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Un día cualquiera en la vida de Dorothy Malone

Por María Inés Portillo

Te levantás temprano. Con la fresca. Tomás tu calcio y desayuno con cereales. Y allá vas con zapatillas deportivas a caminar. A trotar. A correr. Decís que el cerebro se agita. Que te ayuda a pensar. A imaginar. Y mirás para un lado y para el otro. Buscás. Esperás. Algo va a ocurrir. Sos mujer de esperanza. Ves un viejito con su nieto. Registrás una pareja que discute. Dos mujeres que hablan y hablan. El policía detiene a un muchacho que va en moto. La maestra camina cansada con la mirada baja. Un obrero está sentado en el cordón de la vereda. Te sorprende el insulto de un camionero porque el auto cruza con semáforo rojo. Te inquieta un “no puedo más” que dice una chica por el celular.

Volvés. Pensás que el agua caliente corriendo por tu cuerpo agitará tu sangre… “y ahora entonces vas a escribir Dorothy Malone”. Tal vez tirada sobre almohadones en el piso… tal vez sentada en el sillón… tal vez caminando por el escritorio en distintas direcciones… mirando un libro… reparando en fotos, recuerdos… tal vez asomada a la ventana… mirando los techos, las glicinas florecidas, los pájaros en sus nidos, las nubes que pasan, el cielo azul, el sol que va subiendo… y las horas pasan. Te das vuelta y justo ves un diccionario con sinónimos. “Está bueno. Uno se repite tanto. Siempre las mismas palabras… habiendo tantas… también están los parónimos, los antónimos…” De pronto, sientes un hambre y una sed impostergable. Abres la puerta de tu escritorio y corres hasta la cocina buscando saciar el apetito súbito. El tiempo pasa. Es la tarde. Pensás que algo aparecerá. Vuelves a los diccionarios que quedaron desparramados en el piso. Te dás cuenta que te faltan sustantivos, verbos... Das vueltas por la habitación. Sientes sed. Decides que sin agua no vienen las ideas. Otra vez a la cocina. Pasas por el dormitorio. Te miras en el espejo y concluyes que tu piel necesita crema humectante. Perfumes. Cambias de peinado. Cambias de aros y collar. Te maquillas. “Ahora sí, Dorothy” y vuelves a intentar. Cuando llegas a la habitación, te quedas mirando el techo y una telaraña asoma. Decides buscar el plumero y la escoba. De regreso inicias la rutina de la limpieza y te dices: “No se puede crear en un lugar descuidado”. De reojo observas un libro de gramática y aseguras que sería importante recordar sintaxis y reglas ortográficas olvidadas. Por la ventana ves que el jazmín celeste floreció. Imaginas su perfume en tu escritorio. Entonces corres a cortar unas ramitas. El teléfono llama. Por suerte una amiga te salva de la hoja en blanco. Hablando ves cómo la cuenta de la luz asoma entre las hojas del diario. Te despides y al tomar la factura lees las penurias de los inmigrantes en Europa, el terremoto en Chile, los temblores fuertes en Cuyo. La película nueva que nunca verás porque la violencia no te va. Tocan el timbre de tu casa. Una señora pide ropa usada. Piensas que no fuiste a la verdulería. Que te faltará fruta. Otra vez el teléfono. Es tu marido. Te avisa que comerá en la oficina. Tienes sed. Mucha sed. Cargas una botellita y regresas a tu espacio. Decides que cambiarás el sillón cuando llegue el verano. También cambiarás las cortinas. No pegan con los pisos ni con la pintura de las paredes. Ves una carta sobre la mesa. Es de tu hija. La extrañas. Miras las carpetas, cajas con hojas de diarios, folletos, recuerdos. El sol va bajando. El día parece que está por terminar. Cierras la puerta para no huir. Tomas dos hojas blancas. Te sientas en el suelo con las piernas abiertas y un lápiz negro. Te dices: “Empiezo. ¿Por dónde? Por esa chica que vi a la mañana temprano cuando le decía a su celular: No doy más”. ¡Y seguís, seguís, seguís… “Dorothy Malone. Nadie te para ya. Bien Dorothy. No te muevas de ahí. No atiendas celular ni teléfono. No mires diarios ni facturas. Que no te importe limpiar. Lavar. Planchar. Comprar. Toma agua. Mucha. Que tu mano se suelte. No la dirijas. Dejala ir. No te corrijas todavía. Sigue. Sigue. Una cosa te llevará a la otra. Como las olas del mar. Como ese jazmín celeste que trepa por la pared del fondo. Como esos pájaros que hacen su nido!... Y dejá todo en esas hojas blancas. Tus recuerdos. Tus amores. Tus deseos. Tus dolores. Tus sueños rebeldes a tanto manual de escritura cerrada”.

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