Hay un instante, justo antes del amanecer, en el que el silencio de la casa deja de ser paz para convertirse en una emboscada. Para Carola Henner, la protagonista de “Otra” —la nueva novela de Lorena Pronsky—, ese silencio es un “imperio de la nada”. Es el lugar donde la escritura, que alguna vez fue su refugio e identidad, ha entrado en coma. Pero en este libro, el “bloqueo creativo” no es solo un tropiezo literario. “Me interesaba correr esa idea como si fuera un problema puramente artístico”, explica Pronsky. “En Carola, la imposibilidad de escribir empieza pareciendo un conflicto con la literatura, pero poco a poco se revela como una dificultad más profunda para habitar su propia vida. Lo que llamamos bloqueo no tiene que ver con la falta de ideas sino con una pérdida de disponibilidad afectiva. Son bloqueos emocionales que navegan en las profundidades y desde la superficie solo vemos los efectos que generan”.
Carola se encuentra atrapada en un campo abierto sin alambrados, donde cualquier daño puntual termina por infectarlo todo. La novela se niega a fragmentar el sufrimiento en compartimentos manejables. El alma es un sistema, no una lista de problemas a resolver de a uno.
Antes de convertirse en una de las autoras más leídas del género, Lorena Pronsky pasó años escuchando. En la práctica de la psicología clínica encontró una certeza que después trasladó a sus libros: las palabras pueden abrir puertas, pero también clausurarlas. En 2017 comenzó a escribir en su blog “Cúrame”, sin imaginar que esos textos terminarían construyendo una comunidad de lectores y una sucesión de bestsellers atravesados por una misma preocupación: cómo nombrar el dolor sin negarlo.
“Siempre me gustó escribir, pero nunca lo hice con la expectativa de publicar”, reconoce. “Simplemente quería contar historias”.
Después de “Loca” (2024), donde ya exploraba las grietas de la identidad y la fragilidad mental, en “Otra” profundiza ese universo desde una escritura que mezcla observación clínica, introspección y humor. Para Pronsky, literatura y psicología no son mundos separados sino formas complementarias de leer la experiencia humana.
“Lo que llamamos bloqueo no tiene que ver con la falta de ideas sino con una pérdida de disponibilidad afectiva”
“Cuando escribo, no siento que esté abandonando una disciplina para entrar en otra, sino haciendo dialogar ambas”, explica. “La literatura me permite narrar la complejidad humana y la psicología me dio herramientas para escucharla y habitarla con más matices. Y quizás ahí aparece algo muy cercano a la plenitud vocacional”.
EL SÍNTOMA COMO PROTESTA
La novela arranca con un insomnio que no es fisiológico, sino una vigilia extrema del alma. “El insomnio funciona casi como un estado de conciencia extrema”, dice Pronsky. “No es solamente no poder dormir; es no poder descansar de una misma. Hay algo de la vigilia que obliga a Carola a quedarse frente a pensamientos y emociones que durante el día logra tapar con movimiento, productividad o rutina. El cuerpo agotado, pero la mente incapaz de detenerse”.
Es en ese agotamiento donde aparece el síntoma. El tono de la novela mantiene al lector en una tensión constante, hasta que el clímax emocional estalla al final de una acumulación caótica como una condensación brutal del desorden. “Fue bastante orgánico”, confiesa Lorena, dando lugar a una escritura que se deja guiar por la urgencia del personaje. “Yo no suelo trabajar desde estructuras rígidas sino desde una especie de acumulación emocional que va encontrando su forma mientras escribo. Siempre dije que fue Carola la que me tomó la mano y me hizo escribir. Yo solo me dejé guiar”.
Para Pronsky, esos actos desbordados no son locura, sino una forma extrema de verdad. “Muchas veces el síntoma aparece cuando algo ya no puede sostenerse del mismo modo”, cuenta. “Viene a denunciar una vida demasiado adaptada, demasiado obediente, demasiado desconectada del deseo propio. En ese sentido, puede tener algo de protesta”. El síntoma no destruye la identidad: la expone.
LOS MUERTOS QUE SIGUEN HABLANDO
Uno de los ejes más potentes de la obra es el vínculo con su mamá, esa ausencia demasiado sonora que dicta sentencias desde el más allá. El duelo de Carola no es un camino lineal hacia la aceptación. “Yo no creo demasiado en la idea de soltar a los muertos”, afirma Pronsky con una convicción tranquila y firme. “Me parece una palabra un poco injusta incluso. El duelo consiste en aprender otra forma de relación con quienes ya no están. Los muertos siguen viviendo en la memoria, en ciertas frases, en modos de mirar el mundo, incluso en síntomas que uno no termina de entender. A veces uno deja de hablar con ellos en voz alta, pero siguen dialogando dentro de uno”.
Ese diálogo con los que ya no están repercute de forma inevitable en los vivos y va configurando el otro gran espejo: la relación con su hermana Julia. “Me interesaba escapar de esa idea bastante idealizada de los vínculos entre hermanas donde una comprende perfectamente a la otra”, señala la autora. Mientras Julia intenta administrar el dolor bajo cierta lógica, Carola queda arrasada, revelando el costo invisible de esa dinámica: “La emocionalidad tan desgarradora de Carola no deja lugar a Julia para darle lugar a su sentir. Una de las dos tiene que cuidar de ambas. Y Carola descansa en Julia, sin parar a pensar qué pasaba en ese mientras tanto con la vulnerabilidad de su hermana”.
LA OBLIGACIÓN DE ESTAR BIEN
Pronsky utiliza la ficción para cuestionar la exigencia permanente de bienestar, la obligación moral de estar siempre lúcidos, siempre en proceso de sanación. “Siento que vivimos en una época donde incluso el sufrimiento parece gestionarse como un fracaso personal”, dice. “Esta idea de que si uno realmente quiere, puede, termina dejando afuera algo muy humano: los límites, el dolor, el cansancio, las marcas de la historia propia. Hay momentos donde una persona no puede. Y convertir eso en una culpa adicional me parece profundamente cruel”.
En este laberinto aparece Hernán Bruno, el psicólogo que no busca curar, sino develar. “Somos siendo”, le repite a Carola. Sobre la posibilidad de reconstruirse sin destruirse, Pronsky reflexiona: “Hay momentos en la vida donde uno descubre que siguió guiones muy antiguos: mandatos familiares, identidades fijas, modos de vincularse que alguna vez sirvieron pero ya no. Quizá lo más sano no sea cambiar de identidad, sino ir a buscar aquel que encaje con nuestros valores”.
HUMOR Y ORALIDAD
La novela refleja cómo nos comunicamos hoy, mezclando charlas cotidianas con mails y mensajes de WhatsApp que irrumpen en medio de las reflexiones más profundas. “Creo que hoy la subjetividad está atravesada por muchos registros al mismo tiempo”, explica Pronsky. “Pensamos poéticamente, pero también mandamos audios, escribimos mensajes cortados, frases impulsivas. Me interesaba que la novela pudiera alojar esa mezcla sin jerarquizarla. La oralidad tiene algo muy vivo y la literatura permite darle espesor a lo aparentemente banal. Porque así pensamos hoy: mezclando reflexión profunda con una notificación de WhatsApp”.
Esta estructura de oxígeno sin alivio se ve en el manejo de un humor que irrumpe en el centro del drama: ya sea en la fobia casi mística hacia las palomas o en los diálogos. “Para mí el humor no contradice el dolor; muchas veces es una de las formas más humanas de atravesarlo”, responde. “Hay situaciones muy dolorosas que, vistas desde cierta distancia, tienen algo absurdo o incluso ridículo. Me interesaba que la novela pudiera respirar desde ahí, porque si todo fuera solemnidad se volvería menos verdadero. El humor aparece como un pequeño movimiento vital dentro del derrumbe, una manera de recuperar humanidad incluso en medio de lo más oscuro”.
NADIE TIENE DEL TODO LA RAZÓN
Carola decide dejar de sostener una biografía que ya no era habitable: la baldosa siempre estuvo ahí, firme, entera y propia. El problema era que estaba opacada por las capas puestas para sobrevivir.
Lo más lúcido es que todos los personajes tienen parte de razón; son complejos, tienen defectos pero también tienen una verdad que habla desde sus heridas. Pronsky admite la idea: “Lo que sucede es que gran parte de la complejidad de los vínculos aparece cuando dejamos de pensar en términos de buenos y malos y entendemos que casi todos actuamos desde algún miedo, alguna defensa, incluso cuando lastimamos. Me interesaba que cada personaje tuviera una lógica interna comprensible, una verdad propia, aunque esa verdad chocara con la del otro. Porque en la vida real, rara vez hay un único relato correcto. A veces el conflicto no nace de la maldad sino de la imposibilidad de hacer coincidir dos subjetividades. Ahí aparece algo muy humano, pero también muy doloroso”.
Ahí está. En esa frase está el corazón de “Otra” y, quizás, de todo lo que Lorena Pronsky todavía tiene para dar.
Editorial: Penguin Random House
Páginas: 256
Precio: $34.999
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