuperarse con la normalización laboral, los especialistas consideran que la pandemia dejó instalada una mayor conciencia sobre la importancia del descanso y la salud mental. En paralelo, crecieron las discusiones sobre productividad, agotamiento y bienestar en ámbitos laborales y educativos.

En el Gran La Plata, donde conviven dinámicas urbanas intensas con costumbres más tradicionales, la siesta parece sostenerse como una práctica cultural resistente. La falta de estudios estadísticos específicos sobre la región impide establecer cifras exactas, aunque investigadores y especialistas coinciden en que continúa siendo frecuente, sobre todo durante fines de semana o entre trabajadores con horarios flexibles.

Los expertos sostienen que incorporar pequeños períodos de descanso diurno puede convertirse en una herramienta accesible para combatir la deuda de sueño acumulada. La recomendación general apunta a siestas cortas, preferentemente entre las primeras horas de la tarde y en ambientes tranquilos, evitando extenderlas demasiado para no afectar el sueño nocturno.

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