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Minorista y mayorista: dos inflaciones distintas para fenómenos distintos

Ambos buscan medir variaciones de precios, pero capturan fenómenos diferentes y muestran trayectorias divergentes
Los índices de precios minorista y mayorista toman distancia / WEB

Por Instituto de Economía Aplicada

Universidad del Este

Cuando se habla de inflación en Argentina, la referencia automática suele ser el IPC: el Índice de Precios al Consumidor que publica el INDEC y que mide la evolución del costo de vida de los hogares. Sin embargo, existe otro indicador menos difundido, pero igualmente relevante para entender la dinámica económica: el IPIM, o Índice de Precios Internos al por Mayor. Aunque ambos buscan medir variaciones de precios, capturan fenómenos distintos y muchas veces muestran trayectorias divergentes. En el mes de febrero, cuando el IPIM marcó 0,98%, el Gobierno salió apresuradamente a asegurar que la misma resulta un “predictor” del IPC, y que por ende la caída de la inflación por debajo del 1% era inminente. Sin embargo, esto resulta un error conceptual, y se demostró rápidamente en los meses siguientes: en abril el IPC marcó 2,6% mientras que el IPIM ascendió hasta 5,2%.

El IPC mide la evolución de los precios de bienes y servicios que consumen los hogares. Es decir, refleja cuánto cambia el costo de una canasta representativa de consumo final: alimentos, alquileres, transporte, educación, salud, tarifas, indumentaria, restaurantes, entre otros. Su objetivo principal es aproximarse al impacto de la inflación sobre el poder adquisitivo de las familias. Por eso es el indicador utilizado para actualizar salarios, jubilaciones, contratos indexados y también para medir pobreza e ingresos reales.

El IPIM, en cambio, mide precios mayoristas. No releva lo que paga el consumidor final, sino los precios a los que productores e importadores venden bienes dentro de la economía. Incluye productos nacionales e importados y se concentra principalmente en bienes transables: manufacturas, productos agropecuarios, energía, insumos industriales, minerales y bienes intermedios. A diferencia del IPC, no incorpora servicios ni impuestos al consumo final.

Esta diferencia conceptual es central. Mientras el IPC refleja el costo de vida, el IPIM funciona más como un indicador de costos de producción y de presión inflacionaria “aguas arriba” de la cadena económica. Por eso suele reaccionar mucho más pronunciadamente a movimientos del tipo de cambio, precios internacionales o shocks de materias primas. Pero esto no significa que los movimientos del IPIM “anticipen” los movimientos del IPC, meramente que miden diferentes canastas. De hecho, los movimientos del IPIM se parecen muchos más al capítulo bienes del IPC del mismo periodo, que a los valores del IPC del futuro.

También existen diferencias metodológicas importantes. El IPC utiliza una canasta construida a partir de encuestas de gasto de hogares y pondera bienes y servicios según su participación en el consumo familiar. Por ejemplo, alimentos, transporte o vivienda tienen un peso elevado porque representan una parte importante del presupuesto de los hogares.

El IPIM, por su parte, pondera productos según el valor de producción o comercialización dentro de la economía. Por eso sectores como petróleo, acero, químicos o productos agropecuarios tienen una incidencia mucho mayor que en el IPC. Además, el IPIM trabaja con precios antes de impuestos indirectos y márgenes minoristas, mientras que el IPC releva el precio final efectivamente pagado por el consumidor.

Otra diferencia relevante es la cobertura sectorial. El IPC tiene un peso muy importante de servicios, especialmente en economías donde éstos ganan participación dentro del consumo. El IPIM, en cambio, está concentrado en bienes. Esto explica por qué, en contextos de apreciación cambiaria y apertura importadora, el IPIM puede desacelerarse fuertemente mientras el IPC continúa elevado debido al aumento de tarifas, alquileres o servicios regulados.

En los últimos años Argentina mostró justamente varios episodios de desacople entre ambos indicadores. Durante las fuertes correcciones cambiarias de 2018, 2022 o fines de 2023, los precios mayoristas se dispararon muy por encima de los minoristas, reflejando el traslado inmediato de la devaluación a costos e insumos. Más recientemente, con un tipo de cambio relativamente estable y ajustes persistentes en tarifas y servicios, el IPC mostró mayor resistencia a la baja incluso cuando los precios mayoristas comenzaron a desacelerarse. En economías con fuerte peso de servicios, tarifas reguladas o recomposición de precios relativos, los minoristas pueden continuar creciendo aun cuando los costos mayoristas se estabilicen.

Gran parte de la diferencia entre IPIM e IPC pasa por el sector petroquímico

Si observamos los datos de abril, veremos que gran parte de la diferencia entre IPIM e IPC pasa por el sector petroquímico, en un contexto donde el principal precio que reciben los consumidores (el combustible) se encuentra congelado por una política específica de YPF. Mientras que en el IPIM en abril el petróleo subió 23%, los refinados de petróleo 14%, las sustancias y productos químicos 5% y los productos de caucho y plástico 7%, en el IPC el rubro transporte tuvo una variación del 4,4%.

Estos aumentos permiten suponer un traslado futuro al IPC en la medida en que se descongelen las naftas.

Esto asumiendo que el precio internacional del barril Brent de petróleo se mantiene por encima de los 100 dólares. De esta forma, nos seguimos alejando de la predicción de “inflación empezando con cero” para el mes de agosto.

En definitiva, IPC e IPIM no son indicadores “mejores” o “peores”: miden dimensiones diferentes de la dinámica inflacionaria. El primero refleja el impacto sobre los hogares y el poder adquisitivo. El segundo, captura la evolución de costos y precios dentro de la estructura productiva. Analizarlos conjuntamente permite entender no solo cuánto suben los precios, sino también dónde se originan las presiones inflacionarias y cómo se transmiten a lo largo de la economía.

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