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La propina, una ficción incómoda

Por Por RAÚL OSCAR CORTÉS

Me permito acercar una reflexión que, aunque cotidiana, rara vez se examina con la atención que merece: la práctica de dejar propina en restaurantes, bares, cervecerías, pizzerías...

Dejar un dinero extra sobre la mesa, luego de saldar debidamente la cuenta, suele interpretarse como un gesto de agradecimiento hacia el mozo por la atención recibida. Sin embargo, en la experiencia concreta de muchos comensales y parroquianos, esta práctica funciona más bien como una costumbre -cuando no una imposición social tácita- que se vive más como obligación que como elección.

Al punto tal que no dejar propina, o dejar menos de lo esperado, genera incomodidad y, en ocasiones, una silenciosa desaprobación. Así, lo que debería ser opcional termina operando casi como un imperativo ético.

Por definición, la propina debería ser voluntaria y responder a un servicio que excede lo esperado. De otro modo, se desdibuja su carácter excepcional y se convierte en una retribución paralela al desempeño laboral y que en la práctica, funciona como un impuesto social obligatorio o un subsidio directo al salario que el empleador no remunera justamente.

Si esto no se revisa, cabe preguntarse si su práctica corriente no contribuye, en cierta medida, a reducir el trabajo del mozo a una relación de servidumbre. Como si servir la comida y atender al cliente fuera una labor inferior o degradante, cuando en realidad se trata de un oficio digno como cualquier otro.

De esta lógica surgen interrogantes evidentes: si la propina fuera un reconocimiento universal, ¿por qué no se aplica del mismo modo a otras profesiones y quehaceres? Nadie deja propina a un médico por atender correctamente, ni a un docente por dar una buena clase. Tampoco a un empleado de comercio, a un cajero de supermercado o al playero de estación de servicio -salvo, quizá, cuando realiza un gesto adicional que excede su tarea habitual-. Incluso en un avión, la atención de la tripulación se agradece con un “gracias”, no con dinero.

En otros casos, como el del llamado “trapito”, el dinero que se entrega muchas veces no nace de una gratificación espontánea, sino del temor a un posible daño provocado al vehículo en represalia por la negativa a contribuir. Allí, la lógica de la propina se desvirtúa aún más y se acerca a una forma de coerción.

En definitiva, cuando alguien realiza su tarea con dedicación excepcional o brinda un servicio que supera las expectativas del rol, puede corresponder un reconocimiento adicional. Pero ese agradecimiento también puede expresarse con una palabra sincera, un gesto cordial o, si se desea, con un aporte económico verdaderamente libre, no condicionado por la presión social.

Entonces, ¿por qué esta práctica persiste en la gastronomía como si fuera incuestionable? La respuesta no siempre resulta cómoda: tal vez porque hemos naturalizado un mecanismo que traslada al cliente una responsabilidad que debería resolverse de manera más transparente en la estructura de precios y en las condiciones laborales del sector.

La propina deja de ser un gesto excepcional para convertirse en una pieza más del engranaje. El precio que figura en el menú no es, en rigor, el precio final: existe un porcentaje implícito que el cliente se siente obligado a completar. Una suerte de tarifa encubierta sostenida por la costumbre.

Si el servicio tiene un valor -y sin duda es así-, debería figurar claramente en el menú como un cargo fijo: servicio de mesa, “cubierto” o laudo. De ese modo, se evitarían ambigüedades y el consumidor no se vería expuesto a la incómoda tarea de decidir, casi a ciegas, cuánto corresponde dejar.

Además -y esto tampoco debería soslayarse: ¿debe premiarse de forma generalizada algo que forma parte de una tarea convenida por la que media un salario, independientemente de si el servicio fue correcto, apenas aceptable o incluso deficiente? La presión está ahí. Y el cliente, más que premiar, termina cumpliendo.

Defender la propina como gesto espontáneo es, en muchos casos, ignorar su dimensión real: una práctica social que mezcla cortesía, presión y cierta hipocresía compartida.

Porque, en definitiva, agradecer es valioso. Pero agradecer no es pagar dos veces.

Tal vez haya llegado el momento de separar las cosas: que el servicio se cobre como corresponde, y que el agradecimiento vuelva a ser lo que siempre debió ser -una expresión sincera de reconocimiento, no una obligación disfrazada. Por lo menos, así lo veo yo.

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