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A 25 años del 11-S: cómo el tiempo cambió la mirada sobre aquella tragedia

Por Deepti Hagela

Periodista de AP

Veinticinco años después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos sigue viviendo en el mundo que nació aquella mañana. La seguridad en los aeropuertos, la vigilancia, las instituciones creadas tras los ataques y las guerras que siguieron forman parte de la vida cotidiana. Pero el significado del 11-S ya no es el mismo para todos. El paso del tiempo convirtió aquella experiencia de dolor colectivo en un mosaico de recuerdos, interpretaciones y consecuencias.

Cuando los aviones impactaron contra las Torres Gemelas y el Pentágono, y otro cayó en Pensilvania, el desconcierto se extendió mucho más allá de los lugares atacados. El horror produjo una sensación de unidad nacional difícil de imaginar hoy. Millones de estadounidenses lloraron a quienes habían muerto, incluso sin conocerlos, y sintieron que el país había ingresado en una etapa desconocida. Un cuarto de siglo después, aquella experiencia común adquirió significados diferentes según la historia de cada persona.

UNA EXPERIENCIA PERSONAL

Para quienes perdieron familiares, trabajaron durante meses retirando escombros de la Zona Cero, se incorporaron a las Fuerzas Armadas o perdieron sus empleos en sectores como el turismo y el transporte aéreo, el 11-S no es un capítulo de la historia: es una experiencia personal. Daniel Aldrich, profesor de la Universidad Northeastern, sostiene que un mismo desastre puede vivirse de maneras muy distintas según la red de vínculos de cada persona.

El impacto también alcanzó a comunidades enteras. Tras los atentados, el Gobierno reorganizó organismos públicos y creó el Departamento de Seguridad Nacional. Se endurecieron los controles en los aeropuertos y las políticas de vigilancia, mientras la inmigración quedó atravesada por nuevas preguntas: quién podía entrar al país, quién podía quedarse y qué significaba ser estadounidense.

El miedo a una amenaza externa se proyectó especialmente sobre musulmanes, personas de Medio Oriente y otros grupos. En 2002 se creó un sistema que obligaba a registrarse a determinados hombres extranjeros mayores de 16 años procedentes de 25 países, casi todos de mayoría musulmana. Sus críticos denunciaron una práctica basada en el perfil racial y religioso. Aunque fue desmantelado años después, la sospecha hacia determinadas comunidades dejó una huella profunda.

Para las generaciones nacidas después de 2001, la distancia es todavía mayor. El 11-S forma parte de las clases de historia, como Pearl Harbor o la guerra de Secesión. Muchos jóvenes nunca conocieron un aeropuerto donde familiares pudieran acompañarlos hasta la puerta de embarque y les cuesta imaginar que alguna vez fue diferente. Saben que hubo un antes y un después, pero no necesariamente pueden sentir la magnitud de ese quiebre.

La pandemia de Covid-19 ofreció a algunos una referencia para comprenderlo. Vida Lashgari, de 21 años, creció escuchando las experiencias de su padre y de su comunidad, pero no había vivido el atentado. La pandemia, en cambio, le permitió experimentar cómo una amenaza puede transformar la vida cotidiana de un día para otro y le dio una perspectiva sobre lo que debió significar para quienes vieron cambiar su mundo de manera repentina.

La memoria colectiva tampoco permanece inmóvil. Las guerras de Afganistán e Irak, los cambios en la política migratoria, la polarización y la pandemia fueron ocupando espacio en la conciencia nacional. Lo que en 2001 parecía destinado a definir para siempre a Estados Unidos pasó gradualmente a formar parte de una historia más amplia.

De allí surge la paradoja de este aniversario. El 11-S continúa presente, pero ya no ocupa el mismo lugar para todos. Para algunos sigue siendo una herida abierta; para otros, una historia familiar; y para millones de jóvenes, un acontecimiento ocurrido antes de que nacieran.

Los monumentos y museos buscan preservar esa memoria frente al paso del tiempo. Pero recordar no significa necesariamente sentir lo mismo. Veinticinco años después, el 11-S sigue siendo una frontera entre un antes y un después. La tragedia no cambió de magnitud: cambió la distancia desde la que cada generación la contempla. Y esa distancia también determina qué parte de sus consecuencias seguirá definiendo a Estados Unidos.

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