China enfrenta una paradoja cada vez más difícil de ocultar: mientras su economía interna pierde fuerza, sus exportaciones avanzan y sostienen el crecimiento. Según un análisis de The Washington Post, este modelo termina trasladando sus desequilibrios al resto del mundo.
El gigante asiático se encamina hacia otro superávit comercial superior a US$1 billón. Sin embargo, detrás aparece una demanda doméstica debilitada, con consumidores cautelosos, un mercado inmobiliario en crisis y elevados niveles de deuda. En el segundo trimestre de 2026, el crecimiento se desaceleró al 4,3%, su menor registro en tres años, mientras el desempleo juvenil rondó el 15%.
Las señales de enfriamiento también aparecen en el consumo y la inversión. Las ventas minoristas cayeron en mayo por primera vez desde los confinamientos de la pandemia y la inversión en activos fijos retrocedió 4,1% entre enero y mayo. Los precios de las viviendas continuaron bajando y creció la deuda local.
Frente a este escenario, Beijing apuesta por el sector externo. Las exportaciones aumentaron 24% interanual el último mes, impulsadas por una industria respaldada por el Estado. Fabricantes de vehículos eléctricos, siderúrgicas y otras empresas acceden a créditos baratos, ventajas fiscales, terrenos a bajo costo y subsidios directos.
El fenómeno tampoco es reciente. Según datos citados por The Washington Post de la OCDE, las empresas chinas de 15 sectores recibieron entre 2005 y 2024 un apoyo estatal entre tres y ocho veces mayor que sus competidoras de otras grandes economías.
La consecuencia preocupa a sus socios comerciales: China produce más de lo que su mercado interno puede absorber y necesita colocar ese excedente en el exterior. Para otros países, esto supone una presión adicional sobre sus industrias, que deben competir con productos favorecidos por el respaldo estatal chino.
El problema de fondo es que los hogares tampoco compensan esa debilidad mediante el consumo. Las familias mantienen elevados niveles de ahorro para afrontar gastos de salud, educación, jubilación y vivienda, ante una protección estatal considerada insuficiente. Reorientar el modelo exigiría trasladar recursos desde el Estado y las empresas favorecidas hacia las familias, una transformación que el análisis considera políticamente difícil.
Xi Jinping se ha resistido a reformas destinadas a fortalecer el gasto de los hogares. La contradicción viene de lejos: en 2007, Wen Jiabao ya había definido el crecimiento chino como “inestable, desequilibrado, descoordinado e insostenible”.
El enorme superávit chino puede leerse de dos maneras: como una muestra de capacidad industrial y como el reflejo de una economía que no consigue generar suficiente demanda interna. Mientras Beijing encuentra una salida en las exportaciones, el costo de ese desequilibrio comienza a sentirse cada vez más lejos de China.
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