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Cuando un parapente con motor se tranforma en un arma de guerra

En zonas rurales de Myanmar, pilotos rebeldes lanzan bombas sobre aldeas con estas pequeñas aeronaves y sorprenden
En Myanmar, un parapente motorizado puede cargar explosivos / Web

Por Redacción

Un zumbido en el cielo ahora provoca carreras y miedo en Myanmar (ex Birmania). En las zonas rurales controladas por fuerzas rebeldes, el ejército convirtió pequeñas máquinas voladoras en armas para bombardear aldeas.

Un parapente con motor (o paramotor) aparece como un punto casi invisible en el cielo y, cuando se acerca, puede apagar su motor y descender en silencio. Desde allí, el piloto arroja las bombas. “En otros países, la gente se siente feliz y emocionada al ver un paramotor. Pero en nuestro país, se han convertido en armas para matar gente”, contó Moe Gyi, un combatiente de 27 años de Sagaing. “Cuando vemos uno, tenemos que correr para salvar nuestras vidas”.

La guerra civil comenzó después del golpe militar de 2021 y empujó a miles de manifestantes hacia el campo, donde se sumaron a grupos armados y organizaciones étnicas que desde hacía décadas combatían al ejército.

Las fuerzas armadas recurrieron a aviones, helicópteros y drones, pero también aumentaron el uso de parapentes motorizados y autogiros o girocópteros, máquinas mucho más pequeñas y económicas que combinan características de un avión y un helicóptero. El Gobierno de Unidad Nacional, en la oposición, afirma que fueron empleados en más de 1.600 bombardeos durante los últimos 20 meses, aunque esa cifra no pudo ser verificada de manera independiente.

La ventaja de estas máquinas es sencilla: cuestan menos que un avión de combate y son mucho más silenciosas. Un paramotor puede llevar dos bombas, mientras que los autogiros más grandes pueden transportar varias municiones. Pueden despegar y aterrizar en espacios pequeños, sin grandes instalaciones ni pistas.

Uno de los ataques más recordados ocurrió en octubre de 2025, durante un festival budista de luces en Chaung U. Una de estas aeronaves arrojó bombas sobre una multitud. Hubo al menos 20 muertos y decenas de heridos, entre ellos niños, según distintas fuentes.

May Zin Oo, de 23 años, perdió una pierna y a su esposo en aquel ataque. Contó que escuchó el motor cuando el bombardeo ya había comenzado. En una segunda incursión, una esquirla le alcanzó el pecho mientras sostenía a su hijo. Un pequeño colgante de oro que llevaba al cuello frenó parte del impacto. “Si no hubiera llevado ese colgante, mi hijo sin duda habría muerto”, relató.

En las aldeas, el miedo ya forma parte de la rutina y condiciona hasta las tareas más simples. Agricultores y vecinos saben que poco pueden hacer contra un aparato tan pequeño. salvo rezar para que no los alcancen.

Los combatientes tampoco tienen armas para derribarlos. Cuando aparece un autogiro o un parapente, la reacción suele ser la misma que la de los civiles: buscar refugio y esperar. Estas aeronaves también son utilizadas para abrir paso a las tropas terrestres: primero llegan desde el aire y después avanzan los soldados.

La guerra ha dejado más de 100.000 muertos y 3,7 millones de desplazados. La ONU, además, advierte sobre una grave crisis alimentaria que afectará a millones de personas.

Aquellas máquinas que en otro país podrían despertar curiosidad al pasar sobre un campo se transformaron en una señal de alarma.

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