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LITERARIAS

Milita Molina: un agujero belga en la literatura argentina

MILITA MOLINA
MILITA MOLINA

En “Mi ciudad perdida”, la escritora Milita Molina compone un mosaico cuya estructura, fragmentada o irregular, se reproduce a diferentes escalas, repitiendo personajes escondidos en una suerte de simulacro de trama que consigue provocar una escritura, que destaca la sensación de pérdida que atraviesa el libro.

Publicado por Editores Argentinos hnos., el título del libro completo es “Ultimos bodrios” y tiene dos partes: “La puta gente” y “Mi ciudad perdida”, pero además la editorial planea publicar en un futuro próximo la otra parte, titulada “La puta gente”.

Milita Molina nació en Santa Fe en 1951 y vive en Buenos Aires desde 1976; practicante de múltiples oficios, también fue profesora de Literatura del Siglo XIX en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Entre sus libros figuran “Fina voluntad”, “Una cortesía”, “Los sospechados” y “Melodías argentinas”; prepara una colección de artículos-ensayos y ha traducido los Prefacios de Henry James para la edición llamada de Nueva York, y publicada por Santiago Arcos editor.

¿Existe una continuidad formal entre “Melodías argentinas” y “Mi ciudad…”? “Preferiría pensar que la continuidad formal existe entre todos mis libros, pero parece obvio, tampoco estoy tan segura, que si hay un cambio de registro…digo: para una lectura de superficie, diría que empieza en `Los sospechados`”, sostiene la escritora.

Sin embargo, existe una voluntad de prolijidad, una suerte de perfecto ejercicio de estilo aunque no sea más que para practicar un gran salto adelante, tanto en “Fina voluntad” como en “Una cortesía”, donde la impronta de James acaso pesa tanto como la de Stendhal.

Después, las cosas cambian: “Los sospechados” podría leerse en la clave abierta por Nicolás Rosa, Leónidas y Osvaldo Lamborghini, la tradición de la literatura anglosajona y la poesía y la prosa de Charles Baudelaire, “en especial el Baudelaire de `Pobre Bélgica`”, enumera, sin deseo cuantitativo, Molina.

“Leyendo la correspondencia de Osvaldo en la biografía de Ricardo Straffacce, se ve un camino hacia ‘un gesto irremediable’, como dice él mismo: la soledad de la escritura. Se fue lejos con la escritura, muy lejos”, apunta.

Se trata de un crack-up “que arrastra todas las pérdidas. O sea, las distintas nostalgias de la literatura, las miles de nostalgias de la memoria. O como lo escribe Samuel Beckett: “Qué ayuda para la compañía sería esto. Una voz en primera persona del singular murmurando de tarde en tarde: Sí, yo recuerdo”.

“Mi ciudad perdida” es “un homenaje no sólo al título de un cuento de Scott Fitzgerald sino a un tono, a una sensación general de tristeza, de hueco, de recuperar, de ese hueco, una astilla que permita convertir esa tristeza en escritura”.

“Quizá no esté de más decir, insistir, que una cosa es hablar y otra cosa es escribir: que los resultados no son los mismos aunque se pretenda una mimesis. Eso queda mucho más claro en un análisis”, sostiene la escritora, que formó parte de una de las primeras camadas de estudiantes de psicoanálisis lacaniano.

En la presentación de “Mi ciudad…”, el ensayista y escritor Adrián Cangi leyó un trabajo donde en un momento dice: “Cuatro o cinco fuegos como una nada de recuerdos. Cuatro o cinco trazos que dejan seco el corazón. Seco, como de vidrio, sin chiche ni alharaca”.

Si también puede pensarse ese fragmento, en el libro, como un recuerdo del Fitzgerald liquidado por el whisky y el infarto, la idea del trazo es la de cierta economía de recursos, casi zen (sin nombrarlo) que recuerda al Beckett que decide, después de leer el “Finnegan’s Wake” de James Joyce, sustraer su escritura de toda floración. “Lo que digo”, dice Cangi, “cuatro o cinco trazos para una fidelidad. Cuatro o cinco para una sombría fidelidad por las cosas caídas”. Esas cosas caídas que Milita Molina, como al pasar, recuerda sin nostalgia, el único recuerdo susceptible de atender, el único que permite soportar el peso de las cosas perdidas para siempre.

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