Universidad del Este
Durante 2024 el crédito fue uno de los principales motores de la recuperación económica. Con una inflación en descenso y la recomposición del sistema financiero, los préstamos al sector privado crecieron a tasas inéditas luego de varios años de fuerte contracción. El financiamiento permitió sostener el consumo de bienes durables, impulsar la actividad comercial y acompañar parcialmente la recuperación del nivel de actividad. Sin embargo, los últimos meses comenzaron a mostrar que ese proceso enfrenta crecientes restricciones. La combinación de mayor mora, tasas más elevadas y un mercado laboral cada vez más frágil amenaza con poner un freno a uno de los pocos motores que aún mantiene dinamismo.
El fuerte crecimiento del crédito tuvo lugar sobre un sistema financiero que partía de niveles históricamente bajos de intermediación. La profundización financiera permitió expandir rápidamente los préstamos personales, prendarios e hipotecarios (los que más crecieron en términos relativos, pero aún una porción menor del total). Sin embargo, el escenario cambió durante 2025. La fuerte volatilidad de las tasas de interés —producto de los cambios en el régimen monetario y los episodios de incertidumbre financiera en el marco del proceso electoral— alteró el funcionamiento normal del mercado crediticio. Para los bancos aumentó el costo de fondeo y la incertidumbre sobre el riesgo de sus carteras; para los deudores, el mayor costo financiero dificultó el cumplimiento de las obligaciones asumidas.
DETERIORO
Como consecuencia, comenzaron a deteriorarse los indicadores de calidad de cartera. La mora en créditos personales y en financiamiento al consumo mostró una tendencia creciente, especialmente en los segmentos de menores ingresos. Este fenómeno no responde únicamente a un problema financiero sino también a cambios estructurales en el mercado laboral.
En efecto, el modelo económico actual muestra una creciente heterogeneidad en materia de empleo. Mientras algunos sectores ligados a la energía, la minería y determinados servicios mantienen un desempeño favorable, el empleo privado registrado continúa mostrando escaso dinamismo. Paralelamente crecen formas de ocupación más flexibles, con mayor informalidad, pluriempleo y trabajo por plataformas. Se trata de trabajadores que, si bien generan ingresos, muchas veces no logran cubrir el costo de su canasta de consumo únicamente con sus remuneraciones laborales. En este contexto, el crédito deja de cumplir principalmente una función de financiamiento de inversiones o bienes durables y pasa crecientemente a financiar gastos corrientes. Familias que antes utilizaban préstamos para adelantar consumo hoy recurren al endeudamiento para afrontar gastos habituales como alimentos, servicios o transporte. Este cambio resulta particularmente preocupante porque genera una dinámica difícil de sostener en el tiempo: el crédito deja de anticipar ingresos futuros para transformarse en un mecanismo que compensa insuficiencias presentes de ingresos.
Comenzaron a deteriorarse los indicadores de calidad de cartera
Cuando esta situación se generaliza, la mora comienza a aumentar de manera casi inevitable. Pero sus consecuencias no recaen únicamente sobre quienes incumplen. Frente a una mayor probabilidad de incobrabilidad, las entidades financieras incorporan ese riesgo en el precio del crédito, elevando los spreads entre el costo de fondeo y las tasas cobradas a los prestatarios. En otras palabras, el costo de la selección adversa termina distribuyéndose entre todos los clientes del sistema, incluso aquellos que mantienen un comportamiento crediticio impecable.
Este mecanismo genera un círculo complejo. Tasas más elevadas encarecen el crédito, reducen la demanda solvente y aumentan las dificultades para refinanciar deudas existentes. A su vez, el mayor costo financiero retroalimenta el deterioro de la mora y obliga a los bancos a reforzar previsiones y criterios de otorgamiento. El resultado es un mercado crediticio menos profundo precisamente cuando la economía más necesita financiamiento para sostener el consumo y la inversión.
Restricción
Desde la teoría económica, esta dinámica puede interpretarse como una restricción de crédito endógena. Cuando aumenta la probabilidad de incumplimiento, las entidades financieras no solo elevan las tasas sino que también endurecen las condiciones de otorgamiento. Este fenómeno, desarrollado por Joseph Stiglitz y Andrew Weiss en sus trabajos sobre racionamiento del crédito, implica que mercados aparentemente libres pueden terminar asignando menos crédito precisamente a quienes más lo demandan.
En definitiva, el crédito continúa siendo una pieza fundamental para el crecimiento económico, pero difícilmente pueda sostener por sí solo una recuperación cuando los ingresos laborales permanecen rezagados y el empleo registrado pierde dinamismo. El problema no es el crédito: el problema es cuando el crédito reemplaza al salario. El desafío hacia adelante no consiste únicamente en ampliar el acceso al financiamiento, sino también en fortalecer la capacidad de pago de los hogares mediante una mejora genuina del mercado laboral. De lo contrario, el crédito corre el riesgo de dejar de ser un motor del crecimiento para convertirse en un factor adicional de vulnerabilidad financiera.
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