La llegada masiva de 72.000 personas a Ceuta volvió a colocar a España frente a uno de sus problemas geopolíticos más sensibles: cómo controlar una frontera española, europea y africana, cuya estabilidad depende en buena medida de su compleja relación con Marruecos.
La magnitud de lo ocurrido llevó al diplomático Jorge Dezcallar, exembajador en Marruecos y Estados Unidos y exdirector de los servicios de inteligencia españoles, a rechazar incluso la definición de “crisis migratoria”. Para él, lo sucedido fue un “asalto” o una “avalancha”.
En 2021 habían ingresado a Ceuta unos 12.000 marroquíes. Esta vez fueron 72.000. Aunque alrededor de 70.000 ya regresaron a Marruecos, todavía permanecen en territorio español más de 2.000 personas, entre ellas numerosos menores.
Para Dezcallar, el episodio no puede considerarse cerrado y podría repetirse si España no modifica su estrategia. El punto central es hasta qué punto Madrid puede confiar en Marruecos para contener la inmigración irregular hacia territorio europeo.
Una frontera demasiado dependiente de Marruecos
La tesis del exjefe de la inteligencia española es contundente: España depende demasiado de Rabat para gestionar sus fronteras y Marruecos puede utilizar esa posición en su propio beneficio.
Dezcallar recuerda que, mientras se producía el desplazamiento hacia Ceuta, a pocos kilómetros, en Tetuán, el rey Mohamed VI celebraba la Fiesta del Trono bajo un enorme dispositivo de seguridad.
Para el diplomático resulta difícil imaginar que las autoridades marroquíes no detectaran el movimiento de decenas de miles de personas. El escritor marroquí Tahar Ben Jelloun aseguró haber sentido “ira y vergüenza” al encontrarse con centenares de jóvenes que se dirigían hacia Ceuta. Un centenar murió ahogado.
La pregunta que plantea Dezcallar es sencilla: si las fuerzas de seguridad marroquíes sabían lo que ocurría, ¿por qué no lo impidieron?
El antecedente de 2021 refuerza sus sospechas. Para el exembajador, ambos episodios muestran que la inmigración puede transformarse en un instrumento de presión política. Detrás aparece además un conflicto histórico: la reivindicación marroquí sobre Ceuta y Melilla.
Las razones de una tensión permanente
Dezcallar identifica dos factores estructurales. El primero es territorial: Marruecos mantiene su reivindicación sobre Ceuta y Melilla. El segundo es económico: el PBI per cápita español ronda los 39.000 euros, frente a unos 4.700 euros en Marruecos.
La combinación de la disputa territorial y la enorme brecha económica convierte a las ciudades españolas del norte de África en puntos de tensión permanente.
Pero España tiene herramientas para responder. Es el principal socio comercial de Marruecos y, según los años, su primer o segundo inversor extranjero. Las remesas enviadas desde España representan alrededor de un punto del PBI marroquí. Además, Madrid suministra electricidad y gas y constituye una de sus principales puertas hacia Europa.
La relación es de dependencia mutua, aunque Rabat posee una herramienta especialmente sensible: el control de los flujos migratorios.
Europa mira con preocupación
La crisis también expuso las diferencias dentro de la Unión Europea sobre cómo administrar la inmigración.
España impulsa una regularización que alcanza a cerca de un millón de inmigrantes y genera resistencia entre varios socios. El desacuerdo quedó reflejado en una carta respaldada por 22 de los 27 miembros de la Unión Europea.
Para Dezcallar, esa situación resulta delicada porque España puede volver a necesitar el respaldo europeo ante otra crisis fronteriza.
La inmigración se convirtió, además, en uno de los motores del crecimiento de las fuerzas de extrema derecha. Esos partidos reunían alrededor del 4% de los votos en las elecciones al Parlamento Europeo de 1984 y en 2024 alcanzaron aproximadamente el 20%.
Lo ocurrido en Francia, Alemania e Italia muestra hasta qué punto el fenómeno dejó de ser exclusivamente fronterizo para alterar los equilibrios políticos europeos.
La política común que Europa todavía no encuentra
La crisis vuelve a plantear una discusión pendiente: quién decide quién entra, bajo qué condiciones y qué país debe responder cuando miles de personas alcanzan las fronteras exteriores de la Unión.
Para Dezcallar, la respuesta debería ser una mayor integración. Así como el bloque necesita políticas comunes en defensa o energía, también necesita construir una verdadera política migratoria.
España enfrenta, a su vez, una contradicción demográfica. Tiene una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo y necesita trabajadores extranjeros. Pero esa necesidad, sostiene Dezcallar, no significa renunciar al control de las fronteras.
Su planteo pasa por definir cuántos inmigrantes necesita el país cada año, qué perfiles requiere y bajo qué condiciones deben producirse esas llegadas.
Una advertencia que va más allá de Ceuta
Lo ocurrido dejó al descubierto una frontera vulnerable, una relación con Marruecos marcada por la desconfianza y una Unión Europea todavía incapaz de consensuar una respuesta migratoria común.
La advertencia de Dezcallar es que Ceuta no atraviesa un episodio excepcional, sino una situación que puede repetirse.
Si Marruecos conserva la capacidad de aumentar o reducir la presión sobre la frontera y España continúa dependiendo de su cooperación, Ceuta seguirá siendo mucho más que una puerta de entrada a Europa: será uno de los puntos donde confluyen las disputas territoriales, la desigualdad económica y una cuestión migratoria que condiciona cada vez más la política del continente.
SUSCRIBITE a esta promo especial