La economía argentina llega al cierre del año con una contradicción cada vez más visible: mientras el Gobierno sostiene el orden macroeconómico como eje de su programa, la actividad productiva y el empleo muestran señales de deterioro. Las exportaciones son el principal motor de crecimiento, pero su dinamismo no alcanza para compensar la debilidad del mercado interno. En ese contexto, la prioridad para las empresas pasa por cuidar la rentabilidad, administrar los costos y asegurar los fondos necesarios para sostener las operaciones.
El diagnóstico surge del informe Panorama Macroeconómico de agosto-septiembre de 2026, elaborado por la consultora Qualy. El trabajo describe una economía de dos velocidades, con los sectores primarios y extractivos como principales beneficiarios de la coyuntura y una parte importante de la industria, el comercio y las pequeñas y medianas empresas bajo presión por la falta de demanda.
La diferencia entre los resultados macroeconómicos y la situación cotidiana de las empresas se refleja en los principales indicadores. En agosto, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) subió 1,7%, mientras que las cuentas públicas conservaron el equilibrio fiscal. Sin embargo, el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) cayó 2,9% en julio respecto de junio, en la mayor baja mensual desde abril de 2020. En la comparación interanual, el retroceso fue del 1,4%.
El resultado de julio interrumpió la trayectoria previa y expuso la fragilidad de una recuperación que todavía no logra consolidarse. Aunque el acumulado de los primeros siete meses del año conservó una suba del 1,7%, ese saldo positivo responde en buena medida al arrastre del primer trimestre. La tendencia de fondo muestra un nivel de actividad prácticamente estancado y una marcada desigualdad entre ramas productivas.
Los datos del segundo trimestre sintetizan esa brecha. Según las cifras del INDEC citadas por Qualy, las exportaciones crecieron 2,5% frente al trimestre anterior, mientras que el consumo privado retrocedió 2,4% y la inversión cayó 0,8%. Como resultado, el Producto Bruto Interno (PBI) se contrajo 0,6%.
Un solo motor para sostener la economía
De los cuatro componentes que impulsan la actividad -consumo, gasto público, inversión y exportaciones-, el sector externo fue el único que aportó dinamismo en ese período. El problema es que el crecimiento de las ventas al exterior se concentra en actividades con una relación más limitada con el empleo masivo y con el consumo de los hogares.
La explotación de hidrocarburos, la minería y el complejo agroexportador explican buena parte de la resistencia de los indicadores agregados. El informe destaca el desempeño de la pesca, con un incremento interanual del 424,5% en julio por factores estacionales, y de la explotación de minas y canteras, que avanzó 8,4%. En cambio, la industria manufacturera se contrajo 4,6% y el comercio mayorista y minorista retrocedió 5,1%.
La diferencia no es menor. Las actividades exportadoras pueden aportar divisas, mejorar el saldo comercial y sostener parte del ingreso nacional, pero no necesariamente generan un impulso inmediato sobre las fábricas, los comercios y los servicios orientados al mercado doméstico. Para que la recuperación alcance al conjunto de la economía hace falta que la mejora de los sectores más dinámicos se traduzca en inversiones, empleo y demanda interna. Por ahora, ese efecto no aparece con suficiente fuerza.
La industria constituye uno de los principales focos de preocupación. En julio, 12 de las 16 divisiones manufactureras registraron caídas interanuales. Los retrocesos se concentraron en actividades vinculadas al consumo durable, la construcción y la inversión, con impacto directo sobre proveedores y empresas de menor tamaño.
Entre los rubros con mayores bajas mensuales desestacionalizadas se ubicaron los productos de arcilla y cerámica no refractaria, con una contracción del 21%; el calzado y sus partes, con una merma cercana al 11%; y los muebles y colchones, junto con los equipos eléctricos, con retrocesos próximos al 10%. También cayeron las pinturas y la actividad vitivinícola.
Las excepciones positivas fueron puntuales. Los hilados de algodón avanzaron 16% en el mes, el fueloil creció más del 13% y las materias primas plásticas registraron una suba cercana al 9%. La dispersión de resultados muestra que no existe una recuperación industrial generalizada, sino mejoras concentradas en algunos eslabones específicos.
Para las Pymes, la combinación de menor volumen de ventas, costos que todavía suben y dificultades para trasladar aumentos a los precios reduce el margen de maniobra. La competencia importadora y la debilidad del poder adquisitivo limitan, además, la posibilidad de recuperar rentabilidad mediante mayores precios de venta.
El consumo no logra recuperarse
La debilidad de la demanda interna constituye el otro gran límite para una recuperación más amplia. Las ventas de los supermercados bajaron 2,1% interanual en julio y acumularon una caída del 2,7% en los primeros siete meses de 2026, de acuerdo con los datos del INDEC que recoge Qualy. Para agosto, las estimaciones de la consultora Scentia anticiparon una merma del 1,5% respecto del mismo mes de 2025 y del 0,7% frente a julio.
Los hogares concentran sus gastos en productos esenciales y ajustan la composición de sus compras para llegar a fin de mes. El mercado de alimentos muestra con claridad ese cambio de conducta. El consumo de leche y productos lácteos recuperó parte del terreno perdido en 2024, pero la demanda se orienta hacia las variedades más económicas y de menor valor agregado.
En las carnes, la retracción es más marcada. El consumo de carne vacuna cayó 8,44% interanual y quedó en 46,75 kilos por habitante, según el promedio móvil a julio. La carne porcina, más accesible para muchos consumidores, alcanzó un récord de 20,13 kilos per cápita, con una suba del 10,13%. Sin embargo, esa sustitución no alcanzó para compensar la caída del consumo total de carnes, que retrocedió 2,01%.
El mercado laboral también refleja el freno de la actividad. La desocupación llegó al 7,9% en el segundo trimestre del año. El informe señala que una parte importante del aumento responde a que más personas salieron a buscar trabajo para sostener los ingresos de sus hogares. A su vez, los nuevos puestos laborales son, en su mayoría, informales.
La combinación de salarios con escaso poder de compra, menor demanda y dificultades para generar empleo registrado refuerza el círculo de debilidad del mercado interno. Para las empresas que dependen del consumo local, las ventas pierden volumen y resulta más difícil trasladar los aumentos de los insumos a los precios finales sin resignar clientes, según revela el estudio.
Tasas altas y crédito restringido
A las dificultades comerciales se suma el costo del financiamiento. La tasa nominal anual de los préstamos bancarios se ubicó en 62,9% en septiembre, mientras que la tasa real estimada a partir del Relevamiento de Expectativas de Mercado llegó al 34,3%, según el análisis de Qualy sobre datos del Banco Central.
Esos niveles encarecen el capital de trabajo y limitan las posibilidades de financiar la actividad cotidiana. Las empresas necesitan recursos para pagar salarios, reponer mercadería, adquirir insumos y cubrir el período que transcurre entre una venta y su cobro.
Cuando los plazos de pago se extienden, la necesidad de fondos aumenta, justo cuando el crédito resulta más costoso.
La situación también afecta a las familias. La mora elevada lleva a las entidades financieras a actuar con mayor cautela, mientras que el costo de los préstamos reduce la demanda de crédito. Así, la intermediación financiera pierde dinamismo y las líneas de corto plazo quedan como una de las pocas alternativas para cubrir necesidades operativas.
El problema no se limita al acceso al dinero, sino también a su precio. Una compañía puede conservar pedidos y clientes, pero enfrentar dificultades para sostener su operatoria si debe financiar durante varias semanas una cadena de pagos más larga. Para las Pymes, con menor capacidad de negociación frente a proveedores y bancos, esa presión puede resultar especialmente intensa.
Ante este panorama, el informe de Qualy identifica una conducta que ya aparece entre las grandes compañías que cotizan en el mercado de capitales: una mejora de la rentabilidad agregada a partir de un mayor control de los costos, incluidos los laborales, junto con un incremento del peso de la deuda financiera de corto plazo para financiar el capital de trabajo.
Ese resultado no implica una mejora homogénea de las empresas. La evolución depende de cada sector, de su exposición al mercado interno, de la capacidad para exportar y de las condiciones de acceso al crédito. Mientras algunas firmas encuentran respaldo en los mercados externos, otras deben sostener su actividad con una demanda debilitada y márgenes cada vez más estrechos.
La estrategia recomendada es preservar la capacidad operativa sin asumir riesgos financieros innecesarios. El primer paso consiste en revisar los costos, renegociar contratos y mejorar el uso de los recursos disponibles. También resulta clave ajustar los inventarios a las ventas esperadas: un stock excesivo inmoviliza capital, mientras que uno demasiado bajo puede comprometer la producción o las entregas.
La segunda prioridad es la liquidez. Mantener fondos disponibles, ordenar los vencimientos y evitar descalces entre ingresos y egresos permite reducir la dependencia del crédito bancario. También conviene limitar los compromisos financieros de largo plazo cuando existe incertidumbre sobre la evolución de las tasas y del tipo de cambio.
La administración de la deuda requiere especial atención. Las empresas con obligaciones en moneda extranjera o con vencimientos concentrados deben evaluar escenarios alternativos para evitar que un movimiento cambiario o una suba del costo financiero afecten su solvencia. La cobertura de riesgos y la previsión de necesidades de caja adquieren así un papel central en la gestión.
No se trata, sin embargo, de paralizar las decisiones. La recomendación es postergar los compromisos difíciles de revertir cuando no existe suficiente visibilidad, pero mantener preparada una estrategia para responder si la actividad recupera impulso. Identificar nuevos mercados, evaluar proveedores, revisar la posición competitiva y detectar sectores con potencial exportador puede marcar una diferencia cuando cambie el escenario.
El sector externo ofrece el principal respaldo para la economía argentina. En agosto, la balanza comercial volvió a registrar un superávit y completó 33 meses consecutivos con saldo positivo. El informe atribuye parte de ese resultado a la mejora de los términos del intercambio, que avanzaron 4,5% interanual, debido a que los precios de las exportaciones crecieron más que los de las importaciones.
La energía y los productos agroindustriales se encuentran entre los sectores con mejores perspectivas. La condición de exportador neto de energía favorece a la Argentina ante las tensiones internacionales que impulsaron el precio del petróleo durante septiembre. A su vez, la demanda de alimentos y los precios de los granos pueden sostener el ingreso de divisas, aunque el escenario depende de las condiciones comerciales y geopolíticas.
El contexto internacional también presenta riesgos. Las tasas elevadas en las principales economías encarecen el financiamiento externo y pueden reducir el apetito de los inversores por activos de mercados emergentes. La evolución de los precios de las materias primas, las tensiones en Medio Oriente y las decisiones comerciales de Estados Unidos y China pueden alterar los ingresos esperados por exportaciones.
Además, un tipo de cambio relativamente estable, combinado con un peso apreciado, resta competitividad a numerosas actividades que no cuentan con las ventajas naturales de la energía, la minería o el agro. Esa situación limita las posibilidades de expansión de sectores industriales que necesitan competir con productos importados o colocar su producción en el exterior.
La mejora exportadora es, por lo tanto, una condición favorable, pero no garantiza por sí sola una recuperación extendida al resto de la economía. Para que el ingreso de divisas se transforme en más producción y empleo, hace falta que las inversiones y los encadenamientos productivos alcancen a otros sectores.
Las perspectivas para los próximos meses están condicionadas tanto por la evolución económica como por la incertidumbre política. Según Qualy, las familias y las empresas tienen incentivos para postergar decisiones importantes ante la posibilidad de cambios en las reglas de juego a partir de 2027. Por ese motivo, el informe considera probable que el consumo y la inversión mantengan un desempeño débil al menos hasta el segundo trimestre del próximo año.
El Gobierno, a su vez, enfrenta la tensión entre sostener el superávit fiscal, preservar la estabilidad de precios y del tipo de cambio, y evitar que la contracción de la actividad deteriore todavía más la recaudación. Los ingresos tributarios nacionales cayeron 0,6% en términos reales interanuales en agosto y acumularon una baja del 4,2% durante los primeros ocho meses del año, según los cálculos de la consultora.
La debilidad de los impuestos vinculados al consumo y a las transacciones refleja la falta de impulso de la demanda interna. Si la actividad no mejora, el equilibrio fiscal deberá convivir con una base de ingresos más frágil y con la necesidad de sostener el control del gasto público.
En este escenario, las empresas enfrentan una disyuntiva: preservar recursos hasta contar con señales más claras o prepararse para aprovechar una eventual recuperación. La respuesta que plantea Qualy combina ambas alternativas. La prioridad inmediata es proteger los márgenes, cuidar la caja y mantener una estructura financiera capaz de soportar meses de actividad reducida. Al mismo tiempo, resulta necesario conservar capacidad de respuesta para cuando aparezcan condiciones más favorables.
La estabilidad macroeconómica constituye un punto de partida, pero no reemplaza la recuperación de la producción, el empleo y el consumo. Mientras las exportaciones sigan como el principal motor y la demanda interna permanezca debilitada, el crecimiento continuará concentrado en pocos sectores. Para buena parte del empresariado, la consigna hasta que cambie la tendencia será resistir sin comprometer la solvencia y llegar al próximo ciclo con recursos para volver a invertir.
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