La economía de China perdió impulso y registró un crecimiento anual del 4,3% entre abril y junio, su peor desempeño trimestral desde finales de 2022. El dato quedó por debajo de las previsiones y marcó una fuerte desaceleración frente al 5% alcanzado en el primer trimestre del año, reflejando las dificultades que enfrenta la segunda mayor economía del mundo.
Aunque las exportaciones siguen siendo el principal motor de la actividad, con un alza del 17,6% en el primer semestre y del 27% en junio gracias al auge de los vehículos eléctricos, los chips y la inteligencia artificial, el consumo interno continúa débil. La incertidumbre laboral, la prolongada crisis del sector inmobiliario y la cautela de las familias han frenado el gasto y la inversión.
Analistas advierten que el modelo económico chino depende cada vez más de la manufactura de alta tecnología, impulsada por fuertes subsidios estatales, mientras sectores tradicionales y de servicios pierden dinamismo. Esta situación genera preocupación por la creación de empleo y por el equilibrio del crecimiento a largo plazo.
Pese a este escenario, Beijing mantiene su objetivo de expandir la economía entre un 4,5% y un 5% durante 2026. El Fondo Monetario Internacional proyecta un crecimiento del 4,6% este año, aunque estima que el ritmo volverá a moderarse en 2027, cuando avanzaría apenas un 4,1%.
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