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Los que van casi últimos en la fila de los discriminados

La vejez abandonada por la época y el eco de ese fenómeno en la literatura. Testimonios de Pérez-Reverte, Simone de Beauvoir y Bioy Casares

Simone de Beauvoir
Adolfo Bioy Casares
Arturo Pérez-Reverte

Por Por MARCELO ORTALE

Se habla poco de la discriminación que sufren los viejos, sean varones o mujeres. Si uno mira con atención el público que acude a los hipermercados, verá que buena parte de los asistentes –por no decir la mayoría– son personas de edad mayor, que allí enfrentan dificultades.

Ocurre que las etiquetas que informan sobre los precios y la condición de los productos que van a comprar –muchos de estos ubicados casi sobre el piso, de modo que están obligados a inclinarse como si fueran jóvenes, o sea que Dios los ayude– tienen impresos números y letras muy pequeñas, imposibles de leer salvo que se cuente aún con una vista perfecta. Les cuesta horrores ver en las etiquetas los precios, el kilaje y la calidad del producto que buscan. Se arreglan como pueden.

Si los viejos van a los cajeros automáticos, algunos de estos artefactos cuentan con pequeñas rejas metálicas que literalmente ocultan los teclados para marcar la contraseña. Artritis mediante, hacen lo que pueden.

Pero si finalmente logran marcar el dinero que quieren retirar, aparecen de pronto en las pantallas de algunos cajeros carteles ofreciendo servicios bancarios ajenos a la operación que realizan. ¿Los quiere o no? Tienen que marcar “sí” o “no”. El que pone “no”, recibirá recién entonces su dinero. El que pulsa “sí” se internará en un laberinto digital y, de vuelta, que se encomiende a Jehová. Para no encallar en alguna trampa digital.

El sistema político dominante en la mayoría de las naciones –no importa si es democrático o autoritario– es seguro que pretende revestirse con aires juveniles. Los “estadistas” bailan y se contonean en escenarios. Los votos están en la platea de los jóvenes, no en el padrón de los viejos.

Para agravar la discriminación, explotaron en estos tiempos las redes de internet, las comunicaciones por Zoom, la gestión digital de muchos trámites ante el Estado o empresas de servicios. “Aquí estoy”, dicen los viejos ante mostradores hoy casi vacíos. “No”, le contestan; “usted tiene que pedir un turno de atención por internet”. Si ese varón o mujer tiene hijos y nietos, puede salvar la ropa, porque ellos le harán esa gestión en segundos. Pero si no los tiene, ¿cómo se arreglará para sacar un DNI, un registro de conductor, un turno para atenderse en un hospital, una partida de nacimiento?

Todo esto y mucho más –con muy pocas excepciones– ocurre en dos contextos que hablan con una elocuencia que crece día a día y que tienen que ver, el primero de ellos, con el magro monto promedio de las jubilaciones que perciben y, aún más grave, con un sistema de obras sociales estalladas, con medicamentos y prácticas médicas que no se cubren.

PRIMEROS TESTIMONIOS

Y frente a ese dato de la realidad, debieran valer estas palabras atemporales del escritor español Arturo Pérez-Reverte: “El viejo no es contemporáneo, nunca puede serlo. Si un viejo quiere ser contemporáneo, es ridículo o hace el payaso. El viejo lo que tiene es una larga vida, unas lecturas, una experiencia, un conocimiento de las cosas, una lucidez que le dan los años y la vida, una mirada para entendernos”.

Pero, por lúcidas que puedan parecer, es claro que no tienen vigencia esas observaciones de Pérez-Reverte y de muchos escritores célebres que plantan banderas contra los imperios que pretenden ser adolescentes, sanos y capaces de correr maratones. Hay obras literarias maravillosas sobre la ancianidad, con denuncias y propuestas que no son entendidas.

La escritora francesa Simone de Beauvoir que, cuando cumplió 55 años de edad, sintió que estaba en el amanecer de la vejez, dijo que la sociedad esconde a los mayores. La vejez –que es el título de su libro acaso más famoso– “es un secreto vergonzoso”, definió. No debiera verse a la vejez como un fracaso, sino como la última etapa natural de la vida, añadió.

“El viejo no es contemporáneo, nunca puede serlo”, dice Arturo Pérez-Reverte

Agregó muchas cosas más, que la sociedad trata la vejez como algo feo, como algo que hace pensar en la muerte. Y Beauvoir alzó esta consigna: que el alma no envejece, que una persona mayor sigue siendo la misma que fue de joven. Pero a quién le sirve eso.

En la literatura argentina está el ejemplo del siempre inventor Adolfo Bioy Casares, un escritor que, de haber tenido un apellido más común y de no haber vivido en el barrio de la Recoleta, hoy sería un autor de culto en el engolado progresismo de las facultades de Letras en el país. Pero es claro, al igual que los viejos de su libro, fue dejado de lado y no paran en el afán de eliminarlo.

Bioy, que en 1941 escribió La invención de Morel, en la que los protagonistas son hologramas –que se pusieron de moda varias décadas después–, también se anticipó cuando editó en 1969 Diario de la Guerra del Cerdo, cuyo argumento transcurre en Buenos Aires. La trama principal se construye en torno a la persecución de los jóvenes hacia los viejos, que deben esconderse para no ser asesinados en las calles sólo por tener muchos años sobre sus hombros. Allí emerge como otra impiadosa conclusión que la sociedad actual se ha vuelto adicta a cualquier tipo de violencia irracional.

Bioy buscaba siempre una de sus sonrisas, la más tenística de todas, para poder decir profundidades ocultas en su pudor: “Llega un momento en la vida en que, haga uno lo que haga, solamente aburre. Queda entonces una manera de recuperar el prestigio: morir”.

Y hay una novelista británica que tiene la discutible fortuna de llamarse Elisabeth Taylor, igual que la actriz de Hollywood que tenía dos míticos ojos color violeta, que a veces parecían azul profundo y otras veces eran de tonos púrpura.

Pues bien, la homónima, la escritora británica es autora de una novela de culto –Prohibido morir aquí– que hizo trastabillar a la periodista y crítica Hinde Pomeraniec cuando habla del libro de Taylor: “Es tan buena esta novela que no sé por dónde empezar. Su autora, una escritora inglesa, una gloria secreta, tuvo la mala suerte de llamarse Elizabeth Taylor en los tiempos de oro de la diva de los ojos violetas. Desde hace mucho que nuestra casi desconocida Elizabeth es, sin embargo, amada por grandes lectores y escritores, aunque sin lograr la popularidad merecida”.

En Diario de la Guerra del Cerdo, Bioy escribe sobre la persecución de jóvenes a adultos

La novela –Prohibido morir aquí– cuenta la historia de un grupo de ancianos que convive con relativa independencia en un hotel londinense.

Ese hotel, narra la crítica, es el paso previo a la internación en un geriátrico y a la segura muerte, algo que los ancianos saben muy bien. La autora dice que el hotel les cobra poco por su estadía, porque los ve en realidad como huéspedes seguros a los que, de alguna manera, desprecia, porque cada uno de ellos representa el abandono familiar. Otro signo evidente de que los viejos están casi últimos en la fila de los discriminados, muchas veces arrojados a un impiadoso témpano como los esquimales ancianos en El país de las sombras largas.

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