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Los fallos y el sentido común ¿un vínculo imposible?

Por Redacción

Marcelo Romero

fiscalromero@hotmail.com

Si durante más de tres décadas, aplaudimos como bobos las frases inintelegibles -construidas con palabras inventadas- de los gurúes locales del abolicionismo vernáculo; si durante todo este tiempo nos dedicamos a adorar a su máximo exponente y posicionarlo en la categoría de semi-dios del Derecho Penal Argentino; si hicimos cola para conseguir una estampita de Michel Foucault, de Thomas Mathiesen, de Nils Christie, de Louk Hulsman, de Raúl Zaffaroni...

¿Cómo no van a existir fallos judiciales absurdos?

Si durante más de tres décadas se instalaron obligatoriamente, como si se trataran de la Tablas de Moisés, en Facultades de Derecho, Institutos de Post-grado, Consejos de la Magistratura, y en el mismo Pretorio, los ridículos postulados que consideran al “delito” como una “creación política”; que el proceso penal es una farsa de los poderosos, quienes le quitaron a los particulares el “conflicto” y la posibilidad de resolverlo entre ellos; que la cárcel “no sirve para nada”; que el Estado no está “legitimado” para imponer penas; que la pena es otro “hecho político” para llenar de pobres e indigentes las “agencias” policiales y penitenciarias, para “saciar” las ansiedades de las clases dominantes frente a la “sensación de inseguridad”... Entre otras sandeces.

¿Cómo no van a existir fallos judiciales absurdos?

La cárcel y los encarcelados son una piedra en el zapato de los progre-abolicionistas. No saben cómo resolver su conflicto existencial. Buscan uno y otro argumento para eludir la aplicación de la pena... Simplemente, ¡porque NO CREEN EN LA PENA! Son agnósticos del Derecho Penal.

Para ellos no hay presos, ni reos, ni reclusos, ni detenidos, ni procesados, ni condenados... Sólo “individuos en contexto de encierro”. La cárcel es capitalista. La cárcel excluye. La cárcel sacia la sed de venganza de los “punitivistas”.

Las múltiples formas de egresar de las rejas antes del cumplimiento efectivo de la condena, ya dejaron de ser herramientas para preparar el camino hacia la libertad plena del recluso. Ahora, sólo son válvulas de escape para conciencias enfermas, que sufren al aplicar una ley que desprecian. Un sistema al que hay que abolir. Un yugo que debe cesar.

¿Absurdo? Sí, absolutamente. ¿Ridículo? Sí, sin ninguna duda.

¡Un juez o un fiscal abolicionista es tan absurdo, es tan ridículo, como un sacerdote ateo!

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